Más leidas en Politica
Artículos relacionados
Artículos más comentados
Artículos más comentados (histórico)
De la génesis de su poder a la instauración formal de la hegemonía norteamericana.
Escrutinio No. 76
*Edgar Valenzuela
De la génesis de su poder a la instauración formal de la hegemonía norteamericana.
(En: La gran crisis de nuestros días. 2ª Parte).
Desde su fundación como Estado independiente, los norteamericanos se propusieron igualar y mejorar las políticas que llevaban a cabo los principales imperios europeos de la época para hacerse de esferas de influencia exclusivas. Bajo el cobijo de la política británica de no intervención en los asuntos internos del Nuevo Mundo recién independizado (uno de los puntales del equilibrio de poder europeo de la Pax Británica que dieron origen a la Doctrina Monroe, cabe decir), las élites estadounidenses encontraron un camino propicio para la expansión territorial hacia la costa del Pacífico.
Aprovechando las necesidades financieras de Napoleón para seguir costeando sus campañas en Europa, y por su incapacidad real para defenderla desde la derrota de París en la Guerra de los Siete Años, las Trece Colonias independientes se hicieron mediante la Louisiana Purchase de 1803 no sólo de más del doble de su entonces territorio a una cantidad risoria, sino de algunas de las tierras más fértiles y las cuencas navegables más grandes del mundo. Las siguientes adquisiciones que completaron su formación continental se hicieron a costa de España, la población indígena y por supuesto, México.
No obstante su acceso a los dos océanos más grandes del mundo en la década de 1850, todavía hacía falta una solución definitiva a la interrogante de cuál de los dos proyectos existentes sería el modelo a seguir en el futuro de la nación. Así, la Guerra de Secesión de la década de 1860 fue definitiva para el triunfo del modelo capitalista del norte sobre el semi-feudal y esclavista sur. Además, la implementación de los avances tecnológicos e industriales en la logística de la guerra marcaron un hito muy bien observado por las élites militares europeas de la época, que admiraron por primera vez el uso e importancia bélica del ferrocarril y el telégrafo, y el surgimiento de grandes empresas privadas dedicadas a producir armas en serie, mediante las máquinas fresadoras presentadas en la Magna Exposición de Armas de Londres en 1851. A esta estrecha relación entre la industria de la guerra, la economía y la formación del Estado, cien años más tarde Eisenhower denominó “el complejo militar-industrial norteamericano”.

No obstante los grandes avances y la enorme disponibilidad de recursos con la que contaban los victoriosos estados del norte al terminar la guerra, la élite estadounidense decidió que era aún muy temprano emprender abiertamente un desafío al poder mundial británico, y optaron por reforzar el papel de Estado líder en América “colgándose” de las redes de libre comercio británicas, suprimiendo por un tiempo la importancia del sector bélico industrial en la economía norteamericana. Así, mientras Europa enfrentaba la Gran Depresión (1873 - 1896), los Estados Unidos fortalecían su economía y afianzaban su mercado interno, haciéndose cada vez más independientes del consumo europeo para su propio crecimiento.
No obstante, el crecimiento exponencial de su poder como retador hegemónico vino hasta el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, donde protegido por su insularidad continental, los Estados Unidos abastecieron a los aliados de alimentos, armas y otros bienes de capital y consumo; y cuando las fuerzas de los aliados dirigidos por Gran Bretaña parecían exhaustas, los norteamericanos volcaron todo su peso económico, militar y financiero para decidir el rumbo final de la guerra europea.
Sin embargo, el desacople sistémico en el área comercial y financiera producto de la Gran Guerra, que se dio por el choque entre el centro de intermediación declinante que tenía que desempeñar su labor sin la liquidez necesaria (Londres) y el centro donde ésta se acumulaba sin tener los mecanismos propios para hacerla fluir al exterior (Nueva York), entre algunos otros factores importantes, derivó en la Gran Crisis de 1929, que en efectos prácticos podemos asegurar se trata de una crisis de sobreacumulación a escala sistémica.
El marasmo de la crisis fue tal que ni con el New Deal de Roosevelt la economía logró recuperarse como muchos autores sugieren, sino que fue el enorme gasto bélico destinado a la Segunda Guerra Mundial (calculado en un 40% del PNB de EEUU) con el que los motores económicos volvieron a carburar y el ciclo virtuoso logró ponerse otra vez en marcha.

Lo que hemos detallado hasta aquí, siguiendo lo propuesto en el primer artículo sobre la caracterización del esquema teórico que explica las transiciones hegemónicas, han sido las dos fases finales de la hegemonía británica vistos desde la óptica norteamericana. Es decir, la Gran Depresión de 1873 fue la crisis señal que dio inició al proceso de expansión financiera a escala sistémica, mecanismo que alentó la competencia interestatal e interempresarial por el capital en busca de inversión. Este fenómeno derivó en la Primera Guerra Mundial que destruyó las bases del poder sobre las que había descansado el orden mundial británico del siglo XIX y culminó en el jueves negro de Wall Street de 1929, crisis final de la hegemonía británica; no obstante, sin que por ello un nuevo orden mundial surgiera inmediatamente, pues fue necesaria otra guerra de enormes proporciones para instaurar formalmente la hegemonía norteamericana hasta la década de 1950.
A finales de 1945 pues, con una Europa devastada y con las instituciones de Bretton Woods ya de pie, los Estados Unidos detentaban por sí solos el 50% del PIB mundial, las mayores reservas de oro del mundo (con Fort Knox como el principal centro productor) y la exclusividad atómica. (Siendo éste el único momento de incuestionable unipolaridad dentro de la hegemonía norteamericana para muchos académicos). Sin embargo, el peligro de una recesión de post guerra como la que le ocurrió a los británicos tras el final de las guerras napoleónicas estaba muy presente, pues el capital norteamericano no fluía libremente hacia el exterior y la capacidad de producción instalada durante el desarrollo de la guerra superaba por mucho la absorción del ya enorme consumo interno.
Es aquí donde resulta importante recalcar de nueva cuenta el papel de la Segunda Guerra Mundial (sobre el New Deal por sí mismo), como el auténtico motor de propulsión que sacó a la economía occidental a flote de la Gran Depresión, no como mero dato anecdótico sino como un fenómeno que se debe tener muy presente para explicarse la posterior forma de actuar de la élite norteamericana.

La forma en que la orientación del gasto militar reforzó los lazos entre el sector público y el privado (lo que se llegó a denominar el triángulo de hierro)[1], determinaron de manera decisiva el surgimiento del Estado bélico-asistencial norteamericano, factor importantísimo también para la invención de la Guerra Fría.
Utilizando la retórica de la amenaza comunista global, Truman lanzó el plan para la reconstrucción europea, el Plan Marshall, que brindó enormes ventajas al capital norteamericano para invertir en las zonas devastadas por la guerra, con el fin de crear mercados preferenciales que pudiesen consumir el enorme excedente de producción norteamericano. El costo por la ayuda para los europeos fue abrir sus colonias al libre flujo de mercancías y dinero norteamericanos, haciendo en el corto-mediano plazo que mantener activos estratégicos como la India para el caso de Gran Bretaña, por ejemplo, resultasen un pasivo al no poder explotarlos de manera única y sí llevar el peso unilateral de la manutención de sus estructuras coloniales. Este fenómeno derivó en la descolonización de África y Asia de las décadas de 1950 y 1960, y el fin de los imperios formalmente establecidos, posición reforzada mediante la Carta de las Naciones Unidas que aseguraba a los pueblos el derecho a la autodeterminación (extensión de la mencionada soberanía legal, ya que la de facto sólo estaba al alcance de las dos superpotencias militares en términos más ajustados).
Finalmente, para atraer a su esfera de influencia a los países no comunistas pero que tampoco se encontraban en el centro capitalista, es decir el llamado tercer mundo o periferia capitalista, la élite norteamericana ofertó a su población el acceso al consumo en masas, el american way of life. Por la vía de préstamos otorgados por las instituciones del Bretton Woods (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional), se lograba que los países se endeudaran a cambio de construir la infraestructura necesaria para exportar las materias primas que poseyeran bajo el sueño del desarrollo, a la vez que reforzaban la posición de mando del centro capitalista (Washington) y reforzaban su condición deudora. Así, Estados Unidos perdió a la URSS en 1945 y a China en 1949, pero ganó al resto del mundo incluyendo a los países derrotados, según palabras de Arrighi.
Finalmente, en la década de 1950 Estados Unidos ya había logrado instaurar formalmente la Pax Americana, cuyo nuevo ciclo virtuoso de expansión comercial a escala sistémica estaba asegurado (sic) por dos grandes puntales: su poder económico y financiero encarnado en el dólar y las instituciones de Bretton Woods; y su poder político y militar, gracias al paraguas nuclear del Pentágono y su posición de mando dentro de Naciones Unidas.
[1] Para más, veáse Saxe-Fernández, John. Capital monopolista y la economía permanente de guerra.

