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08 Abril, 2011
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Escrutinio No. 65

Alfredo Peñuelas*

 

A Javier Sicilia

 

Como mexicano no me siento hijo de ninguno de los dos referentes iniciales, mucho menos poeta. Actualmente los connacionales vagamos por el mundo con estas etiquetas a cuestas. No importa en qué círculo o ámbito se encuentre. En cualquiera que sea, uno de los dos referentes son los primeros que saltan a la boca del interlocutor.

Uno se presenta como mexicano y lo primero que ocurre es una cara de pésame por parte del otro mientras pronuncia un ahogado: “¡Ah! México…” y los más osados se atreven a decir, “oye, qué mal la están pasando por allá”.

A estas alturas de la noticia ya no se sabe que contestar.

Antes si quiera se nos asociaba con la comida picante, el mariachi, los sombreros o el tequila. Ahora todo eso ha pasado a ser de interés secundario. Si el contrincante en el diálogo es de América Latina entonces (muchas veces, no en todos los casos) el referente es cualquier cosa que hayan producido los medios del espectáculo mexicanos, particularmente Televisa.

El otro día charlaba con mi esposa durante una reunión de varios latinoamericanos acá en Barcelona y me percaté que una de las asistentes nos miraba fijamente con una amplia sonrisa, ¿qué pasa?, pregunté. “Al escucharlos hablar, pareciera que estoy viendo una telenovela mexicana,” dijo. Creo que guardé silencio el resto de la noche.            

¿Por qué hablo de ambas cosas? Porque creo que tienen relación. Los sistemas televisivos mexicanos se han hecho amos de buena parte de los referentes culturales de México tal y como lo hicieron alguna vez las películas de Pedro Infante. 

Sin embargo la escala de valores ha decrecido considerablemente. Mientras en su momento los valores fueron la familia, el hombre del campo trabajador, el amor a la madre (y a las mujeres, claro está) en los últimos cuarenta años se ha pasado por todo: el humor blanco que raya en lo bobalicón, las telenovelas llenas de todo tipo de heroínas cada vez más redondas y audaces, la música simple, ramplona y de fácil consumo y la nota roja en los noticiarios combinada con opinólogos profesionales cuya audaz respuesta pareciera siempre encontrar la razón donde no la hay, explicaciones que pasan más por lo esotérico que por el campo de la lógica.

Alguien comentó una vez que los tertulianos ocupan el papel que alguna vez fue de los intelectuales. En su columna del 4 de marzo de 2011, Jacobo Zabludovzky, comentó que “los intelectuales al servicio de los poderes traicionan su vocación de contrapesos, de ubicarse en la crítica como posición irrenunciable, de ser voces de protesta y no de justificación de las injusticias. El valor de lo que antes se llamaba la inteligencia estriba en aportar el peso de su privilegio cultural a la corrección de las conductas antipopulares, como en su tiempo lo hicieron Justo Sierra, al fundar nuestra Universidad; el visionario José Vasconcelos, al llevar la educación al pueblo con la mística transformadora de la Revolución; desde la derecha, Manuel Gómez Morín; en la izquierda, Jesús Silva Herzog, Narciso Bassols, Vicente Lombardo Toledano. Son ejemplos. Sus sitios no han sido ocupados”.

Al parecer tenemos una ausencia cada vez mayor de clase crítica. El año pasado perdimos las voces de Carlos Montemayor, Carlos Monsiváis, y Germán Dehesa, por mencionar algunos.

Este año la contabilidad sigue su curso. Hace unos meses murió Rita Guerrero, cantante, actriz, mujer combativa e ícono rock de toda una generación cuya lamentable derrota ante el cáncer no mereció la atención de los diarios que si hizo el divorcio de Mijares y Lucerito o la boda del gobernador del Estado de México,  Enrique Peña Nieto, con la “actriz” Angélica Rivera.

Ahora el asesinato del hijo del poeta Javier Sicilia a manos del crimen organizado es el dedo en una nueva llaga.

En ambos casos ha sido la reacción de la sociedad civil a través de las redes sociales quiénes han movilizado la atención pública. No los medios, no el gobierno. Basta echar un vistazo a cualquiera de los portales informativos de los principales diarios para ver cuáles son los principales intereses.

El domingo pasado mi amiga, la periodista Vianey Esquinca, escribía en su columna del diario EXCÉLSIOR que los políticos mexicanos ya no inspiran sus estrategias en El Príncipe de Nicolás Maquiavelo o El Arte de la Guerra de Sun Tzu, sino que debido a sus traspiés quién los entendía y retrataba con mayor audacia era Roberto Gómez Bolaños, Chespirito. Esto más que reír es para soltarse a llorar.

Mientras que México gozó alguna vez de un enorme prestigio intelectual que pudo incluso conducir a su política a abrirle las puertas a quiénes huían de sus países y las letras, las ciencias y las artes mexicanas se nutrieron del pensamiento español, chileno, argentino y centroamericano, por mencionar sólo algunos, hoy ya nadie se acuerda de ellos.

Al parecer Octavio Paz, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Eduardo Mata, entre muchos otros nombres recientes que han puesto muy en alto el nombre de México quedarán sepultados entre el sonido de los balazos y de las risas grabadas.   

 
 

*Alfredo Peñuelas Rivas. Escritor nicaraguense, licenciado en comunicación especialista en cine y video. Experiencia en comunicación estratégica y relaciones públicas. Actualmente está encargado de la producción, coordinación y guión de la serie de documentales "El cambio climático a comienzos del siglo XXI". en la Universidad Autónoma Metropolitana, Cuajimalpa. Estudia una maestría en Literatura en la Universitat Pompeu Fabra.

Twitter: @farabeuf

 

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