Más leidas en Politica
Artículos relacionados
Artículos más comentados
Artículos más comentados (histórico)
El Pacto Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad
Escrutinio No. 69
Roberto Rodriguez Soriano
“No hay medio más eficaz para gobernar a la masa que la superstición”
Quinto Cursio
El pasado 4 de junio partió de Cuernavaca, Morelos, la llamada “Marcha por la Paz” Partió con destino final Ciudad Juárez, Chihuahua. A esta ciudad llegó el 9 del mismo mes y año. Tiene como objetivo la firma del Pacto Nacional por la Paz.
Dicho pacto tendría seis puntos cardinales, de acuerdo con el documento que se hizo público en el Zócalo de la Ciudad de México el 8 de mayo de 2011. Los cito:
1. Exigimos verdad y justicia
2. Exigimos poner fin a la estrategia de guerra y la impunidad.
3. Exigimos combatir la corrupción y la impunidad.
4. Exigimos combatir la raíz económica y las ganancias del crimen.
5. Exigimos la atención de emergencia a la juventud y acciones efectivas de recuperación del tejido social.
6. Exigimos democracia participativa, mejor democracia representativa y democracia en los medios de comunicación.[1]
En dicho documento, también se establecen las razones y las justificaciones del pacto y del movimiento mismo. Entre éstas me gustaría destacar las siguientes:
Este momento histórico adverso y profundamente violento es resultado de estructuras económicas y sociales que generan desigualdad y exclusión. Aquí impera la muerte, muerte lenta causada por la miseria, la pobreza, el desempleo, la falta de oportunidades para el desarrollo pleno de nuestras vidas, y por la destrucción del ambiente. Se trata de una violencia sistémica donde los más afectados provienen de los sectores excluidos, marginados y vulnerabilizados de esta sociedad: mujeres, jóvenes, niños, migrantes, pueblos indígenas.
En este argumento se asocia directamente la “profunda violencia” con la desigualdad y exclusión generada por los modelos económicos y sociales.
Después se dice:
Esta guerra es fruto del monopolio que está configurando el narcotráfico en nuestro país a través de sus interconexiones transnacionales de territorios e imponiendo sus reglas de acción al Estado-Nación, lo que implica la pérdida de la capacidad gubernamental para decidir el rumbo de las políticas económicas y responder a los grupos menos favorecidos, creando, a la vez, "territorios-sin-gobierno", en donde las bandas se disputan el dominio del trasiego de la droga desde Sudamérica y Centroamérica hasta aquí para enviarlas a Estados Unidos.
Más adelante:
Frente a este escenario, el Estado ha optado por una estrategia militar para enfrentar al crimen organizado y la protesta social, privilegiando un proceso de militarización intensivo y extensivo de la seguridad pública, no sólo por el amplio despliegue de las fuerzas militares en territorio nacional, sino también por la creciente presencia de los mandos castrenses en la dirección de las policías civiles: actualmente 500 miembros del Ejército –desde generales hasta tropa– tienen licencia para ocupar cargos en las policías estatales y municipales de todo el país. Avanza la preeminencia de la lógica militar sobre la lógica civil en múltiples ámbitos de la vida nacional
Las exigencias son claras y precisas. Son demandas que se hacen a los representantes de todos los niveles de gobierno de la nación mexicana, principalmente al representante del poder ejecutivo federal. Pero, ¿por qué la idea de un “pacto” como forma de legitimar esas demandas políticas, sociales y económicas?
En teoría política y en los imaginarios sociales, es sobre la legitimidad de pactos civiles y sociales que se fundamentan y construyen todas las estructuras de los Estados Nacionales modernos. Los pactos sociales congregan las “voluntades populares”, a través de la cuales se legitiman las decisiones que buscan la consecución del “bien común”.
Dentro de estas concepciones, las diferentes formas de gobierno se legitiman también en pactos sociales y civiles, de allí los conceptos democráticos del voto y de la representación.

La idea de reconformar la nación mexicana, específicamente al gobierno, a través de un pacto, significa un retorno a los fundamentos de la misma estructura nacional. La convocatoria a la firma de un “pacto civil nacional” tiene la intención del uso de la “voluntad general” y con esto dar la legitimidad al acto mismo.
Lo anterior supondría que este “nuevo pacto” tendría la legitimidad para corregir la estructura gubernativa y, en el caso especifico, afianzar las demandas expuestas hacia los representantes del gobierno.
La opción parece congruente con la concepción política en que se fundamenta la nación mexicana. De manera que sería la estrategia adecuada si el fundamento no fuera mitológico.
La concepción del pacto nacional, a través del que nace y se fundamenta el gobierno, ha estado y está presente en el imaginario político nacional desde su conformación como una nación independiente; y que sin embargo, las raíces teóricas se remontan siglos antes a la emancipación política.
Los juristas y teólogos del siglo de oro español, así como los filósofos y pensadores novohispanos realizaron una solida y concisa argumentación político contractual o pactista de la que se nutrieron los ideólogos independentistas. Estos teólogos y juristas desarrollaron conceptos a través de los cuales se opusieron a cualquier forma de dominación política. Conceptos que estaban respaldados por leyes divinas. Suponen que el origen del poder político radica en la comunidad política, y ésta tiene el derecho divino de defenderse contra el abuso de los gobernantes. Inclusive llegan a justificar, a partir de la defensa de derechos divinos, el tiranicidio.
La idea del pacto es centra en sus argumentaciones. Por ejemplo, para el padre Francisco Suárez (siglo XVI), uno de los máximos representantes del siglo de oro español,el pacto social se realiza por voluntad humana. La comunidad política acepta libremente al gobernante, y esta acción sólo refiere al derecho humano. La comunidad elije libremente, por su propia voluntad, la forma de gobierno. La “sola razón natural, en abstracto no determina como necesaria una de esas formas [de gobierno]”.[2] Las leyes que fundamentan al gobierno y la relación al interior de la comunidad política tienen como referencia la ley divina, pero del consentimiento de los integrantes de dicha comunidad y de allí la posibilidad de cambiar de gobernante.

Estas ideas permearon la ideología independentista. De estas se nutren las ideas libertarias de Miguel Hidalgo y José María Morelos.
Posteriormente, una vez consolidada la independencia, la idea de pacto social o civil sigue estando presente en el bagaje conceptual político. Los fundamentos cambian. Se secularizan. El fundamento divino se desecha y se asume un fundamento racional. A través de la idea del pacto se establecen las estructuras elementales del gobierno independiente. Bajo este concepto clave se forjan las constituciones, se establece la separación de poderes, se establecen los mecanismos de representación, se enclavan los derechos naturales y los derechos positivos.
Sobre la idea del pacto social se realizan los crímenes más brutales contra quienes se niegan a someterse al proyecto político liberal; contra quienes se niegan a ser iguales, libres y propietarios.
Sobre la idea del pacto social y el ejercicio de la soberanía nace y se fundamenta la rebelión contra el régimen porfirista.
Sobre la idea del pacto se reconstruye la nación posindependentista. Y sobre esta idea se construye el régimen político democrático que tenemos hasta la actualidad.
Bajo las ideas del pacto y de la soberanía se cobijan las rebeliones modernas contra el régimen político mexicano. El EZLN en la declaración de la Selva Lacandona aducen a su expresión legalizada en el artículo 39 de la Constitución mexicana, para legitimar el levantamiento armado: «La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo el poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene, en todo tiempo, el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno»
La idea del “pacto social o cívico”, junto con el de la “soberanía popular”, ha sido, a lo largo de la historia moderna de México uno de los pilares teóricos e ideológicos que ha servido para justificar posiciones diversas, desde las más conservadoras hasta las más radicales y que han dado forma a la nación actual.
Entonces, congruente con lo anterior es que el Movimiento por la paz con dignidad y justicia pretenda recurrir al fundamento de pacto cívico o social para exigir la corrección del perverso rumbo gubernamental que se ha mantenido, por mencionar alguna temporalidad, durante los diez años de gobierno panista y los setenta años de gobierno priista. Se pretende descender a la fuente y el origen de la legitimidad gubernamental, y a la recuperación del poder político primario para que de éste emane la solución política necesaria.
Me parece necesario preguntarse si con la idea de la firma de un pacto basta. Los dirigentes del movimiento político han señalado que si el gobierno no atiende al pacto cívico que se firme en Ciudad Juárez se pasará a otro tipo de resistencia, pacífica; a la desobediencia civil.
Insisto. La recurrencia del movimiento a los fundamentos políticos de la nación, como motor de exigencia a los gobernantes, parecería uno de los caminos más legítimos y adecuados. Sin embargo, moverse en esa dirección supondría una legitimación de dichos fundamentos.
En el imaginario nacional, el pacto representa el momento inicial con el cual la comunidad política se conforma en una nación soberana. Bajo esta idea también se encuentra la suposición de que los concurrentes a ese momento actúan y pactan bajo una decisión libre y racional. En el caos, que es representado por el momento anterior al pacto, se hace el orden, bajo una decisión voluntaria, razonada y libre, que asegura los derechos primarios y políticos de los pactantes.
Sin embargo, tras la idea del pacto se esconde una verdad incomoda. Al mitificarse encubre y esconde la violencia histórica que supone el surgimiento del Estado Nación. Detrás de esta idea, en la parte oscura y latente, hay sometimiento, sufrimiento, violencia, exclusión, esclavitud, deshumanización y muerte.
Friedrich Nietzche es su genealogía de la moral explicaba de forma, un tanto metafórica, ese lado:
el «Estado» más antiguo apareció (…) por una terrible tiranía, como una maquinaria trituradora y desconsiderada, y continuó trabajando de ese modo hasta que aquella materia bruta hecha pueblo y de semianimal no sólo acabó por quedar bien amasada y maleable, sino por tener también forma”. [3]Más adelante dice lo siguiente: “He utilizado la palaba «Estado»: ya se entiende a quién me refiero –una horda cualquiera de rubios animales de presa, una raza de conquistadores y de señores, que organizados para la guerra y dotados de la fuerza de organizar, coloca sin escrúpulos algunos sus terribles zarpas sobre una población tal vez tremendamente superior en número, pero todavía informe, todavía errabunda. Así es como en efecto, se inicia en la tierra el «Estado».[4]
La historia de la humanidad ha sido la historia del sometimiento y la dominación, la historia de la barbarie. El Estado-Nación moderno (y no tan moderno), se levanta no sobre el contrato y el pacto de humanos libres y racionales, se levanta sobre la dominación, el uso del poder, la esclavización y la cosificación.
En el caso específico de México, éste se construyó sobre las particulares decisiones caprichosas que no significaban más que intereses particulares sedientos de poder y de riqueza. Pequeños grupos que se luchaban entre sí y que perseguían beneficios propios. En que el “pueblo” representó el escalón para alcanzarlos.
El proceso histórico siguió este mismo camino. Fuerzas políticas que se nutrían de conciencias éticas, verdaderamente incluyentes y democráticas fueron absorbidas, destrozadas y eliminadas por las lógicas demagógicas tribales. Con violencia y exceso de poder sometieron a las exigencias sociales (universales y particulares). Configuraron imaginarios que hablaban, y siguen hablando, de democracia, de igualdad, de libertad, de justicia y de bonanza. Imaginarios vigentes a través de los cuales se intentan explicar y comprender los procesos históricos nacionales.

En el año 2000 la mitología pactista tuvo su epitome. La democracia, la fuerza del pueblo, se imponía contra la dictadura partidista. Nada cambió, todo siguió igual.
Año dos mil diez y se afirma que el pacto político, social y cívico se ha roto. La violencia desbordada que el mismo pacto originó, hace crecer la percepción de la necesidad de la exigencia de su reformulación. Soportar aire sobre aire. ¡Nunca hubo un pacto original! Sobre la nada no se puede construir nada.
La exigencia de justicia debe encaminarse bajo otros supuestos. La formulación política debe incluir nuevos conceptos; debe soportarse sobre nuevos fundamentos. Debe salir del círculo vicioso en el que se está condenado a hablar de vacío; a hablar con el lenguaje pervertido que desarraiga el dolor, la impotencia, la injusticia y la rabia de sus cualidades verdaderamente constructivas.
Los actos políticos y las decisiones políticas, que nacen bajo demandas plenas de justicia, no deben formularse, ni construirse teniendo como referencia conceptos e interlocutores vacios, cuyo único lenguaje es la violencia y el abuso del poder.
Debemos ser cuidadosos de no ser seducidos una vez más por los falsos cantos políticos, porque el dolor, el hambre, la miseria y la desolación son reales. Tener cuidado de la idea de democracia (liberal, republicana o comunal), la idea más seductora y halagüeña que pretende curar todos los males políticos, económicos, sociales y anímicos de la nación.
En mi opinión, un pacto social o civil, dentro del corpus imaginario (teórico e ideológico político actual) es insuficiente e inútil para una conformación política y para vislumbrar alguna solución al grave problema en el que vivimos.
Al respecto de la mitología pactista, me viene a la memoria un desconcertante escrito que Sigmund Freud redacto como respuesta a Albert Einstein en 1932.
Einstein escribió una carta a Freud (fechada el 30 de julio) pidiéndole una posible respuesta a la pregunta: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?[5]
El mismo Einstein, en esta misma carta, esboza una perspectiva bastante bondadosa, e inclusive hasta ingenua, la cual cito:
Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una manera simple de tratar el aspecto superficial (o sea administrativo) del problema: la creación con el consenso internacional, de un cuerpo, legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que sugiere entre las naciones. Cada nación debería avenirse a respetar s órdenes emanadas de este cuerpo legislativo, someter toda disputa a su decisión, aceptar sin reserva sin dictámenes y llevar a cabo cualquier medida que el tribunal estimare necesaria para la ejecución de decretos. Pero aquí, de entrada, me enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que posee resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que estos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano, y las decisiones jurídicas se aproximan más a la justicia ideal que demanda la comunidad (en cuyo nombre e interés se pronuncian dichos veredictos) en tanto y en cuanto esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una organización supranacional competente para emitir veredictos de autoridad incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me veo llevado, de tal modo, a mi primer axioma: el logro de seguridad internacional implica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a sus libertad de acción, vale decir, a su soberanía, y está claro fuera de toda duda que ningún otro camino puede conducir a esa seguridad.[6]
La respuesta de Einstein me evoca la idea del pacto social. Propone la posibilidad de construir una institución política a la que los miembros se someterían voluntariamente y ésta se encargaría de dirigir, mediar y regular las relaciones internacionales. El principio es el mismo que el del pacto civil, político (o como se le quiera llamar).
Freud corrige severamente esta propuesta. La tesis central de Freud es que ningún pacto consciente, voluntario y racional puede traer por sí mismo la paz. La despiadada premisa es la siguiente: “los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse”.[7] Este último enunciado puede enunciarse en los siguientes términos, tendiendo como referencia a Aristóteles: el humano, antes que político, es animal.
Freud hace una reconstrucción del proceso de “congregación política”. Cabe señalar que esta hipótesis y sus premisas, no se las saca de la nada. Están fundamentadas en un extenso trabajo clínico:
Al comienzo una pequeña horda de seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores armas o las emplea con destreza. Al introducirse las armas, ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el propósito último de la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que recibía a por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su antagonismo. Ello se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine duraderamente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la doble ventaja de impedir que reinicie otra vez su oposición y de que su destino hará que otros se arredren de seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación pulsional que habremos de mencionar más adelante. Es imposible que este propósito de matar se vea contrariado por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en servicios provechosos si, amedrentado, se le deja con vida. Entonces la violencia se contentará con someterlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, peor el triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el acechante afán de venganza del vencido y así resignar una parte de su propia seguridad.
Queda pues establecida la hipótesis. Posteriormente la violencia se transformó (o solamente se disfrazó) del derecho. Pero el derecho por sí mismo no hubiera podido asegurar la durabilidad del sometimiento. Dice Freud que era necesario un ingrediente psicológico: “el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de transferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimientos entre sus miembros”.[8] Debido a las diferentes características de la sociedad (elementos de poder desigual: hombres, mujeres, padres e hijos, vencedores y vencidos, amos y esclavos) se hace necesario el establecimiento de mecanismos que aseguren fuertemente la cohesión social; que encubra la violencia fundante. Puntualizando, son dos cosas las que mantienen cohesionadas: la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimientos. Dos elementos de la vida social que cumplen a cabalidad estos dos requisitos son el de la ciudadanía y la democracia.

Con la idea de la democracia se reprime a nivel psicológico la violencia mediante la idea de racionalidad, participación y decisión, aunque sea solamente a un nivel de exigencia. Con la idea de ciudadanía se establecen relaciones sociales (ficticias) y se crean lazos filiales (artificiales).
Dejo en este punto a Freud destacando que la idea ficticia del pacto y de la construcción de la comunidad política con base en acuerdos de personas libres e iguales, con base en meditaciones racionales responden, precisamente, a la construcción de mecanismos que encubren y reprimen la violencia constitutiva de la psique humana. Esto, además de las implicaciones para los conceptos políticos en cuestión, trae consigo otro tipo de problemas, que exceden por mucho los límites del presente escrito, como el desborde de esa violencia de forma social e individual en forma de barbarie.
Para finalizar puedo señalar que las razones del Movimiento por la Paz son dignas, legítimas, justas y reales. Sin embargo, me parece que la idea de firmar un pacto es legitimar la estructura gubernamental y nacional que “administra la violencia” irresponsablemente y atendiendo a intereses particulares. Y más teniendo como interlocutora a esos agentes gubernamentales. Se necesita una nueva concepción que olvide la legalidad y la legitimidad de los imaginarios políticos históricos tales como el “pacto”.
Junio de 2011
[2] Francisco Suárez: “Defensio Fidei”, en: El pensamiento político en sus textos. De Platón a Marx, (Juan Botella, Carlos Cañeque, Eduardo Gonzalo (eds.), Madrid, Tecnos, 1994, p. 156
[3] Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral, Madrid, Alianza Editorial, 2006, p. 111
[4] Id.
[5] Einstein y Freud: “¿Por qué la guerra?”, en: Obras completas, vol. XXII, Sigmund Freud, Buenos Aires, 2004, p. 183
[6] Ibid. p. 184
[7] Ibid. p. 188
[8] Ibid. p. 189

