La sucesión en tiempos de cólera

04 Abril, 2011
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Escrutinio No. 65

Marco Arellano Toledo*

 

Uno de los momentos más importantes en el viejo sistema político mexicano priísta era el de la sucesión presidencial. Los tiempos, los candidatos, las envidias, las trampas, la competencia en general era mediada y arbitrada por el presidente de la República. En específico, lo que el presidente en funciones controlaba era su sucesión, pues como siempre su partido ganaba las elecciones. Bajo este esquema aquel que resultaba ser su elegido, en todos los casos, se convertía en presidente de la República.

La maquinaria priísta estaba aceitada a partir del momento en que se designaba al candidato producto del "pronunciamiento de todos los sectores" (el campesino,  el obrero y el popular) que en realidad era producto de una decisión personal del presidente, todo el partido se ponía trabajar , "la cargada" como se denominaba a la manifestación de apoyo que la mayoría de los integrantes de la organización le brindaba al ungido era amplia. Sin embargo, siempre quedaban los otros, los desairados, los no favorecidos, eran todos aquellos suspirantes a la candidatura que no habían contado con la venia presidencia. La mayoría de ellos aceptaban con disciplina y sumisión  partidista la no designación. En una gran cantidad de veces los no favorecidos se incorporaban a la campaña del candidato seleccionado por el presidente y desde ahí se abrían paso a una nueva oportunidad.

El fin a los tiempos de lo anteriormente descrito fue en 1987, si bien el Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue creado como un acuerdo entre las élites posrevolucionarias para conservar y circular el poder, en ese año todos pudimos observar como ese acuerdo se había agotado. Casualmente el hijo de uno de los principales constructores del partido en sus años de gestación organizacional,  se inconformó al no verse favorecido por la designación presidencial en la sucesión de ese año. Su nombre, Cuauhtémoc Cárdenas. Se atrevió públicamente a cuestionar el modelo de partido, su democracia interna, así como el poder que el presidente tenía sobre el propio PRI. Su inconformidad se tradujo en la formación de una corriente democrática al interior del partido que terminó creando un nuevo movimiento democrático llamado Frente Democrático Nacional que junto con una coalición de pequeños partidos, lo postuló como candidato a la presidencia de la República en 1988.

Esta ruptura dentro del propio PRI dio como resultado que la elección de ese año fuera, hasta ese momento, la más competida en la historia del país. El resultado fue un cuestionado triunfo para el candidato del PRI Carlos Salinas de Gortari. Fue la primera elección, (incluso superada por la de Ávila Camacho y Juan Andrew Almazán en 1940) donde realmente hubo una competencia política importante. Como se dijo, Cuauhtémoc Cárdenas se presentó como candidato de oposición priísta en coalición con varios partidos políticos. Por el Partido Acción Nacional se postuló a Manuel Clouthier.  Los resultados oficiales dieron por ganador a Carlos Salinas con 9,641,329 votos, seguido por Cárdenas con 5,911,133 votos y a Clouthier con 3,267,159 votos.[1] Debido a la organización del proceso electoral realizado por la propia Secretaría de Gobernación y las constantes incidencias que hubo en la noche del conteo electoral, se aseguró por parte de la oposición que había habido manipulación de los votos. Al final aunque se pudieron comprobar múltiples irregularidades, el fraude como tal no se pudo comprobar y el presidente para el periodo 1988-1994 fue Carlos Salinas. Sin embargo aún los datos oficiales  mostraban algo histórico para el PRI, la competencia partidista era clara y la suma de todos los votos obtenidos por la oposición era ligeramente más alta que la obtenida por el candidato oficial.

Este proceso marcaría el inicio de la transición hacia la democracia en México. El desastre del sexenio salinista, las reformas electorales posteriores, el inicio de la competencia política electoral en varios estados del país, la construcción de la pluralidad partidista en el Congreso durante los siguientes doce años dieron como resultado el fin del modelo autoritario que había existido en México incluida la sucesión presidencial. En 1999, de forma inusitada el propio PRI ya no dependería de los designios del presidente en turno para elegir su candidato a la presidencia. De forma espectacular más de un político mostró su intención de contender a la presidencia y mediante un proceso de votación abierto, incluso a la ciudadanía, los aspirantes a la candidatura pudieron contender de forma directa, algo sui generis en la cultura política del propio país.

La elección de 2000 también marcó el fin del partido en el poder. El 2 de julio Vicente Fox postulado por el Partido Acción Nacional ganaba las elecciones  y con ello se acababan más de setenta años de hegemonía partidista del PRI. La alternancia en el poder presidencial era una realidad política.

En los años venideros la competencia por el poder presidencial se hallará cada vez más ardua, serán los partidos políticos quien ahora mediarán y controlarán el proceso sucesorio que anterior a la alternancia sólo era arbitrado por el presidente en funciones. Resultado de este nuevo control de los partidos se pudo verificar que en 2006, el proceso electoral se precipitó y adelantó a los tiempos políticos convencionales, en 2004 y 2005 se contaba con un sin fin de encuestas que marcaban la intención del voto que tenían los posibles presidenciales, estas encuestas controladas muchas veces por los medios de comunicación y sus propios intereses, otras tantas por los propios partidos, imponían la agenda y las posibilidades que los políticos pudieran tener. En 2005 había al menos de 3 a 5 suspirantes por cada partido político. Por el PRI se aparecían Roberto Madrazo, Enrique Jackson, Tomás Yarringtón, Manuel Ángel Núñez Soto y  Arturo Montiel. Por el PAN estaban Santiago Creel, Felipe Calderón Hinojosa, Luis Felipe Bravo Mena. Por el PRD aparecían Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Andrés Manuel López Obrador. Si bien, cada uno de los partidos logró articular una estrategia de postulación de candidatos más o menos consistente, todos los procesos internos tuvieron una gran exposición mediática y costos políticos importantes dentro de cada organización, mismos que mostraron lo podrido de la política de cada uno de ellos, sus contradicciones internas, su deseo desmedido por el poder y sobre todo, su vacío de proyecto político.

Ahora, rumbo a la elección de 2012 nuevamente encontramos los mismos elementos que en el anterior proceso pero se muestran con mucha mayor claridad dos cosas: la primera, la marcada agenda de algunos medios de comunicación por pagar o difundir encuestas que muestran como algunos presidenciables tienen más o menos oportunidad de competir. La segunda, los procesos de selección interna de los partidos políticos se avizoran más complejos, con reglas poco claras, mecanismos bifurcados de competencia política; los partidos más importantes, PRI, PAN y PRD evidencian ya desde ahora,  que su proceso de selección de candidatos será un gran dolor de cabeza que dejará nuevamente fracturas y diferencias políticas irreconciliables, costos políticos de la organización hacia afuera que nuevamente los mostrará ansiosos de poder ante la ciudadanía.

En este contexto aparecen los hombres y mujeres que por razones individuales o de grupo, por intereses políticos o partidistas, o por decisiones de los medios de comunicación, se ubican como los presidenciables. Los que tienen oportunidad o al menos así lo quieren hacer notar. Nuevamente por cada partido se barajean nombres, de tres a cinco, muchos periódicos ya nos han regalado encuestas por partido político, donde se colocan las intenciones del voto hacia estos personajes. Por el partido en el gobierno, el PAN, aparecen varios secretarios de Estado, Alonso Lujambio, Javier Lozano y Ernesto Cordero. Del legislativo se suman a la lista Santiago Creel y Josefina Vázquez Mota, senador y diputada respectivamente. Por el PRI, hay gobernadores, senadores y alguno que otro político profesional del propio partido. Los nombres más sonados, son Enrique Peña Nieto, Manlio Fabio Beltrones, así como Fidel Herrera. Por el PRD, se enlistan el Jefe de Gobierno del Distrito Federal Marcelo Ebrard, el ex-candidato a la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador y el ex dirigente nacional del partido, Jesús Ortega.

Todo estos nombres serán noticia en los siguientes meses. En muchos periódicos se les hará biografías políticas, se les realizará un análisis de redes o de grupos. Incluso en algunas revistas de política les dedicarán un número completo a analizar su trayectoria política, su vida privada, sus logros, sus derrotas. Viviremos en los días por venir, la danza de las encuestas, la aparición de proyectos de nación postulados por los aspirantes, serán entrevistados en todos los medios tanto de radio como televisión, abrirán su cuenta de Twitter o Facebook (los o las que no lo tienen) para comunicarse con los ciudadanos. La sucesión estará en proceso, será nuevamente el tema más importante en la agenda de los medios y de los partidos por supuesto.

Sin embargo hay un elemento nuevo en este proceso que inicia rumbo al 2012: la cólera. Que traducida en sentidos prácticos no es más que  la rabia, el arrebato, la irritación que muestra la sociedad hacia los partidos políticos y sus formas ya probadas de hacer política. A la par de esta irritación, dicha sociedad camina por rutas muy claras y cada vez más indudables de desconfianza, desgano, desapego a la convivencia social, falta de respeto a la autoridad y a la propia ley.  Hay un desconocimiento de  la política como forma de solucionar el conflicto por el poder, construir gobiernos eficientes que garanticen la seguridad, educación, salud y vivienda.

Esta cólera es lo que Guillermo Hurtado en su famoso ensayo[2] llamó la pérdida de sentido de la existencia colectiva, que no es más que el sentido de rumbo, la fractura con nuestra historia, la perdida de dirección. Se han desquebrajado, nos dice el propio Hurtado, "los lazos  significativos que tuvimos en nuestro pasado y nuestro futuro: y como resultado estamos atrapados en un presente asfixiante y confuso". Así, nuestra sociedad se haya autista, incrédula, el modelo de participación política que se ha construido en el país  en la llamada transición hacia la democracia, las elecciones, cada vez huele más mal, está rancia.  La ciudadanía ha quedado atónita ante el uso de la democracia electoral como única forma de  participación; votar no tiene consecuencias efectivas sobre la construcción del país. Al pasar las elecciones, se valida el principio de que los políticos solo quieren el voto para servirse y no servir a la ciudadanía.

Así la sucesión presidencial, echada andar a finales de 2009 y principios de 2010, aunque goza de nuevos tiempos (ya no es el candidato elegido por el presidente y postulado por su partido el que se convertirá casi por antonomasia en el nuevo presidente) enfrenta nuevos retos: primeramente, demostrar que los partidos pueden ofrecer a la ciudadanía candidatos responsables, con proyectos políticos sólidos, visionarios de las necesidades reales que tiene el país como conglomerado social; segundo, revelar que los propios partidos son una organización sólida que puede ayudar a los candidatos, de convertirse en presidentes, a construir políticas públicas viables para el desarrollo social y económico del país;  tercero, que la clase política en general, ganadores y perdedores de la elección presidencial, sumen esfuerzos y cooperen como minorías sólidas y responsables para la reconstrucción de una verdadera política de reconciliación nacional que permita sanear el tejido social fuertemente golpeado por la crisis de valores en la que todos somos cómplices; cuarto, demostrar que la política es una herramienta que sirve para dirimir el conflicto, solucionar las diferencias y construir espacios para las divergencias que busquen aportar a los proyectos políticos de las mayorías; quinto, demostrar que la democracia procedimental, la de las elecciones, puede generar una democracia incluyente, deliberativa, que invite a la ciudadanía mediante canales transparentes a la participación, que la vuelva consciente de que también en la sociedad recae un peso importante de la construcción y futuro del país.

En suma, es necesario que los políticos y políticas replanteen sus acciones y tomen conciencia que si bien la sucesión presidencial ha cambiado en sus formas y en sus métodos, la de ahora, la de 2012 es una sucesión en tiempos de cólera, de irritación social, de desgano y de desinterés en la misma.


[1]González Compeán, Miguel y Lomelí, Leonardo (Coords.) El partido de la Revolución. Institución y conflicto (1928-1999), México, FCE, 1999, Pág 759.

[2]Hurtado, Guillermo, Reflexiones filosóficas sobre la crisis en México en Revista de la Universidad,  número 70, diciembre 2009.  
 

*Profesor de Ciencia Política adscrito al Centros de Estudios Políticos de la FCPyS de la UNAM. Es Maestro en Estudios Políticos y cuenta con estudios de doctorado en Ciencia política por la UNAM.
 
 

 

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Comentarios

  1. 1

    19 ABRIL, 2011

    JAIME HERNáNDEZ

    El asunto es que parece que no revelerán eso, sino todo lo contrario, espero equivocarme.

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