La crisis es estructural, no coyuntural

24 Diciembre, 2009
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Omar Granados

Escrutinio No. 40

Escrutinio No. 40 | Miércoles 29 de diciembre de 2009.

La diferencia fundamental entre ambos conceptos será abordada con la intención de abrir un debate necesario sobre el desempeño de la economía mexicana, en el cual no se pretende poseer la verdad sino seguir buscándola colectivamente.

Coyunturas y ciclos económicos: la explicación de los conceptos propuestos es el primer paso a seguir para desarrollar el argumento, empezando con los problemas de coyuntura: en cuestiones de política, economía y sociedad, una crisis coyuntural nos remite a un problema o conjunto de ellos, del cual (o de los cuales) se puede salir sin cambiar demasiado el estilo de gobernar y de construir políticas públicas.

Por el contrario, de dichas crisis se puede salir solucionando las causas que propician estos problemas sin afectar demasiado las estructuras socio-económica y político-ideológicas de la sociedad en cuestión.

Por ejemplo, si nos remitimos a la crisis provocada por el famoso error de diciembre de 1994, la economía mexicana salió del bache sin cambiar la esencia del modelo neoliberal, no se revirtieron las privatizaciones ni la desregulación de las diversas actividades económicas, no se renegoció el TLCAN ni se cambió la estructura tributaria para regular al capital financiero.

Por el contrario al final de dicha crisis económica y financiera, la banca se privatizó y extranjerizó casi completamente por medio del saneamiento y la privatización de la banca por el gobierno. La crisis se sobrellevó apretando la carga fiscal hacia los trabajadores, socializando las pérdidas y los costos y privatizando las ganancias de los negocios del sector financiero saneados con el erario.

El enorme fraude que significó el proceso en el que se beneficiaron tanto la clase política como los empresarios financieros, nunca se esclareció, ya que hubiera dificultado la impunidad de ese golpe, expresado en la enorme deuda pública causada por el FOBAPROA. Por otra parte, cuando una crisis estructural acontece, no hay cambio efectivo que no sea un golpe de timón.

En el momento que la estructura general de la economía deja de ser efectiva para seguir reproduciendo la acumulación capitalista vigente en una nación, el conjunto de cambios en las políticas públicas, presupuestales, macro y microeconómicas, monetarias, fiscales, entre otras, representan un cambio del modo específico de acumulación capitalista.

Cada modo específico de acumulación responde a un ciclo económico de largo plazo en particular, durante el que podrá mantenerse sin muchos sobresaltos hasta el fin del ciclo, cuando la economía se reacomoda para mudar a otro estadio de desarrollo y así sucesivamente.

Estos ciclos no son nacionales, sino que responden a realidades internacionales gracias a la creciente interacción y la competencia entre las economías. En este tipo de crisis, las soluciones no pueden ser sino cambios en la esencia misma del modelo socioeconómico.

Los modos específicos de acumulación capitalista en México En el caso mexicano, desde la proclamación de la república hasta el primer cuatrienio de Porfirio Díaz (1824-1880), hay una política de restricción a la inversión extranjera aunque la producción es incipiente y de baja calificación.

Además el erario no es suficiente para apoyar a ninguna actividad económica de manera significativa y la lucha por el poder entre los bandos conservador y liberal dificulta el ejercicio del gobierno hasta la victoria liberal de 1867.

A partir del regreso de Díaz en 1884 y hasta antes de la presidencia de Plutarco Elías Calles (1924) la libertad la inversión privada, la libre empresa, el libre comercio, la ausencia de aranceles, la ausencia de derechos laborales, entre otras cuestiones, caracterizan la industrialización y modernización oligárquica de México.

Ya en este período la industrialización es parcialmente incitada por inversión gubernamental como es el caso de los ferrocarriles, mientras que la agricultura es organizada por grandes terratenientes.

Al llegar a una crisis de concentración de poder, ingreso y tierras tan indignante, la revolución estalla y eventualmente el gobierno emanado de la misma y de la constitución de 1917 expropia a los terratenientes porfiristas y empieza una nueva etapa de desarrollo muy diferente, pionera del nuevo pacto social del siglo XX.

En el mundo, el capitalismo salvaje influenciado por la teoría neoclásica de la economía (antecedente directo del neoliberalismo) se desmorona tras la crisis de 1929 y en México en esa misma época se crea el pacto social que incluye una economía mixta, con un gobierno rector de la economía y empresario, por medio de empresas paraestatales y/o descentralizadas que regulan cada actividad económica y subsidian el consumo popular.

Al enfrentarse al problema conjunto de inflación, desempleo y estancamiento económico, la teoría neoclásica se va a la basura y John Maynard Keynes muestra una salida revolucionaria para su momento que modificaría al capitalismo mundial para evitar su derrumbe: la sustitución de la economía de (incentivo a la) oferta -o producción- por una economía de (incentivo de la) demanda o consumo.

El Estado del bienestar es el nombre más común para definir al pacto social de este período. Durante este estadio en el que México experimentó el período de gran crecimiento que fue llamado El milagro mexicano (1930-1970), el Estado absorbió funciones de planeación económica e intervencionismo estatal inéditas en la historia de nuestro país. Acompañadas de dichas reformas económicas al Estado, se registran los mejores años de crecimiento y desarrollo económico.

A pesar de lo anterior, la burguesía consolidada cercanamente al poder (llamada por algunos burguesía burocrática) que expropió a los terratenientes porfiristas, se fueron volviendo ineficaces y poco competitivos ante la sobreprotección gubernamental y la corrupción. Así entramos al período de declive del Estado de bienestar en la década de 1970, cuando la nueva burguesía financiera, petrolera, de servicios y telecomunicaciones había vencido a la burguesía burocrática al mismo tiempo que la economía mexicana se volvía predominantemente urbana y una nueva revolución tecnológica-computacional se llevaba a cabo en el mundo.

Esta nueva composición empresarial, ya agrupada políticamente, impone paulatinamente una visión monetarista a los arquitectos de la política económica mexicana (para 1979 Carlos Salinas de Gortari elaboraba ya el Plan de Desarrollo de 1980-1982) como subsecretario de programación y presupuesto.

La contrarrevolución monetarista, como es llamada por René Villarreal en el libro del mismo nombre, es el inicio de un cambio de rumbo que de nuevo se acerca hacia la teoría neoclásica. Este cambio de rumbo no se llevaría a cabo claramente hasta 1983, año en que las presiones internacionales en conjunto con la crisis interna obligaron al gobierno a una transición económica antidemocrática en el que el pacto social del Estado del bienestar se cambió por el proyecto neoliberal.

La crisis estructural de 1982 forzó al gobierno a firmar de nuevo cartas de intención con el Fondo Monetario Internacional (seis años antes se habían hecho compromisos menores), donde el gobierno comprometía la soberanía al ceder las decisiones en política económica a los designios internacionales.

Las cartas de intención incluían el llamado saneamiento de las finanzas públicas, eufemismo para la privatización de las empresas paraestatales y la desregulación de las diversas áreas de la economía.

Ya durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, la privatización de la banca, la reforma a PEMEX, el TLCAN y otros actos de gobierno consolidaron el nuevo modo de acumulación en México el cual es intensivo e incrementa la tasa de plusvalía (apropiación del trabajo no pagado a los trabajadores) en relación al anterior período, agudizando la desigualdad y la pobreza.

Como mencionábamos al inicio de este artículo, la crisis de finales de 1994 no comprometió la aplicación del proyecto, el cual incluso superó la alternancia política del año 2000, ya que los panistas han calcado a la letra los designios de los organismos financieros internacionales.

La reciente alza a los impuestos de los trabajadores, la reforma a PEMEX del año pasado, el cierre de la paraestatal Luz y Fuerza del Centro, la corrupción de CFE, los permisos para generar electricidad a privados, la política de subsidios y privilegios fiscales a los grandes consorcios y el alza de impuestos a los trabajadores lo demuestran. Todo lo anterior nos lleva a preguntarnos si el modelo resistirá aún o quebrará para dar paso a otro período de desarrollo de largo plazo.

En el mundo subdesarrollado, las corrientes más efectivas tienden a la planeación central de la economía, los subsidios al consumo, privilegios fiscales a los pequeños contribuyentes, nacionalización de la banca y los recursos naturales y su explotación, entre otras.

La pregunta principal es si los cambios necesarios para salir del estancamiento actual hacen necesario cambiar la esencia del modelo económico, o si por el contrario, el esquema de marginación y desigualdad se mantendrá más tiempo por medio de limosnas presupuestales como han sido los programas neoliberales asistencialistas Solidadirdad, Oportunidades y el Seguro Popular (sin olvidar el poder de los medios de comunicación y los aparatos ideológicos del Estado como los partidos políticos, la Iglesia y los intelectuales oficialistas).

Cada uno de los cambios estructurales de la economía de un país, viene acompañado de una modificación en la superestructura social que se puede dividir didácticamente en dos: el aparato jurídico político y la batalla ideológica y cultural.

Esta superestructura tiene el objetivo político de llevar a cabo las reformas necesarias para implementar el nuevo modelo económico y simultáneamente justificar política e ideológicamente el conjunto de cambios.

Tal es el papel de los gobiernos y los intelectuales oficialistas, que por medio de los oligopolios mediáticos realizan cotidianamente el lavado de cerebro históricamente necesario para poder llevar a cabo la impopular política económica del liberalismo neoclásico.

En el año que inicia la próxima semana se cumplen simbólicamente los cien y los doscientos años del inicio de las luchas que han tenido por objetivo el cambio radical de las peores etapas históricas del país.

Asimismo, el próximo año podríamos saber si el sistema social imperante se encuentra ante una crisis estructural o consigue sostener su reproducción a costa de los trabajadores y los recursos nacionales.

Finalmente, cabe señalar que para cambiar de un sistema económico de oferta hacia uno de demanda como sucedió después de la Revolución Mexicana y la Crisis internacional de 1929, la superestructura, es decir, el aparato jurídico-político tiene que ser cambiada radicalmente, mientras que una victoria ideológica y cultural de un nuevo pacto social es necesaria para lograr la legitimidad social del nuevo modelo. 

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    23 MAYO, 2011

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