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Viviendo en riesgo. Cronología reciente de desastres sísmicos
Escrutinio No. 44 | Lunes 8 de marzo de 2010.
Krishna Krishnamurthy*
Tres potentes terremotos han ocurrido en un periodo menor de dos meses: el 12 de enero un sismo de 7.0 grados en la escala de Richter se registró en las cercanías de Puerto Príncipe, capital de Haiti; semanas más tarde –el 27 de febrero– dos sismos ocurrieron casi simultáneamente en el “cinturón de fuego” afectando a Japón (con un temblor de 7.0 grados) y a Chile (con uno de 8.8 grados). Como referencia cabe mencionar que el terremoto más potente es de 9.5 grados que también ocurrió en Chile, en 1960. La incidencia de estos tres eventos preocupa tanto a políticos como a científicos: ¿acaso los sucesos naturales se están volviendo más destructivos? Y, si es así, ¿qué se debe hacer a nivel nacional, institucional o comunitario?
Para entender por qué existe una aparente tendencia de mayor destrucción tras un desastre natural hay que analizar los datos históricos, pues estos permiten entender cómo han cambiado los desastres naturales y describir la respuesta social a dichos eventos. La aseguradora Munich Re informa que el número de eventos sísmicos no ha incrementado, pero las pérdidas económicas asociadas con los temblores han crecido exponencialmente.
En promedio, 17 temblores de 7.0 grados o más ocurren cada año, pero la mayoría no se reporta en los medios de comunicación, ya que no suceden en áreas de interés político. Además, la comunidad científica concuerda en que el riesgo en sí no ha cambiado, pero los patrones de vulnerabilidad sí; es decir, los terremotos son tan destructivos como lo han sido en el pasado, pero la urbanización promueve una mayor densidad de población creando situaciones más peligrosas.
Una cultura de vulnerabilidad
Sin duda, el terremoto que mayor atención ha recibido en la comunidad internacional es el de Haití. La Cruz Roja Internacional y las agencias de Naciones Unidas encargadas de coordinar la asistencia humanitaria han calificado el desastre de Haití como “el reto más grande de la década”. A pesar de haber sido el sismo de menor potencia, también fue el más destructivo: más de 250 000 personas murieron (casi un 3% de la población total) y 3 millones fueron afectadas (un tercio de la población). Por otra parte en Chile, 800 muertes se han reportado –o según nuevos datos oficiales, menos de 300- mientras que en Japón “sólo” ha habido una decena de muertes.
Lo que distinguen a Haití de Chile y Japón son las condiciones históricas y políticas que han creado vulnerabilidades sociales y económicas que se manifiestan en una pobreza extrema (Haití es el país más pobre del Hemisferio Occidental) y en una falta de capacidad de resistencia.
El siglo pasado fue marcado por una serie de regímenes violentos y negligentes en Haití. El dictador “Papa Doc” y su sucesor, su hijo “Baby Doc”, tenían una política agresiva de redistribución de recursos naturales hacia las elites gubernamentales y militares. El modo de desarrollo empleado por estos regímenes favoreció la migración de campesinos hacia la capital. Así, los campesinos se vieron obligados a asentarse en infraviviendas muy densamente pobladas de pésima calidad. Además, la falta de memoria de un sismo similar ocurrido doscientos años antes, creó un déficit de atención para entrenar a la población. En breve, las condiciones históricas de Haití han creado una cultura de vulnerabilidad.
Los casos de Chile y Japón son diferentes, ya que ambos países cuentan con experiencia en manejo de desastres sísmicos. Estos dos países se encuentran en el “cinturón de fuego” que consiste en una serie de placas tectónicas muy activas. Tanto en Chile como en Japón, los gobiernos federales y locales han legislado reglamentos de construcción para mejorar las condiciones estructurales de los edificios. Asimismo el currículo escolar de ambos países incluye un breve ejercicio que entrena a los estudiantes en caso de sismos.
Hacia una cultura de prevención de desastres: ¿Cómo prevenir una catástrofe sísmica en México?
Los riesgos sísmicos son una característica inevitable del lugar en donde ocurren, pero esto no necesariamente implica que un temblor resulte en una catástrofe. Los terremotos ocurren debido al choque de placas tectónicas adyacentes, pero los desastres solamente suceden cuando hay falta de capacidad adaptativa a nivel nacional, institucional y comunitario.
La reciente atención que se le ha dado a los terremotos representa una oportunidad para generar una conciencia y una cultura de prevención de desastres. El primer paso es entender el proceso tectónico para así identificar las zonas de alta vulnerabilidad. Dichas zonas son conocidas en México; el temblor del ’85 demostró cuan vulnerable es la capital del país. La Ciudad de México es una de las más pobladas del mundo y tiene potencial de pérdidas enormes tras un sismo.
El siguiente paso es legislar y coordinar actividades para reducir la vulnerabilidad estructural de una ciudad—en México ya existe un reglamento de construcción, pero existen varios asentamientos informales que no cumplen con ningún estándar de seguridad estructural. No sería sorpresa que estas comunidades fueran las más afectadas. Por una parte hay que crear incentivos para descentralizar la población, y asimismo hay que mejorar la calidad de los edificios en estos asentamientos.
Las instituciones nacionales e internacionales también tienen un rol importante en la prevención de desastres. La Organización de las Naciones Unidas ha creado un marco de políticas de reducción de desastres (DRR por sus siglas en inglés—disaster risk reduction). Las recomendaciones políticas, conocidas colectivamente como el Marco de Hyogo, indican una mayor cooperación entre las secretarías y agencias gubernamentales para evitar que las actividades de una agencia sean redundantes. En México, ha habido una falta de coordinación entre el ejército y las agencias gubernamentales, resultando en un uso ineficiente de recursos humanos y financieros para la reconstrucción de un sitio. El Sistema Nacional de Protección Civil es quien se encarga de coordinar la asistencia en caso de emergencia para que exista cierta coherencia en las actividades de ayuda.
Finalmente, las comunidades deben desarrollar capacidades de adaptación a desastres. Para ilustrar esta idea no existe mejor imagen que la famosa pintura del artista japonés Hokusai, La gran ola de Kanagawa. Esta pintura muestra las técnicas empleadas por unos pescadores en la costa del Japón durante un tsunami (un riesgo sísmico que toma lugar en el océano). Los pescadores utilizan barcas arqueadas para evitar que choquen con las olas y se rompan; también, los pescadores han adoptado una posición horizontal para mejorar la estructura de sus barcos. Este tipo de ideas innovadoras puede mejorar la capacidad adaptativa de una comunidad y así contribuir a una cultura de prevención de desastres.
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*Egresado de la maestría en Cambio Medioambiental y Administración (MSc Environmental Change and Management) de la Universidad de Oxford (Christ Church College). Especialsta en políticas de reducción de desastres y trabaja en el Programa Mundial de la Alimentación (World Food Programme). Colabora en Climatico (www.climaticoanalysis.com) donde escribe sobre la política de adaptación al cambio climático en México.

10 MARZO, 2010
ALEXANDER SERRASolo hay q cambiar el reglamento de construcción y hacer edificios más grandes, más fuertes, más rápido..
18 MARZO, 2010
PKKRHace falta tambien una cultura de prevencion de desastres--hay que entrenar a la poblacion a reaccionar ante un riesgo natural; hay que desarrollar politicas de proteccion social para proteger sus bienes y ayudarles a mejorar su resiliencia, etc.
construir mejores edificios solo es parte de la solucion.