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Petróleo y Sucesión*
Escrutinio No. 78
*Edgar A. Valenzuela
Las declaraciones de Enrique Peña Nieto (EPN) cuando se refiere al petróleo mexicano no son menores ni se hacen al vacío, mucho menos cuando se consideran los escasos ocho meses de distancia de las cruciales elecciones presidenciales de 2012.
Tirando por la borda la jugada maestra en términos geopolíticos que significó la expropiación petrolera de 1938 por parte de Lázaro Cárdenas, el ex mandatario mexiquense declaró al Financial Times (portavoz del neoliberalismo global, baste decir) que en caso de resultar electo, pugnaría por la apertura del estratégico sector petrolero mexicano al capital privado.

A sabiendas de lo que representa Pemex en el imaginario colectivo mexicano, Peña trata de disfrazar su entreguismo arguyendo: “… es posible encontrar mecanismos que garanticen la propiedad del Estado Mexicano sobre el petróleo, que a la vez fomenten una mayor participación del capital privado”.[1]
Estas declaraciones ocurren justo un año después de que John Dimitri Negroponte, el notable embajador de Estados Unidos en México durante las negociaciones del TLCAN y alto funcionario del aparato de seguridad de aquel país, dijera en una “Cumbre de Negocios” desarrollada en Toluca en octubre de 2010, que Carlos Salinas de Gortari ofreció abrir el sector energético mexicano al capital privado durante las negociaciones del TLCAN en 1993.[2]
Sin embargo, el que Negroponte haya declarado tal cosa en Toluca no es fortuito, tampoco el que Salinas haya sido señalado a su regreso activo y público a la política nacional. Desde mi humilde entender, supone un rompimiento parcial de la cúpula norteamericana hacia la figura de Salinas como el principal líder del PRI, y por tanto impulsor de la figura de Peña, mostrando a éste último que si quiere el visto bueno de Washington debe negociar sin intermediarios, donde el tema petrolero será elemento clave.
Es por ello que a un año de tales declaraciones, llama la atención que EPN vuelva a señalar su intención de satisfacer los intereses que ha tenido sobre el petróleo mexicano (desde hace más de un siglo) el ahora complejo petrolero, bancario, industrial y militar norteamericano, amagando con echar abajo la piedra en el zapato que ha significado la aplicación del 27 Constitucional desde su promulgación (para más, véase Friedrich Katz, La guerra secreta en México).
Y no es que Peña (o alguien en su equipo) sea un completo ignorante de la geopolítica, o no esté enterado del devenir del mundo. Es claro que él tiene conocimiento pleno de la crisis energética a la que nos enfrentamos, y que una de las naciones más afectadas sea precisamente nuestro vecino del norte. Sin embargo, el peligro de su apuesta radica en que trata de jugar sus cartas contrariando el interés nacional.

Aquí es necesario mencionar a manera de contextualización, dos hechos que elevan todavía más el valor geoestratégico del petróleo mexicano, y en sí el de toda la región (continente americano):
1. La derrota del ejército estadounidense en Irak.
Este hecho no sólo supone una enorme sangría de recursos y crecimiento exponencial del tamaño de la deuda estadounidense que no pudieron endosar a la población iraquí vía el control de su petróleo de excelente calidad. La desestabilización provocada por ello en todo el Medio Oriente también representa la necesidad de reconsiderar sus zonas de abastecimiento, buscando nuevas zonas más seguras para ello, conceptualizando incluso a la región latinoamericana gracias a sus enormes yacimientos convencionales y no convencionales como el nuevo Medio Oriente.[3]
2. El peak oil
Este fenómeno previsto por el físico norteamericano Hubbert en los años cincuenta, se refiere al agotamiento de los yacimientos de petróleo convencional, es decir aquellos de fácil acceso y refinación, y cuyo costo de producción es relativamente bajo (alrededor de 2 ó 5 USD. Ej. Cantarell). Esto daría paso, en caso de continuar con los ritmos actuales de consumo, a la explotación de los yacimientos de petróleo no convencional, es decir aquellos que contienen petróleo pesado o de difícil refinación que eleva por tanto los costos rentables de su aprovechamiento (calculado en unos 50 USD mínimo), y cuyo impacto ambiental es sumamente elevado.
El que México y sus todavía grandes reservas petroleras convencionales estén al alcance de sus manos, supone para Washington una preocupación menos a la hora de competir con otras potencias por el acceso privilegiado a esta riqueza. En cambio, para México significaría uno de los mayores despojos de su historia, sólo comparable con el Tratado Guadalupe Hidalgo de 1848, según John Saxe Fernández.

Enrique Peña juega con fuego en sus ambiciones de ganar el favor de Washington con miras al 2012 y pone en riesgo no sólo la viabilidad de Pemex, sino del Estado Mexicano mismo cuyas entradas provienen en gran medida de la explotación del preciado recurso. Retomar el rumbo en beneficio de la mayoría es una imperiosa necesidad antes de que el coctel explosivo cultivado desde 1982 estalle desastrosamente.
*El título fue tomado de un artículo publicado por La Jornada el 13 de enero de 2011. Sus líneas así como la increíble lucidez de su autor, Dr. John Saxe Fernández, han sido una gran fuente de inspiración para esta colaboración.

