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24 Noviembre, 2011
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Jesús Eduardo Hernández Estrada
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Escrutinio No. 79

Una de las figuras más controversiales en la historia de la humanidad es el Estado, pensadores, escritores, filósofos y estudiosos se han dedicado a saber qué es y para qué sirve. En nombre de esa inconmensurable figura, se han hecho las peores cosas en la historia como guerras,  matanzas masivas, opresión, represión, contraguerrillas, magnicidios, desplazamientos de pueblos, etc.

Este ente llamado Estado tiene sus orígenes en las primeras formaciones humanas para poderse proteger de las condiciones naturales y de los peligros que vivir en solitario trae consigo. La solidaridad y valores que se consiguen bajo el amparo de la colectividad fue el pretexto perfecto para darle vida y sentido al estudio y perfeccionamiento del Estado.  Se requiere de un cierto grado de sacrificio individual para lograr el éxito colectivo: “Desgarrar el corazón para cumplir el deber” (Rousseau), “Liberar la acción moral de cualquier motivación sensible” (Kant), “Promover la religión del desinterés entre la humanidad” (Comte).

 

La idea principal de “lo social” es vivir y consagrarse de lleno a la grandeza de la Historia o de la Nación, generar una conciencia social y buscar, en ese sentido, la trascendencia y bienestar del hombre y de los suyos.

Sin embargo, esta idea  comenzó a degenerar, poco a poco se fue convirtiendo en lo que ahora conocemos: unos cuantos en la dirección, muchos miles y después millones bajo la “suprema dirección” de la clase política. Hegel reconocía tres esferas en la sociedad: 1.- La esfera de la Familia (egoísmo individualista), 2.-  La sociedad civil (egoísmo universal) y 3.- El Estado (altruismo universal). Bajo esta consideración, el Estado es la verdadera consumación de la razón humana, ya que en su seno se resuelven todas las contradicciones que pudiera haber entre estas tres esferas.

Las reflexiones acerca del Estado van desde su magnificación, al plantear que todo lo que es el hombre se lo debe a él, pasando por la concepción marxista de que el Estado es sólo un instrumento de dominación de una clase sobres otra, hasta llegar a la concepción liberal que enaltece las libertades y garantías individuales o a considerar a éste como una entidad separada de la sociedad.

Si esto es cierto, los servidores públicos o trabajadores al servicio del Estado, tendrían que conocer su naturaleza y fines, también su evolución histórica pero, lo más importante sería que éstos supieran qué clase de Estado quieren para ellos y para la sociedad en su conjunto.

 

Después de pasar por varios tipos o modelos de Estado, desde la monarquía absoluta hereditaria hasta la democracia, los estudiosos han llegado a la conclusión de que esta última es la mejor forma de relación entre la sociedad y su Estado, por que este se preocupa por sus habitantes y alienta la participación activa de los mismos. John Stuart Mill en su Consideraciones sobre el gobierno representativo  manifiesta que las acciones del Estado deberán encaminarse a  generar el progreso y la capacidad intelectual en los ciudadanos,  las virtudes, los valores morales y la eficacia en la participación.

Este gobierno, ya sea en términos funcionales o estructurales, es el lugar donde se emiten los mensajes hacia todos los puntos del sistema político, aunque, sin lugar a dudas, el terreno que se ve más influenciado y determinado es la sociedad misma. Una sociedad dispuesta a obedecer a su clase política porque al fin “ellos saben cómo hacerlo”. Así surge la sociedad consumista, no sólo de mercado si no de programas sociales y discursos llenos de falacias y de promesas que no llegan a cumplirse,  una sociedad que sólo se dedica a aceptar ciegamente lo que el Estado le indica y el camino que este le impone.

En el curso de la misma lógica del consumo de masas, casi han desaparecido  los valores  sociales, como el bienestar colectivo, la forma de socializar se convirtió en la búsqueda de la felicidad individual. La seducción: la publicidad, el crédito, los objetos, el lujo, el confort y finalmente el ocio. Se creó una nueva sociedad que ya no busca vencer el deseo, sino más bien exacerbarlo, el aquí y ahora es más importante que el mañana o el futuro.

La visión del deber ser social se ha perdido en las entrañas del templo del “yo”. Así pues una cultura hedonista y sin dirección social se ha convertido en un campo fértil para los nuevos redentores de la política. Personajes que no tienen empacho en demostrar que el mercado y la búsqueda particular del “si yo quiero, si yo puedo” “que me importan los demás” es el pan nuestro de cada día.

Lo anterior se refleja en la Encuesta Nacional de Cultura Política y Prácticas Ciudadanas 2008 realizada por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI)[1]. El  48% de la población mexicana no sabe en qué consiste ser un ciudadano, para algunos especialistas este fenómeno se conoce como “ciudadano de baja intensidad”, un individuo que no ha tenido la educación necesaria para reconocer el derecho y la obligación que le otorga el Estado. Este nivel de ciudadanía se caracteriza por tener un bajo nivel de socialización, su forma de enterarse de los acontecimientos es a través de los medios masivos de comunicación, no ejerce su derecho a la información y se queda con la visión “oficial” de las cosas.

Otro dato alarmante es que el 67% de la población reconoció no haber hablado de política en los últimos meses, ni en el trabajo, casa, escuela etc. Lo que demuestra que, contrario a lo que se pensó en las elecciones presidenciales del 2006, la sociedad mexicana, no es una sociedad altamente politizada. Cualquier partido de futbol soccer levanta más expectativas en México que la política.

 

No es de extrañar entonces que frente al desinterés social hacia la política, existan abusos de autoridad, corrupción en todos los sectores de la burocracia, nepotismo al máximo,partidos políticos que han convertido al erario público en su forma de vida y su razón de ser. La condena ciudadana está aún muy lejos en el panorama mexicano.

Sin embargo, el dato más revelador es que el 95% de la población dice conocer poco o nada acerca de los derechos establecidos en la Constitución Política, entonces, ¿por qué nos asombra que exista una cantidad brutal de atropellos a las garantías individuales y que la clase política actué con total impunidad frente a sus “representados”?

El 65% dice no saber quién propone las reformas en la Constitución, por tanto cabe cuestionar ¿qué hacen esos personajes que ponen su cara en los carteles pegados en los postes una vez que obtienen el puesto por el cual están pidiendo el voto colectivo?

Pero eso sí, el 62% de los encuestados dicen aceptar la democracia como la mejor forma de gobierno, sobre cualquier otra, aunque no tengan el más mínimo conocimiento de lo que esto significa. Ya que al agregar a la pregunta si cambiarían de régimen, en caso de verse afectados sus ingresos personales, casi la mayoría dudó al dar su respuesta.

Analicemos un par de datos más. El 85% de los mexicanos no está dispuesto a participar en ningún grupo organizado, es decir, somos una sociedad que no está dispuesta a resolver colectivamente sus problemas, en la que la atomización de los discursos políticos ha servido para polarizar a la sociedad y hacer de esta una sociedad desconfiada e individualista. Del 15% que si lo participan en algún grupo organizado, 37% lo hace en grupos de corte religioso, 25% en sindicatos y 13% en agrupaciones agrícolas, mientras que sólo 3% está dispuesto a participar en organizaciones de corte ciudadano para intentar, desde esa trinchera, cambiar la realidad del país.

En cuanto a la intolerancia - que para muchos fue la causante de la polarización social que se ha vivido de 2006 a la fecha- el 55% de los ciudadanos no está de acuerdo con que en los medios masivos de información aparezcan personas que opinen contrariamente al resto de la población, es decir, ninguna opinión distinta a la propia, no es bien aceptada. Esto se agrava cuando 60% de los encuestados considera muy difícil  organizarse con otros ciudadanos debido a la intolerancia que existe entre opiniones y puntos de vista.

La teoría de la “sospecha” en la sociedad mexicana adquiere tintes dramáticos y muy elevados, ya que debido a la intolerancia registrada entre los miembros de la sociedad, no hay cabida para un movimiento legítimo, desinteresado y con miras a cambiar las condiciones sociales. Este caldo de cultivo de las malas conciencias y de los enemigos de la transparencia, ha hecho efecto y ahora tenemos una sociedad que duda del más mínimo intento por cambiar las estructuras sociales.

Todo movimiento social, guarda la sospecha de estar bajo los hilos del poder moviéndolo o algún oscuro personaje de la más alta clase social o política detrás, aprovechándose de los “incautos” que consideran una vía de protesta al movimiento social. Y no hablar de los “daños a terceros” que causan estas movilizaciones, como si éstas se hicieran para que todo siga en calma y en orden, como si la idea no fuese llamar la atención de todos, donde la única forma de hacerlo, en una ciudad es parándola.

Después de cuatro sexenios con los mismos objetivos y discursos neoliberales, con mayor énfasis en el actual sexenio del Presidente Calderón, en su estrategia sin cuartel contra el narcotráfico y el crimen organizado, el mexicano comenzó a ver amenazada su seguridad individual, la opinión pública cansada de tanta violencia, sangre y muerte vio en la organización y en la capacidad de generar información dentro de las redes sociales, la posibilidad de generar movimientos que alzaran la voz en contra del sistema político.

 

Las elecciones intermedias de 2009 demostraron ser un gran ejercicio ciudadano en cuanto a la difusión del movimiento “Vota blanco” “No votes, nadie nos representa”. Frente a un contexto polarizado, donde el país tenía dos Presidentes, uno “legítimo” y otro legal, las noticias hallaron el espacio para hablar ampliamente de los muertos, de los cuerpos sin cabezas así, se logró que el miedo reinara por toda la Nación.

El Estado dejó de ser visto como una entidad generadora de bienestar colectivo, los números lo comprobaban, miles de muertos, miles de desempleados, millones de pobres. El ciudadano tuvo entonces varias lealtades divididas y así varias de ellas fueron encontrando cabida en el nuevo movimiento mundial que se gestaba: “los indignados”.

Este movimiento no tiene la lealtad básica, es decir, la lealtad a la comunidad, a la Nación, a la cultura. Sólo se habla de resistencia y de valores que la ciudadanía sabe que le pertenecen. El valor de la palabra, del empleo, de las garantías individuales y sobre todo, un grito mundial de “¡¡¡Ya basta!!!”.

El discurso aglutinador del nacionalismo se desdibujó ante la poca eficacia de los gobiernos mundiales por seguir ciegamente lo que dicta el dinero y sus dueños. El valor de la palabra y de la organización contra los “representantes populares” ganó terreno. El ciudadano se cansó de  soportar todo lo que se les ocurría a la clase gobernante bajo el pretexto de la dirección del Estado.

Un movimiento como nunca se había visto, sin líderes, con millones de rostros, con una fuerza moral en su discurso y quizá, es ahí, donde radica su fuerza. Su discurso y sus convicciones llenos de valores, de moral ha sido un elemento de gran fuerza, que ha servido para que varias organizaciones políticas, culturales y sociales encontraran una identificación.

Este nuevo ciudadano ha formado colectividades y mecanismos de alta sofisticación, que muchos partidos políticos quisieran tener para sus actos oficiales. El cambio más importante es “el ahora”, ya no se puede esperar más a que los gobiernos del mundo cambien su política económica de rapiña y de desalojo de los bienes de las naciones. Las armas en contra del capitalismo ahora son palabras de amor, de esperanza, de reivindicación colectiva, de ideologías y creencias distintas, el poder de las masas se hace cada vez más fuerte e importante. La coherencia del movimiento entre lo que se dice y lo que se hace, ha contribuido a generar millones de adherencias alrededor del mundo. Se busca tener un mundo alternativo donde quepan los sentidos estratégicos y políticos de las solidaridades, de los orgullos, de las diferencias.

Solidarizarse con este movimiento de lucha actual y potencial, significa generar una mínima ruptura con el imperialismo neoliberal. Se buscan personas dispuestas a leer, informarse, organizarse, discutir. Se buscan ciudadanos que crean que otro mundo es posible, un mundo donde no existan las democracias de traspatio, donde desaparezcan los populismos acaudillados, donde la revolución sea de amor y de conciencia, no de discursos nacionalistas.

 

Tenemos la gran oportunidad de crear un mundo diferente, donde se acepten todas las ideas, donde el bienestar colectivo sea la clave de todas las decisiones de gobierno, un país cómo esos nos espera a la vuelta de la esquina, sólo si lo deseamos y participamos. Es por ti, por mí, por ellos y ellas, por los otros y las otras, por los compas, por las minorías, por todos y para todos.

Nunca  más permitas un México sin voz, nunca más un México sin todos los que queremos el cambio, ¡nunca más un México sin nosotros!

 

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Comentarios

  1. 1

    05 DICIEMBRE, 2011

    JUAN OSORNIO

    Me gusta como abordas el tema es basto y tiene varias aristas. las masas asi como als manadas necesitan un lider y este para bien o para mal es el estado, donde la camara deberia de desaparecer y con ellos pluri, nomi y todo aquello que abulte el gasto del estado, los indignados somos muchos los que callamos los más. nunca más un méxico sin nosotros

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