La gran crisis de nuestros días

27 Septiembre, 2011
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Escrutinio No. 75

La gran crisis de nuestros días. Caracterización de las crisis hegemónicas y sus impactos en México.
Primera Parte: Aspectos teóricos.

* Edgar A. Valenzuela

La crisis de 1929 comparada con la de nuestros días parecerá una soleada tarde de verano,

ideal para sentarnos tranquilamente a tomar una taza de té.

John Saxe-Fernández.

¿Qué tiene de peculiar la crisis de nuestro tiempo que hace reflexionar a algunos académicos renombrados, entre los que se encuentra el citado Saxe-Fernández, que nos encontramos ante un fenómeno mucho más complejo aún que la paradigmática Gran Crisis de 1929?

Desde mi perspectiva, la única herramienta eficaz para no perdernos en las particularidades de una sucesión interminable de hechos únicos en el tiempo y el espacio, es tener un marco histórico de referencia que nos permita calibrar de mejor manera las líneas de continuidad y discontinuidad entre lo que aconteció en el pasado y lo que sucede en nuestros días, que a su vez nos pueda arrojar un poco de luz sobre a dónde nos dirigimos con miras al futuro.

A diferencia de aquellos que categorizan el proceso actual como una crisis cíclica del tipo económico clásico, para mí la crisis actual presenta características propias de aquello a lo que los teóricos del sistema-mundo moderno, entre los que se destacan Wallerstein y Arrighi, han denominado crisis hegemónica. Para ellos, la hegemonía entendida en su concepción gramsciana, significa la capacidad por parte de un grupo social y/o un Estado de presentarse así mismo y ser percibido por los demás como el portador de un interés general. En otras palabras, la hegemonía se puede definir como

(…) el poder adicional que se le añade a un grupo dominante en virtud de su capacidad de dirigir a la sociedad en una dirección que no sólo sirve a sus propios intereses, sino que también es percibida por los grupos subordinados como la prosecución de un interés general.[1]

Por tanto, hablamos de crisis hegemónica cuando la unidad que dirige al sistema pierde la capacidad de presentarse como la portadora del interés general, y ante la intensificación de las rivalidades interestatales e interempresariales; la escalada de conflictos sociales y el surgimiento de nuevas polos de poder que no puede regular; obliga a las unidades del sistema a encontrar soluciones de manera individual, cayendo en lo que Kenneth Waltz denomina la tiranía de las pequeñas decisiones.

Cuando un ciclo hegemónico ha sido instaurado, los líderes del sistema han seguido patrones de conducta que se pueden constatar analizando el desempeño de las potencias hegemónicas que se han sucedido desde las Provincias Unidas del siglo XVII hasta los Estados Unidos del siglo XX, que podemos resumir en tres procesos: 1. Expansión sistémica del comercio y la producción; 2. Expansión financiera a escala global; 3. Caos sistémico y desintegración de las instituciones de gobierno mundiales. El paso entre cada etapa, incluyendo la que engendró el proceso en cuestión, se ha dado mediante complejas crisis que van señalando el grado de madurez de un sistema.

En la primera etapa, la potencia hegemónica utiliza sus mayores capacidades organizativas y productivas para construir un sistema comercial que le permita explotar esas ventajas en la búsqueda de mayores rentas para su capital, centrándose preferencial aunque no únicamente en la producción y comercio de aquellos objetos que más valor agregado tengan. La expansión comercial y productiva genera tres procesos de manera simultánea: 1. Amplía la base interna del Estado en el que recae su hegemonía, haciendo partícipes a otras clases sociales de los frutos del ciclo virtuoso de expansión comercial; 2. Genera un excedente de capital que no puede ser absorbido de manera rentable en la actividad que les dio origen (el comercio), tirando la tasa de ganancia del capital; y 3. Permiten la difusión, absorción e incluso mejora por otras unidades del sistema de las capacidades organizativas y las claves de la pericia tecnológica que permitieron al hegemón sobresalir del resto.

La combinación de los tres procesos deviene en la aparición de centros rivales de comercio y producción que compiten férreamente en la búsqueda de mayores rentas para su propio capital, llevando al sistema a una grave crisis de acumulación que cambia desde dentro la propia lógica de acumulación seguida hasta ese momento.

La segunda etapa, que es resultado de la crisis de acumulación (crisis señal, según Arrighi), lleva a las unidades del sistema hegemónico, en su búsqueda de mayores tasas de ganancia, a generar una masiva conversión de dinero-mercancía adinero-líquido, que trae consigo un proceso de expansión financiera (o financiarización económica) a escala sistémica. En ella, la unidad que funge como el centro neurálgico de intercambio e intermediación global compite de manera privilegiada por el capital en busca de inversión, aprovechando su posición de mando en el sistema-mundo.  La mencionada conversión deviene en un florecimiento sin límite de sus finanzas, a costa de la ruina de su aparato productivo, erosionando también las bases sociales del proceso hegemónico interno y haciendo más probable la conflictividad social también a escala sistémica.

No obstante, los límites de la expansión financiera llegan pronto al sobre extenderse las capacidades del centro financiero de canjear los papeles emitidos por bienes tangibles, llevando al sistema a una nueva crisis, esta vez terminal del sistema como se construyó bajo ese ciclo hegemónico.

Los resultados de la crisis se traducen en una amplia ola de conflictividad inter e intraestatal, durante la cual las contradicciones del sistema decadente se hacen cada vez más evidentes y la unidad líder tiene que hacer frente cada vez a más y mayores retos con cada vez menos herramientas. Las unidades de gobierno mundial creadas para afianzar la supremacía del hegemón se vienen abajo y se inaugura un largo y caótico proceso de lucha por la primacía del poder global.

Sin embargo, el colapso hegemónico de la potencia en declive no significa la sustitución inmediata de un centro por otro. Por el contrario, la caída final de la unidad líder del sistema sólo ahonda por un tiempo más las rivalidades entre las potencias retadoras, antes de que uno de ellos surja de manera definitiva como la nueva potencia hegemónica.

En este caótico período también entra en crisis el concepto de soberanía nacional en su acepción westfaliana, pues dentro de la caracterización que hace Robert Jackson de ella, la soberanía legal (autonomía jurídica e integralidad territorial) se viola de manera continua por las potencias en juego. Igualmente ocurre con la soberanía de facto (capacidades para desempeñar las funciones gubernamentales asociadas a la estatalidad independiente). Al terminar el período de caos, el aspecto legal se aplica a cada vez más unidades del sistema, puesto que tienden a surgir muchas nuevas unidades a costa de la desintegración de los Estados multinacionales; pero el aspecto de facto se reduce en proporciones similares al concentrarse cada vez más los medios de coerción más poderosos del sistema.

Para detallar someramente las etapas apenas descritas, nos apoyaremos en el ciclo hegemónico de Gran Bretaña del S. XIX, que surgió como la principal potencia retadora tras la crisis financiera de la década de 1780 (que marcó el inició de un largo ciclo de enfretamientos armados con Francia por instaurarse como el nuevo hegemón). Tras la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo y la Santa Alianza, se inició un ciclo de expansión comercial profundizado en las décadas de los 50 y 60 (basado en la aplicación y difusión de los sistemas de producción mecanizada, cuyos pilares eran los ferrocarriles y la máquina de vapor), que concluyó en 1873 con el crack de la bolsa de valores de Viena (crisis señal, síntoma de madurez otoñal).

La Gran Depresión de 1873 – 1896 inauguró un proceso de financiarización que si bien pudo salir avante de ella y brindar al sistema un nuevo impulso (la denominada era Eduardiana), culminó catastróficamente en 1929 con el jueves negro de Wall Street (crisis final, colapso hegemónico).  Mas, a pesar de que desde 1929 se puede constatar que Londres y la libra esterlina ya no eran más el centro único de intercambio e intermediación financiera global, no fue sino hasta la década de 1950, cuando las instituciones de la Guerra Fría ya estaban en pie, que podemos hablar de la culminación del ciclo británico y el inicio formal del ciclo estadounidense.

Concluiremos este primer apartado mencionando que la característica primordial de un nuevo centro hegemónico es que logran perfeccionar y centralizar en mayor medida que cualquiera de sus predecesores sus capacidades económicas, financieras, políticas y militares a escala sistémica, y además de llevar a una reorganización de la construcción estatal y su relación con el capital cada vez más compleja y dinámica.



[1]
Arrighi, Giovanni. Caos y orden en el sistema-mundo moderno. Madrid, Akal, 2001.

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