El triunvirato priísta

24 Mayo, 2011
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Escrutinio No. 68

Marco Arellano Toledo

Uno de los procesos que el PRI como organización partidista no ha logrado superar después de su más grande derrota electoral, la del año 2000, ha sido el de la orfandad presidencial, para decirlo en otros términos, no ha podido superar la ausencia del liderazgo presidencial sobre el propio partido. Se recordará que en la antigua configuración del régimen político autoritario el presidente de la República además de las responsabilidades de su investidura, tutoraba la organización priísta, dirimía el conflicto, diseñaba las estrategias de postulación a candidatos no sólo a la presidencia, sino a las gubernaturas, diputaciones uninominales y plurinominales, las senadurías y desde luego, presidencias municipales de las ciudades más importantes del país. Era para decirlo en un solo término el astro sol mediante el cual gravitaba el propio PRI.

Si bien la derrota electoral del PRI del año 2000 fue la respuesta a un crisol de procesos que habían mostrado el agotamiento del modelo autoritario de régimen, coincido con Mauricio Merino en que la transición de México hacia la democracia fue una transición votada[1], es decir, fueron los votos los que permitieron la alternancia en el poder en todos los niveles de gobierno. El respeto al voto, fue el detonante del cambio político en México. Este respeto al sufragio no se dio de un día para otro, fue la evolución de las leyes electorales las que garantizaron que la voluntad popular manifestada en una mayoría, construyera gobiernos de todos los colores e ideologías políticas. Estas mismas reformas electorales también exigieron transparencia en los procesos internos de todos los partidos políticos en México, si bien, no estuvieron contempladas sanciones, todos los partidos tuvieron que iniciar una apertura inusitada de sus procesos organizativos internos y el PRI no fue la excepción.

De igual forma, durante dos sexenios presidenciales y a la par del reformismo electoral, el PRI tuvo su peor década organizativa desde su fundación en 1929. Muchos cambios aparecieron en el partido en dos sexenios, en el primero, 1988-1994, el liderazgo presidencial fue demasiado fuerte, se quitaron y pusieron gobernadores a su antojo, las primeras grandes derrotas a los candidatos priístas fueron toleradas y aceptadas por el propio presidente, se favoreció la territorialización del partido por encima del corporativismo, se vivieron momentos furiosos cuando fueron asesinados el candidato a la presidencia y el secretario general del partido en un mismo año; en el otro sexenio, el último priísta, 1994-2000, se proclamó una sana distancia entre el presidente y el partido, sin embargo fue en el sexenio que más dirigentes nacionales tuvo el PRI, fue una conducción ezquizofrénica por parte del presidente lo que llevó al límite a la organización. A partir del año 2000, el PRI había dejado de tener al presidente de la República como su líder máximo;  había sucedido algo insólito en la vida de México, el presidente no era priísta.

Esta situación trajo varias consecuencias para el PRI. La primera y quizá la más seria, fue que le imprimió un alto grado de conflictividad a la vida interna del propio partido. Derivado de la orfandad presidencial la organización tuvo que dirimir conflictos sin un árbitro respetado por todos, el desajuste de mando y decisión fue obvio, surgieron liderazgos parlamentarios, profesionales partidistas y liderazgos regionales, principalmente de gobernadores que intentaron emular la fórmula exitosa de complicidad partido-poder ejecutivo que se había perdido después de la derrota presidencial.

El impacto se hizo notar y sacudió a toda la organización en un escenario desconocido, en realidad las consecuencias de este impacto no se han podido analizar como debieran, fundamentalmente porque el PRI logró resolver de manera preliminar el problema de la orfandad política dando poder a una confederación de liderazgos en el partido. Unidos por el cierre de filas y sobre todo por el miedo a la fractura o extinción partidista, se logró una mezcla de equilibrios políticos muy parecidos a un triunvirato[2] romano en el que la suma de sus partes puede controlar la organización pero ellas por separado no tienen el suficiente poder para hacerlo. En este triunvirato participan tres poderes reales frente a la organización: por un lado se encuentra el poder de los parlamentarios priístas, principalmente los líderes de las fracciones parlamentarias del Senado y de la Cámara de Diputados; por otro lado, con una participación elevada de injerencia en el proceso organizativo priísta se encuentran los gobernadores de los estados que tienen un peso específico en el PRI pues controlan muchos recursos, además de que ellos aún pueden quitar y poner al presidente estatal de dicho partido; por último se identifica el poder de la dirigencia nacional, si bien, este poder es el legalmente constituido en la organización, necesita de los otros dos para realizar acuerdos, construir políticas, generar apoyos, diseñar estrategias organizativas que cohesionen proyectos de largo plazo.

Así, esta coalición de fuerzas políticas le ha permitido al PRI posponer los impactos que sufrió una vez perdida la presidencia de la República, en especial le ha permitido reducir los niveles de confrontación política a su interior, las tres partes son mediadores en cualquier conflicto de intereses. Esta triada de liderazgos aparece con frecuencia cuando el PRI vive esos procesos en donde el presidente de la República le era indispensable: postulación de candidatos de elección popular, formación de Consejos Políticos Nacionales, construcción de la agenda de las Asambleas Nacionales. De igual forma, estos liderazgos que conforman el triunvirato han aparecido bruscamente en el otrora momento político más importante del PRI: la sucesión presidencial.

Se puede advertir con claridad que de cara a la sucesión presidencial, estas tres fuerzas políticas también han mostrado su músculo y su deseo de postular candidatos a la presidencia; por parte de los gobernadores, si bien, no derivado de un consenso entre todos ellos, pero sí como un referente de ese poder, se encuentra el gobernador del  Estado de México, Enrique Peña Nieto; por la parte parlamentaria existe suficiente claridad para mencionar al senador de la República, Manlio Fabio Beltrones; por última y quizá con menos peso y aspiraciones definidas, hallamos a Humberto Moreira presidente del partido; esta última, es la fuerza que se nota con menos claridad, y pudiese ser derivado de que en la anterior elección, el candidato a la presidencia de la República del año 2006 fue el derrotado Roberto Madrazo, que en el momento de su postulación representaba en cierto sentido al poder organizativo del propio partido al ser su dirigente nacional. Ahora, la dirigencia tendrá que esperar para postular otro candidado emanado de ese poder.

Es válido decir que se halla forzada la representación de estas tres fuerzas en estos tres posibles candidatos a la presidencia. En efecto, el PRI es un difícil objeto de estudio, pues la radiografía de sus pesos espécificos, sus equilbrios internos, sus facciones y fracciones políticas son muchas veces oscuras para el analista, sin embargo, es pertinente mencionar que este triunvirato si se asoma de forma clara cuando el PRI vive esos momentos en donde la conflictividad interna tiene un grado alto de potencialidad. Cada parte que integra al triunvirato no actua en todos los sentidos como grupo político sólido y cohesionado, es decir, no todos los gobernadores actuan en bloque o no todos los parlamentarios buscan los mismos objetivos, lo cierto es que, resultado de este reparto de la organización, gobernadores, parlamentarios y políticos profesionales adscritos a la estructura organizacional han logrado dirimir el conflicto y posponer en gran medida los cambios que el PRI requiere como organización partidista de cara a un México democrático.

El PRI adolece de un poder que logré sustituir al que culturalmente la propia organización estaba acostumbrada, el poder presidencial. Este triunvirato le ha permitido naufragar en las aguas de la transición a la democracia sin experimentar un cambio real en el diseño organizativo, quizá la apuesta está basada en el regreso del poder presidencial como tutor de la organización, si por alguna razón esto no se consigue en 2012, no habrá vuelta de hoja ni tiempo para esperar el cambio en el PRI, seguramente como la propia historia del triunvirato romano lo marca, será la traición de una de estas fuerzas políticas a las otras dos, la que logré controlar al partido, adueñarse de él y definir su rumbo.



[1]
Merino, Mauricio La transición votada. Crítica a la interpretación del cambio político en México, FCE, México, 2003

[2]En la antigua Roma, en la época de la República, a veces surgían alianzas para controlar el escenario político. Este término, concretamente,  fue acuñado para describir las alianzas entre Cayo Julio César, Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso (primer triunvirato) y entre Marco Antonio, Marco Emilio Lépido y César Octavio (segundo triunvirato) en el siglo I A.C.

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Comentarios

  1. 1

    14 JUNIO, 2011

    ADEXRUB

    Excelente artículo, hay muchas cosas que están por definirse y otras que probablemente ya lo están, definitivamente la clave es es el cambio. saludos!

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