Un candidato para la izquierda

21 Julio, 2010
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Edgar Adán Castro Acosta

Escrutinio No. 52

Escrutinio No. 52

A juzgar por los despliegues noticiosos de los últimos dos años, Andrés Manuel López Obrador ya se ha “destapado” para la contienda presidencial de 2012 por lo menos tres veces. Lo hizo en agosto del año pasado, luego en enero de éste y por último hace dos semanas, el miércoles 7 de julio. Algo similar ocurre con Marcelo Ebrard, jefe de gobierno del Distrito Federal, a quien los medios le han atribuido parecido número de “destapes”. Un tanto absurdo, ilógico: no se entiende cómo es posible que se destapen otra vez los que ya se habían destapado.

Marcelo Ebrard Casaubón y AMLO - Foto: eleconomista.com.mx

En realidad, basta con que cualquiera de los presidenciables anticipados —ese conjunto de favoritos de la casa de apuestas mediática— emita alguna declaración pública en la que aluda al mítico año electoral, para que la prensa la interprete como un “destape”. El término, que alude a una práctica ritual identificada en los años del priato, se antoja, de entrada, inadecuado. Será quizá que los mexicanos no podemos desprendernos fácilmente del lenguaje con el que interpretamos durante tantos años nuestra realidad, será sandía; el caso es que ya no existe el contexto en el que se llevaba a cabo el destape priista: partido único, presidencialismo fuerte, “dedazo”, etc.

No importa, es lo de menos. Podemos acomodarnos a la terminología típica mexicana y conceder, pues, que López Obrador se destapó. En efecto, no pudo ser más claro: “Nosotros ya no vamos a esperar, nosotros vamos al 12, ya, que quede claro”, aseveró tajante, en entrevista con Carlos Puig en W Radio. Y explicó que a mediados de 2011 buscaría un partido que lo registrara como candidato presidencial. Sin necesidad de que lo revelara, podemos adivinar que ese partido será el PT, que ya se ha pronunciado antes por postular a López Obrador como su candidato, y no sería difícil conformar una alianza con Convergencia. El problema, pues, radica en el PRD.

Carlos Navarrete, presidente del Senado también ha mostrado interés en  2012

Causó revuelo la afirmación del político tabasqueño porque, con ella, pareció anular un supuesto acuerdo con Marcelo Ebrard, al que anteriormente se había referido en varias ocasiones y que consistía, según su propia explicación, en confiar la decisión sobre quién de los dos debería ser designado candidato presidencial de la izquierda a los resultados de las encuestas y sondeos de opinión: sería elegido quien, a la fecha de la selección de candidatos, poseyera un porcentaje más alto de popularidad o aceptación según la demoscopia.

Así, al día siguiente Ebrard fue cuestionado acerca de la postura de su predecesor en la jefatura de gobierno del Distrito Federal y, en respuesta, negó que el pacto con él estuviera roto. De paso, agregó: “Estamos convencidos de que sólo con la unidad de una candidatura se puede tener una opción competitiva”, y dijo que buscaría un diálogo con López Obrador.

En entrevista posterior, el tabasqueño reconoció la existencia del pacto con Ebrard, pero se limitó a señalar ambiguamente que su deseo de contender en las elecciones de 2012 tiene lugar “no en la lógica individualista, sino para contribuir a la transformación del país”. Al fin, el 10 de julio, se expresó con mayor claridad y aclaró que competirá por la candidatura única que han planteado los partidos identificados con la izquierda para 2012, ya fuera por el método de elección interna —como ha sugerido Cuauhtémoc Cárdenas— o por el de encuestas.

Por lo tanto, y a menos que López Obrador decidiera de última hora saltarse el proceso de designación, ignorar el acuerdo de las izquierdas y promoverse individualmente con el apoyo de un solo partido o más, su polémico y enésimo “destape” no fue más que una reiteración de la voluntad que ya ha expresado en un sinnúmero de ocasiones.

Ningún simpatizante ni representante de la izquierda electoral con un dedo de frente debería impugnar el proyecto de un candidato único para esta corriente política hacia la elección presidencial de 2012. No lo ha hecho López Obrador y, a menos que sus malquerientes tuvieran algo de razón en lo que respecta a su cordura, no lo hará. Cualquiera puede prever la grave merma de fuerzas que provocaría una división en las filas de la izquierda debido a la presencia de dos o más candidatos identificados con ella en la contienda. División que seguramente sería fatal, tomando en cuenta el muy probable adversario a vencer: la construcción mediática llamada Enrique Peña Nieto.

No, nadie que desee un triunfo electoral de la izquierda debería poner en duda la necesidad de pronunciarse por un solo candidato. El verdadero dilema, más allá del que se podría plantear con nombres y apellidos —López Obrador o Marcelo Ebrard—, radica en la definición acerca de un proyecto de nación: ¿puede la izquierda proponer un proyecto verdaderamente de izquierda y ponerlo en marcha de llegar al poder?

 

Sólo hay de dos sopas

 

A menos que en el transcurso del año siguiente surgiera un tercer aspirante con posibilidades de conducir a la izquierda a una victoria electoral —algo que francamente es muy improbable—, la pugna interna se resolverá entre los dos jefes de gobierno sucesivos del Distrito Federal. Uno de ellos será, casi sin duda, el candidato presidencial. (Por lo tanto, el también reciente “destape” del anodino Carlos Navarrete, presidente del Senado, sólo puede ser tomado como un muy gracioso chascarrillo.)

Andrés Manuel López Obrador tiene a su favor el liderazgo de un movimiento social que ha logrado expandir a lo largo y ancho del país. En su recorrido por todos los municipios de México, ha creado un número significativo de bases de apoyo y se ha hecho con las demandas y preocupaciones de los estratos sociales más olvidados. Asimismo, ha planteado un proyecto de índole nacionalista, que en lo económico apunta a la redistribución de la riqueza urgente en el país donde conviven el hombre más rico del mundo y 0 millones de pobres.

Sin embargo, ni una sola de esas ventajas le concede a López Obrador el favor de una opinión pública marcada todavía por los efectos de la guerra psicológica y el linchamiento propagandístico efectuados en su contra ya desde mucho antes de 2006, pero con notoria intensidad ese fatídico año. Aun si conservara el crédito político que poseía entonces, el cual lo colocó a un paso de la silla presidencial, bastaría con un solo spot en horario triple A, una voz en off recordándole al público lo peligroso que es ese individuo para México, una secuencia de fotografías del plantón que bloqueó la avenida Reforma, para dar al traste con sus posibilidades de salir airoso en una elección.

El rechazo hacia López Obrador es tan intenso como el fervor de sus seguidores más exaltados. Sólo que el primero es mayoritario. Dependiendo de la encuesta, alcanza a veces al 40% o al 50% de la población.

La verdad es que, si en el siguiente año no cambian mucho estas condiciones, sólo Marcelo Ebrard —que en cuestión de técnicas de imagen y presencia pública es puntual émulo de su más previsible contrincante, Peña Nieto— puede sacar a la izquierda del atolladero en 2012.

Hábilmente, el gobernante de la Ciudad de México se ha mostrado distante del desbarajuste interno de los partidos de izquierda. Frente a la pugna sostenida principalmente entre dos corrientes —la lopezobradorista y “los Chuchos”, el ala pragmática del PRD incrustada en su dirigencia—, se ha mantenido relativamente ajeno, al menos para los ojos y oídos del público. Desmintió siempre los continuos rumores que le atribuían una ruptura con López Obrador; no se desmarcó de él ni de la dirigencia del PRD.

Jesús Ortega, a pesar de bajas preferencias, es otro de los aspirantes

En lo que se refiere a niveles de aceptación y popularidad, todavía se halla por debajo del televisivo Peña Nieto, pero es el único capaz de competir con él. Como gobernante, tiene en su haber un conjunto de victorias culturales que lo identifican con la izquierda social, como el logro de la despenalización del aborto, la creación de la figura jurídica de las sociedades de convivencia y, actualmente en discusión en la Suprema Corte de Justicia, el matrimonio y la adopción gay.

No se distingue mucho de su antecesor en lo que se refiere a sus fijaciones viales, que le pueden restar puntos debido a la irritación que para los habitantes del Distrito Federal representan los estropicios en el tránsito. Sin embargo, los proyectos de transporte público eventualmente podrían significarle aprobación (línea 12 del metro, líneas de Metrobús, etc.). Y lo mismo podría decirse de sus polémicas “playas” artificiales, o de la pista de hielo en el Zócalo, por mencionar algunos de sus pintorescos éxitos.

2012, tan lejano y tan próximo a la vez. Y la izquierda tan devaluada. De no cambiar las condiciones actuales, podría aventurarse en siguiente diagnóstico: para ganar, necesita a Marcelo Ebrard. Para no perder el rumbo, necesita a López Obrador. ¿Qué opinan?

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