Enrique, el amigo de la democracia

11 Octubre, 2011
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Escrutinio No. 76

*Roberto Israel Rodríguez Soriano

El genial escritor inglés Aldous Huxley, mordaz critico de la sociedad moderna, dijo lo que puede ser considerado como un axioma del ejercicio de la política moderna: “Cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje”.

                Me parece que la idea de Huxley tiene toda la vigencia para pensar la dinámica política-institucional mexicana. De manera que desde mi perspectiva no es, por mucho, arbitrario aplicar con rigor la idea huxleana en la reflexión política. Una idea cuya pertinencia es alimentada día a día por la “clase política mexicana”; misma que cada vez la afirma y la reafirma, sobre todo en los periodos electorales que marcan las instituciones estatales dentro de su sistema democrático. Un sistema democrático basado en una representación des-representativa, regida y moldeada por las complejas dinámicas partidistas, a la que se les suman sus polémicas (del griego πολεμικός)relaciones con los poderes ejecutivo y judicial. De manera que la tesis es que la sospecha que puede generar el discurso político no es arbitraria y sí justificada.

                Al respecto me llamaron mucho la atención algunas declaraciones que hizo Enrique Peña Nieto, aspirante a la candidatura presidencial, en días pasados. Declaraciones que juzgo dignas de atención.

                En días pasados (27 de abril) el Senado mexicano aprobó la Reforma Política y ésta fue enviada a la Cámara de Diputados el 28 de abril en el proceso de aprobación, donde se discute y es probable que se apruebe sin modificaciones generales. Sin embargo, debe decirse que hay desacuerdos entre el PAN y el PRI con respecto a los a la reelección de legisladores. En los próximos días se sabrá que pasa al respecto.

 

                En la reforma política que se discute se modifican 17 artículos de la Constitución, dentro de los cuales se prevé la consulta popular, la iniciativa ciudadana, la sustitución del representante del Ejecutivo federal en caso de falta absoluta y la reelección de legisladores federales.[1]

                Las reformas, algunas, si no tuviéramos la experiencia histórica que tenemos, parecerían bastante progresistas y podrían fomentar una nueva cultura política. Sin embargo, en lo que me quiero enfocar no es en los contenidos de la Reforma, sino en un comentario que hizo Enrique Peña Nieto al respecto. Éste declaró al ser entrevistado al termino del mensaje del gobernador de Chihuahua, César Duarte, con motivo de su primer informe de gobierno: “Me parece que no son válidas aquellas descalificaciones y señalamientos que suponen que cuando se está contra la reelección es ser antidemocrático”.[2] Esto con respecto a la negativa del PRI, su partido político, de avalar el aspecto de la reelección en la Reforma política. Específicamente lo referente a la reelección de diputados, senadores y presidente municipales. Dijo con su peculiar y acartonada forma de expresión: “Respaldo, celebro y aplaudo [la decisión mayoritaria de la comisión en la Cámara de Diputados de no aprobar la reelección]”.[3]

                En principio comparto la posición contra de la reelección. La experiencia histórica de este país debería dar el testimonio más duro de los peligros de la reelección (recordando principalmente a Santa Anna y a Porfirio Díaz, y de cierto modo al priismo). Desde mi punto de vista ésta es un grave error si no se establecen mecanismos claros y contundentes de ratificación  por parte ciudadana de cargos políticos, sobre todo en un sistema político seudo-democrático y viciado, a más no poder, como el mexicano. Pero, repito, no es mi intención la reforma misma. Me parece, de acuerdo con estos enunciados hechos, que la posición de Peña Nieto es algo sensata.       Sin embargo, los enunciados no están separados de una intención y aquí entra el axioma huxleano. Para ayudar a especular sobre la intención particular de estas palabras habría que añadir algo más. Peña Nieto dijo también: “Antes de prejuzgar y atacar habría que escuchar la opinión del pueblo de México y para ello se podría llevar a cabo una consulta o una encuesta”.[4] Esto parecería afirmar el principio nodal de la democracia y parecería también que Peña Nieto es el ciudadano más demócrata de México.

                Pero, en realidad qué quieren decir estas palabras. En mi interpretación quieren decir que Peña Nieto está en contra de la reelección de representantes gubernamentales, pero como buen demócrata estaría a favor si el “pueblo” lo pide. Efectivamente no está en discusión la reelección presidencial, pero desde mi punto de vista la aprobación de la reelección en las modalidades manejadas en la Reforma le abriría las puertas. Sobre todo en un sistema político regido bajo una partidocracia. Basta recordar que representantes del PRI en todos los niveles han hecho explícita la intención de que este partido político tenga una mayoría en el Congreso de la Unión (que ya tiene) a la vez de que uno de sus representantes obtenga el cargo del poder ejecutivo (Peña Nieto).[5] Creo que esto debería ponernos a pensar profundamente por los peligros que implica (por ejemplo, el peligro de una dictadura).

               

Para muchos mexicanos Enrique Peña Nieto, a un día que comience el proceso electoral (7/10/11) (e inclusive desde hace un par de años), es ya el próximo presidente mexicano. Una ficción creada bajo el supuesto de que una mentira, si es repetida mil veces, se vuelve verdadera y legítima. Grandes campañas televisivas (creadas por las dos grandes televisoras que controlan los medios de comunicación mexicanos) y radiofónicas; grandes e intensas campañas vía internet; difusión veloz y en masa del rumor y el chisme, y, lo más eficaz tal vez, el uso y el manejo de estereotipos fisionómicos en una cultura racista y discriminatoria como la mexicana hacen de Enrique Peña Nieto el ya ganador de la contienda electoral de 2012. A esto le apoya su mediático y populista, pero muy lamentable, desempeño como gobernador del Estado de México. Peña Nieto es un candidato presidencial representante de una pequeña élite social y política específica; creado y legitimado a través de las poderosas armas de difusión ideológica que representa los medios masivos de comunicación; y que representa también la visión de la política pauperizada, autoritaria y demagógica de lo peor del PRI. 

                Por otro lado, algo lamentable es que parecería que la oposición política se está guiando bajo el mismo impulso. Basta ver las estrategias a través de las que se está impulsando al otro posible contendiente, el siniestro Marcelo Ebrard. Estrategias que reproducen, a menor escala, porque no tiene los mismos medios, la estrategia Peña Nieto.

                Bajo este perfil, a qué se refiere Peña Nieto cuando dice “el pueblo”. En la democracia mexicana, el término de “pueblo” ha sido usado para justificar las más terribles aberraciones contra millones de personas. El “pueblo” es visto como un conglomerado sin fisionomía, sin rostros, sin intereses concretos, sin identidades específicas, como una idea abstracta que en el imaginario político, social y cultura se mueve en una sola dirección bajo el supuesto de la mayoría contra la minoría. La palabra “pueblo” es un concepto que no tiene referente empírico, material o concreto, es decir, es un concepto vacio pero con el potencial para convencer y legitimar ante millones de personas. Un concepto vacio que se puede llenar con cualquier cosa a través de mecanismos demagógicos; concepto que puede ser usado por las izquierdas o por las derechas; por liberales como por conservadores; por capitalistas como por socialistas; por el clero como por el laicisismo. Dudo que alguien pueda responder en “términos políticos” a la pregunta ¿qué es pueblo? o ¿quién es el pueblo? sin recurrir o referir a otros conceptos vacios.

                Entonces, vuelvo a plantear la pregunta, qué quiere decir Peña Nieto al expresar que habría que preguntarle al pueblo su opinión: un ejercicio de autolegitimación de una respuesta ya asumida. En el discurso de peña Nieto esta respuesta está desdoblada en lo que presenta como “su posición” y en la posibilidad que se abre al señalar la consulta que puede ser, a favor o en contra de la reelección, pero que por los referentes sobre su actuación y sobre el proyecto político que representa me permitiría escoger la afirmativa.

                Ahora cuáles son los medios que refiere Peña Nieto para preguntarle al “pueblo”. Él dice que “una consulta o una encuesta”. Me pregunto, qué autoridad moral y credibilidad tiene para proponer estos medios cuando él contrató, como gobernador estatal, en pleno uso de sus facultades políticas, encuestadoras que hablaran a su favor.[6] La credibilidad que les pueden crear esos mismos medios.Me parece que el asunto no es menor porque da una muestra de la forma en que se mueve este personaje al que tendremos que habituarnos, por las buenas o por las malas, si no hacemos algo al respecto. Algo creativo, inteligente y propositivo al margen del juego político que en que nos quiere embarcar. La experiencia histórica la tenemos y, quiero creer, que la intención también.

                El peligro es latente y lo que juzgo más peligros es un presidente con intenciones e ideas reeleccionistas (en mi interpretación sospechosista) y un Congreso regido por un sólo partido político lo que nos pondría en una situación histórica más deplorable de la que tenemos en la actualidad y que sería un paso en reversa a los mínimos progresos democráticos que se han tenido.

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