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El hijo bastardo de Juan Sandoval
Escrutinio No. 72

Cardenal Juan Sandoval Íñiguez
Votos de pobreza, castidad y obediencia son la tríada que exige la Iglesia Católica a aquellos individuos que posean la vocación sacerdotal en pos de fungir como líderes espirituales y portadores de la custodia del alma de los abnegados feligreses. Quien no emita dichos compromisos, no puede ejercer el ministerio eclesiástico.
No se trata de exhibir en este espacio los múltiples ejemplos mexicanos que demuestran la ruptura de dichos votos ejercida por diversos curas, lo cual los deja mal parados y portadores del nefando virus de la hipocresía, pero bien valdría la pena recordar que en la cúpula de la iglesia hay personas que por su conducta más bien parecen personeros infernales que criaturas divinas.
Allí aparecen el señor Marcial Maciel (fundador de los Legionarios de Cristo), millonario bravucón y violador, cuyas excrecencias y vicios se agravaban por ser él un pastor de Dios, quien tuvo la fortuna de morir impune, pero dejó regadas por el mundo a muchas víctimas, entre ellas sus hijos naturales. Allí aparece Norberto Rivera (Arzobispo primado de México), cómplice de pederastas (como el cura poblano Nicolás Aguilar), cuya infamia se torna más imperdonable por ser él la máxima cabeza y autoridad de la grey católica mexicana.
Y, por último ejemplo, se destaca por ahí el señor Juan Sandoval Íñiguez (jerarca de la Iglesia jaliscience), hombre rupestre y fascistoide, quien podrá ser muy obediente pero al menos el voto de pobreza no respeta al ir por el mundo exhibiendo sus alhajas doradas, cuyo brillo es incapaz de cubrir la hiel y oscura niebla que de él emanan.
Este señor, junto con otra recia caterva de truhanes con sotana (como Hugo Valdemar u Onésimo Cepeda), han emprendido en los últimos años una cruzada de linchamiento contra dos sectores de la población: los “jotos” y las “prostitutas abortistas”, como funesta y despectivamente se les llama a la comunidad homosexual y a las mujeres que interrumpen su embarazo, luego de que a ambos se les reconocieran derechos en el Distrito Federal y en esta entidad existieran ya matrimonios entre personas del mismo sexo y abortos legales.
Con calificativos que van desde “inmorales” hasta “diabólicos”, la clerigalla cupular ha hecho frente contra esas minorías y contra los legisladores y políticos perredistas que legislaron a favor de los programas sociales en pos de la igualdad de derechos y la libertad sexual. Insultar y lanzar dicterios divinos: bonita forma de ejercer el amor al próximo, la tolerancia, comprensión y respeto.
Y, lo predecible, toda vez que los perredistas, los “jotos” o “prostitutas abortistas” hablan para acusar a los curas de medievales, irrespetuosos y vejadores del estado laico, los sacerdotes se ofenden y se dicen vulnerados en su libertad de expresión y se escudan en su derecho de hablar.
Cabe decir que nadie pide que los curas se callen, lo condenable es que en su papel de ministros de Dios y dictaminadores de conciencias, emitan condenas y lancen a sus fieles a desobedecer mandatos legales o, lo que es peor, que azucen a sus fieles a tratar de eliminar a sus “enemigos” por considerarlos “impuros”.
Y si no se cree lo anterior, vale mirar hacia España, donde tras la visita papal a ese país, miles de indignados protestaron por el hecho de que el viaje de Benedicto XVI se pagara con dinero público, aun cuando los contribuyentes y ciudadanos españoles no fueran católicos. Los movilizados españoles no se oponían a la visita del sucesor de San Pedro, al final de cuentas en la Madre Patria hay libertad religiosa, pero sí adversaban el hecho de que se beneficiara a un líder de una sola religión cuando no todos los ibéricos la comparten.
Cuando los protestantes se organizaban, hubo un mexicano que se dio a la tarea de monitorear las acciones planeadas por los indignados, pero no para unírseles, sino para tratar de eliminarlos. Fue así que saltó a la fama José Pérez Bautista, un pobre diablo con ínfulas de terrorista, que pretendía asesinar a los opositores al papa con gases tóxicos que quería robarse del lugar donde trabajaba en Madrid (recordemos que Pérez Bautista es un estudiante de química que laboraba en una farmacéutica).
La planeación de Pérez Bautista incluía gas sarín (el mismo con el que Pinochet ultimó a algunas de sus víctimas), y su misión era “matar maricones, errores de Dios, asquerosas abominaciones” y, claro, definía, al estilo de Hitler, que “su lucha” era acabar con los antipapas mediante un ataque demoníaco que sólo podría gestarse en un cerebro carcomido por el odio y la imbecilidad; y en un corazón insensible, deshumanizado y fascista.
Bien vistos, los exabruptos de este medieval muchacho son una continuación de las injurias que los clérigos mexicanos han lanzado contra la comunidad homosexual (a quienes califican de “inmorales”, “enfermos” y “maricones”), sólo que iban acompañadas de un brazo armado que, por fortuna, fue detectado a tiempo por la autoridad española.
Se duda, mucho que Pérez Bautista quisiera, con su acto, elevar a México a la categoría de Noruega, quien ya cuenta con un terrorista de ultraderecha y que sí logró asesinar decenas en un atentado en la isla de Utoya hace apenas unas semanas. Es decir, en vez de pretender implementar la justicia social, la educación de calidad y la igualdad económica que en ese país existen, Pérez Bautista copió lo peorcito, al emular a un monigote de nombre Anders Behring, quien desde la cárcel se ve a sí mismo como un prócer cuando no es más que un fanático conservador y un criminal demencial.
Los seres humanos somos producto de nuestro entorno, educación y valores. Como se ve, la ética y costumbres de Pérez Bautista y los jerarcas católicos son muy parecidas. ¿Qué habría pasado con este tipo si sus mentores espirituales hubieran hecho llamados a respetar las decisiones legales sobre el aborto, aun cuando no estuviesen de acuerdo? ¿Sería igual de fanático Pérez Bautista si los mandamases católicos hubieran dicho que los homosexuales también son hijos de Dios y, aunque no compartieran sus valores, tan sólo por eso les respetaran su derecho a la libertad?
A lo mejor estaríamos hablando de una Iglesia renovada, movida por el amor y no por el castigo y el rencor. Pero no fue así, al menos en el sentido ideológico. Juan Sandoval ya tiene en José Pérez Bautista a un hijo bastardo que anda por el mundo supliendo las funciones de Satán. A ver si mirando a su engendro, con todo y sus deseos homicidas de terrorismo, la jerarquía católica reconsidera en su postura sobre el aborto.
