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Asumir los costos
Escrutinio No. 76
Roberto Israel Rodríguez Soriano
El pasado 12 de octubre de 2011 el titular de la Secretaria de Seguridad Pública, Genaro García Luna compareció ante la Comisión de Seguridad Pública de la Cámara de Diputados. En dicho acto este personaje fue presionado por los diputados de casi todos los partidos (a excepción del PAN por obvias razones) para que diera explicaciones sobre asuntos tales como el aumento del gasto de la Secretaria de Seguridad Pública; como los resultados de la Guerra contra el Narcotráfico calderoncito; como sus posibles vínculos con el “crimen organizado”; como la autorización del pago de 118 millones pesos a Televisa por el programa televisivo El Equipo; como la intervención de agentes de la DEA en territorio nacional, así como la introducción de armas estadounidenses a territorio nacional entre otros asuntos. Cuestionamientos a los que no respondió concretamente y dio vuelta a través de deficientes recursos retóricos.
Sin embargo, hizo una declaración que me llamó mucho la atención y que me parece que no se debe pasar por alto. Expresó que si se buscaban a alguien que asumiera los costos de la violencia que ha generado la “lucha contra el crimen organizado” él estaba dispuesto a hacerlo.[1] Sabemos la “calidad” del personaje que emitió esta declaración, mismas que no merecería mayor atención, pero, en su calidad de secretario de estado adquiere un significado de muchísimo peso y da, otra vez más, claves para conocer las intenciones veladas de una estrategia gubernamental deshumanizada e instrumental.

¿Asumir los costos? El personaje, con las manos en la cintura, está dispuesto a asumir los costos: cincuenta mil personas muertas, dentro de las cuales se cuentan mil cuatrocientos niños asesinados[2] (entre otros “costos”). ¿Qué quiere decir esto? Al gobierno federal (presidente y su gabinete) le importa “un pepino” la vida humana. Una vida humana perdida no puede conceptualizarse como el “costo” de un fin. La vida humana nunca puede ser un medio, ni mucho menos un “costo”.
¿Qué expone la expresión de García Luna? Primero, que la vida humana para él, titular de una secretaría de gobierno, y para el gobierno federal es solamente un medio para alcanzar un fin y, segundo, que no hay ningún tipo de conciencia, ni arrepentimiento por el inmenso daño producido a partir de sus decisiones.
Sin embargo, esto no es algo nuevo, pero que sigue indignando. La posición quedó evidenciada en las reuniones del Movimiento por la paz con Justicia y Dignidad con el representante del gobierno federal. Reuniones en que Caderón y su camarilla de funcionarios degradaron a las victimas presentes y ausentes; reuniones en las que los testimonios del dolor y del sufrimiento fueron cínicamente desoídas a través de discursos vacios. En pocas palabras, las víctimas de la estrategia calderonica fueron denigradas y cosificadas.
Las conclusiones de los encuentros fueron claras: 1)la estrategia gubernamental no se va a modificar y se “asumirán los costos necesarios”; 2)las víctimas son sólo medios para alcanzar un fin. La calidad humana de cada uno de los 50 mil muertos es desconocida; y 3)consecuencia de lo anterior, el gobierno federal desconoce las implicaciones éticas, el padecimiento y la compasión que implica el sufrimientos de la víctimas de la estrategia política que éste mismo ha implementado.

El posicionamiento gubernamental fue refrendado por las declaraciones del perverso, charlatán e inepto secretario de seguridad pública en su comparecencia en la Cámara de Diputados. Este individuo ha declarado algo que no tiene justificación moral ni ética alguna y a partir de la cual, desde un concepto ético de la justicia, debería ser penalmente juzgado. Ha degradado a las víctimas ausentes y presentes. Ha pretendido asumir un derecho que ni por mucho le corresponde. Este individuo, envalentonado por su confianza basada en su segura impunidad política, se ha otorgado, a través de la misma estructura gubernamental, la atribución de decidir y disponer la vida de seres humanos.
¿Cómo hacer frente a esto? Desde una visión ética de la política las categorías de sufrimiento y de víctima pueden poner un límite a las acciones instrumentales y mediatizadoras llevadas a cabo por el uso y abuso del poder político, como en el caso de la “estrategia” política calderonica.
Al respecto del concepto de sufrimiento (que implica al de la víctima y a su testimonio) el filósofo español José María Maradones propone algo relevante. Señala que el sufrimiento proporciona un punto de vista especial. Pone al descubierto aspectos de la realidad que de otra manera quedarían ocultos. En palabras de este autor: “El sufrimiento es un educador de la vista: nos ayuda a fijar los ojos en el dolor de esta sociedad y así nos descubre lo que habitualmente no se ve”.[3]
De igual forma, el sufrimiento, argumenta este autor, es un educador del corazón en un ejercicio y acto de compasión. Es decir, en un acto de reconocimiento y padecimiento de la “triste condición humana” de los otros en la propia. Éste provoca y evoca un acto de empatía; un acto de compartir el padecimiento del otro; un acto de solidaridad humana. No como un deber, sino como un querer y un sentir.
El sufrimiento devela los verdaderos problemas de la sociedad. Problemas que no surgen de la consideración intelectual, ni de las contradicciones lógicas o mentales. Sino de las contradicciones reales existentes en la sociedad. Su indicador es, precisamente, el sufrimiento. De manera que el sufrimiento tendría la “virtualidad de orientar hacia los lugares de dominación y opresión”.[4]

El sufrimiento, a través del testimonio y del testigo, dan los elementos para plantear contundentemente y sin regateos políticos el contrapeso al uso del poder político. Maradones plantea una tesis que me parece de suma relevancia para el tema en cuestión. Dice que hay “que sospechar, con fundamento, que mucha de la ceguera social de la política y de los políticos procede del alejamiento de los lugares del sufrimiento”.[5] Así, me pregunto si García Luna conociera y sintiera realmente la dimensión del sufrimiento que experimentan las miles de víctimas de sus decisiones, podría decir lo que dice. ¿Qué ha aportado él para poderse dar el derecho de representar el sufrimiento de los demás? El sufrimiento no puede ser representado. Es fácil hablar del sufrimiento cuando no se sufre. Es fácil pretender asumir los costos cuando no provienen del propio sufrimiento.
Pero aquí hay que ser cuidadosos de no caer en un concepto falseado e instrumental del sufrimiento. Los políticos pueden hablar de sufrimiento y “sentirlo” de manera retórica. Caso ejemplar el de las reuniones en el Castillo de Chapultepec. Pero este concepto del sufrimiento está vacío; un concepto que se queda en la burocracia y en los discursos retóricos inservibles.
Maradones insiste, y yo estoy de acuerdo con él, que la implementación de una política insolidaria con el sufrimiento es fácilmente manipulable:
En estos momentos, los políticos ávidos de poder pueden manejar hábilmente las políticas autoritarias: ofrecen seguridad ciudadana al precio de la libertad. Se acallan las quejas de la opinión crítica con el recurso a la eficacia frente a la inseguridad, la exigencia del proceso económico, etc.; se ocultan actividades a la opinión pública en nombre del bien común, etc.[6]
Es precisamente el sufrimiento humanizado el elemento que podría legítima y éticamente marcar los límites del poder político al humanizarlo. Sin embargo, sabemos que esto está lejos de suceder en México. Como prueba vuelvo a aducir el ejemplo de las reuniones del Movimiento por la paz con Justicia y Dignidad con los representantes del poder ejecutivo.
Las víctimas han hablado y han mostrado el horrible rostro del sufrimiento. Han mostrado la parte que los políticos se niegan a ver y a reconocer de su ejercicio político. Seguramente ellos nunca los harán por cuenta propia debido a razones obvias. Pero, creo, la iniciativa y la oportunidad de solidarizarnos con el sufrimiento está en la sociedad civil. Ésta no debe tampoco arrogarse el derecho de hablar del sufrimiento porque caería en el mismo lugar. La víctima es la única que puede legítimamente asumir esa responsabilidad. No hay representación posible. Lo que si puede y debe hacer la sociedad civil es recoger la experiencia para pugnar por el coto del uso indiscriminado del poder político y ayudar y promover justicia en todos los sentidos.
[1] Enrique Méndez y Roberto Garduño: “En ríspida comparecencia, García Luna reta a diputados a someterse al polígrafo”, en: La Jornada, 13 de octubre de 2011,
[2] Sanjuana Martínez: “Mil 400 niños asesinados en la guerra al narco; desinterés oficial frente a la tragedia”, en: La jornada. 9 de octubre de 2011,
[3] José M. Maradones: “Sufrimiento humano y respuesta política”, en: La autoridad del sufrimiento. Silencio de Dios y preguntas del hombre, Barcelona, Anthropos, 2004, p. 55
[4]Id.
[5]Ibid.p. 55
[6]Ibid.p. 57

