Seis razones por qué SI celebrar las fiestas patrias

13 Septiembre, 2011
Más articulos
user_pic
Colaboración Especial
  • contacto

Escrutinio No. 74

*Hector Rojo

Si revisamos los artículos que se publican año con año con motivo de los festejos patrios, muchos de ellos consideran que no tenemos nada que celebrar. Tales afirmaciones se justifican con justas razones. Basta echar un vistazo a la delicada situación por la que está pasando el país.

Hemos sido testigos del incremento y la sostificación de las organizaciones del narcotráfico y la pérdida del monopolio de la violencia por parte del Estado.

Somos también testigos del desempleo y la exportación casi forzada de migrantes, quienes además de preocuparse por la consecución de un empleo y las implicaciones de sus largos recorridos también tienen que lidiar con grupos del crimen organizado.

Apreciamos el aumento de los denominados “levantones” y feminicidios, la marginación y la exclusión. Crisis económicas y un larguísimo etcétera.

Ante semejantes acontecimientos, fácilmente se cae en pesimismos que degeneran conciencias.

Recordemos que recientemente se publicó la Segunda Encuesta Nacional de Cultura Constitucional: legalidad, legitimidad de las Instituciones y rediseño del Estado que elaboraron especialistas del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.[1]

En ella se revelaron datos interesantes, entre los cuales destaca el referente a que si se les da a elegir entre libertad o seguridad, los jóvenes se inclinan por la segunda opción, además de que aprueban la tortura y la pena de muerte. Sin duda esto es un reflejo del descontento y desencanto imperante en la sociedad.

A pesar de que concuerde con las razones que justifican la afirmación de que no hay nada que celebrar, en esta ocasión no me sumaré ante tal posicionamiento.

En su lugar, me pondré un tanto optimista y daré razones para festejar. Y con esto no me refiero a unirse al show arlequinado que se nos presenta en los tres niveles de Gobierno. No, ¡mil veces no! Dejemos a esos truhanes con sus fiestas privadas, nimias y vacuas. Me refiero a un festejo más inveterado al pueblo mexicano.

Por mucho tiempo he considerado que las fatalidades sólo existen en las mentes de los derrotados que en México no se necesitan. A ellos, dejemos que se sigan lamiendo las heridas. Lo que este país necesita son más mexicanos con fuerza de voluntad para seguir librando las batallas que a diario se nos presentan.

Es tiempo de desechar aquel viejo dicho que dice que “en México, el éxito es un delito que se persigue de oficio”.

Es tiempo de emprender el vuelo, aún a pesar de las adversidades, “pues sólo deja huella aquel que logra internarse en el agreste sendero virgen, apartándose de brechas ajenas para abrir a quienes le siguen la suya propia a golpes de arrojo y creatividad”[2].

La grandeza de México se forjará con mujeres y hombres de esta calaña.

Por ello, celebremos a todos aquellos mexicanos que a diario salen a trabajar para sacar adelante a sus familias, a pesar de las pésimas condiciones de trabajo a las que son sometidos. O que a falta de empleo, se ven en la necesidad de dejar a su familia y su patria para emigrar a otro país en busca de un “sueño”, llámese americano o europeo.

Celebremos a todos aquellos jóvenes que a diario se esfuerzan por tener una mejor educación, incluso con pocos recursos y escasos apoyos. Y más aún, a sabiendas de la falta de oportunidades, el desempleo y la incertidumbre que les depara el futuro.

Elevar y celebrar el júbilo que genera el esfuerzo de todas aquellas víctimas de la pobreza que a diario buscan la consecución del más básico y difícil de los derechos humanos: el derecho a la vida. Esos famélicos que día a día se enfrentan a la inquina de sus “representantes”.

Albricias y fanfarrias por las mujeres y sus constantes luchas por la búsqueda de la consecución del respeto a sus derechos sexuales y reproductivos. Aún a pesar de los vilipendios y ultrajes de los que son víctimas: llámense feminicidios, violaciones, trata de mujeres, etcétera. Mujeres que se han atrevido a romper las cadenas del machismo, del patriarcado, de todos aquellos valores falsos que les impusieron aquellos embusteros e insensatos sacerdotes.

Alborocémonos ante las sediciones de los indígenas, los marginados y excluidos. Sin duda, piedra angular durante las luchas de Independencia y de la Revolución. Quienes briosamente dieron sus vidas por la consecución de sus derechos y para forjar una gran nación.  Sin embargo, hoy día, cualquier beneficio les es ajeno. Para las estadísticas han dejado de ser miserables, pero en la realidad no se ve reflejado. A pesar de todo ello, siguen en pie de lucha. Buscan despojarse totalmente de la estúpida conjetura de que “el mejor indio, es el indio muerto”.

Por último, celebremos a todos aquellos que aún me faltan por mencionar, Héroes anónimos que buscan cambiar y enaltecer a México. A los que no esperan fechas especiales y que hacen de sus luchas una forma de vida. A quienes se organizan para hacer realidad sus ideales, aún a pesar de la incongruencia de algunos Gobiernos que, en sus discursos marrulleros que buscan legitimidad, homenajean a nuestros héroes insurgentes, -quienes se organizaron y levantaron en armas para heredarnos un mejor país-, pero que ante el menor intento de organización social y de acción colectiva, se les teme como si fuesen la peste negra y se les criminaliza y/o reprime.

Por todas estas razones –con tintes de un saludable cuasi chauvinismo-, celebremos.

Pero también agreguémosle nuestras reflexiones y conmemoraciones: “Por eso estamos conscientes de que el desafío exige voltear menos hacia atrás y más hacia adelante. Al pasado le debemos aprendizaje, no reverencia.

De los padres de la Revolución habremos de emular su originalidad, su ausencia de prejuicios, su inventiva.

Acaso el mayor elogio que se les pueda hacer es recordar que fueron más creadores que hermeneutas y que se atrevieron a ser ellos mismos. Abrieron brecha a golpes de heterodoxia, sin temor al futuro.

He aquí la lección que nos dejaron: ahora, como entonces, regatear el cambio es ignorar el signo de los tiempos”[3].

Y por qué no, también complementémosle con un buen tequila y al ritmo del mariachi, y con el ímpetu del grito inmortalizado por Octavio Paz de: ¡Viva México, hijos de la chingada!

 

 

 

 



[1]
Ver: http://www.juridicas.unam.mx/invest/areas/opinion/EncuestaConstitucion/resultados.htm

[2] Basave Benítez Agustín F. “Reminiscencias. Soñar no cuesta nada”. Nuevo León, México. Ediciones Castillo. 1997. Filoneísmo, pág. 155.

[3] Ibíd. México inédito, pág. 151.

Deja Un Comentario


Escribe tu nombre.
Escribe tu correo.Correo no valido.
Url no valida.
Campo vacio.

*Cualquier etiqueta HTML sera eliminada.