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Sobre el diferendo entre Corral y López Obrador
Escrutinio No. 63
Las posturas adversas son en política signos vivificantes yevidencias de pluralidad siempre y cuando estén revestidas de respeto. Un contexto político donde imperara un solo punto de vista sería, además de insípido, un síntoma ominoso de que el autoritarismo florece.
En tiempos actuales, donde los niveles de corrupción y oportunismo ahogan a todos los partidos políticos, evidenciar alguna militancia en ellos más que declaración de ideología parece la confesión de una locura. No obstante, el sector de la población avezado en temas políticos sabe que en todas las filas partidarias hay personajes de excepción, realmente preocupados por la ciudadanía y la preservación de libertades y derechos.
En el panismo hoy tan corroído y mareado por el poder presidencial, sobresale un hombre que ha hecho una formidable lucha por preservar el humano derecho a la información. Se trata nada menos que el actual diputado federal Javier Corral Jurado. Ex senador y ex candidato a gobernador de Chihuahua, cuya más ilustre carta de presentación es ser el más tenaz opositor al poder mediático monopolizado en México, encarnado en Televisa y Tv Azteca.
En 2006, cuando legislaba desde la cámara alta de Xicoténcatl, Corral desnudó los entreveros de la llamada Ley Televisa, que buscaba acrecentar los de por sí desmedidos privilegios de la televisora, quien de plano pretendía despojar a la Nación de una buena porción de su espectro radioeléctrico.
Fue ése el pináculo de una brega en donde Corral no ha cejado: desde todas sus trincheras ha adversado a las perniciosas prácticas monopólicas en México en materia de telecomunicaciones, incluso mediante la confrontación con gente de su propio partido enquistada en el gabinete presidencial, como el ex secretario de Comunicaciones y Transportes, Juan Molinar. Ello prueba la honestidad intelectual de Corral y su genuino afán por defender a los ciudadanos.
En otro ámbito partidista -el PRD desmembrado, desbrujulado y corrupto- ha descollado Andrés Manuel López Obrador como un político realmente preocupado por dos factores lacerantes y temibles en nuestro país: la pobreza y la desigualdad.
Hombre íntegro y obcecado, nunca se ha moldeado a los parámetros del político elitista mexicano, aquel que ve a los puestos públicos como una plataforma de lucro personal y no como un cargo desde el cual preservar el tejido social.
A ambos se les pueden hacer diversas críticas, pero a ninguno se le puede acusar de portar el más nocivo lastre existente entre muchos de los políticos profesionales: la deshonestidad y la proclividad a la corrupción.
En la semana previa, estos dos políticos tuvieron un enfrentamiento verbal que a ninguno deja bien parado. AMLO llamó “seudoprogresista al servicio de la mafia en el poder” a Corral, por ser éste el encargado de gestar la alianza del PAN con el PRD en el Estado de México.
¿Qué diría López Obrador de ver a Corral cuando éste evidenció a Juan Molinar por su actuación en la licitación 21? ¿No recuerda el peje cuando Corral defendió los intereses de la Nación contra la Ley Televisa, en 2005 y 2006, incluso con más ahínco que los diputados perredistas que habían votado a favor de ella? AMLO no padece de amnesia, pero parece que ya olvidó que en 2005 hubo muy pocos panistas dignos que se opusieron a que el tabasqueño fuera desaforado y quitado a la mala de las aspiraciones presidenciales. Uno fue el entonces delegado en Miguel Hidalgo Fernando Aboitiz, otro el senador Felipe Vicencio y otro… Javier Corral.
Es cierto, Corral nunca ha simpatizado del todo con el tabasqueño (en ese mismo 2005 dijo que “le causaba escalofríos la posibilidad de su llegada a la presidencia”), pero cuando el entonces senador notó que su partido arremetía ilegítimamente contra un posible candidato alzó la voz para oponerse. Y, por último, AMLO debería recordar que en 2006 uno de los políticos que con mayor firmeza exigía que Vicente Fox recibiera juicio político por favorecer monopolios fue ¡Javier Corral!
Por su parte, el diputado chihuahuense lanzó insultos a López Obrador en una entrevista hecha por Carmen Aristegui: lo tildó de “iluminado” y de ser un obseso y fracasado por “haber sido derrotado” en las elecciones de 2006.
En este tono, el diputado Corral olvida que la cantaleta del “mesías” contra el peje fue una de las armas más nefandas de la “guerra sucia” en su contra, iniciada desde 2002 y desgraciadamente vigente. ¿Es mesías sólo por asumirse como defensor de los intereses del pueblo y de la nación? AMLO ha mantenido siempre, desde sus tiempos como líder regional en Tabasco, un discurso coherente y similar.
Por otro lado, Javier Corral deja correr lo acaecido en la elección de 2006. Diversos panistas repetían sin cesar que AMLO debía aportar “pruebas” del fraude electoral. La jornada comicial del 2 de julio de ese año debió verse no como un episodio en sí mismo, sino como un eslabón en la cadena que forma la historia política reciente.
Desde esa perspectiva, AMLO fue perseguido con una especie de fraude anticipado que constó con diversos golpes cuando era Jefe de Gobierno (la acusación de despojo contra el presunto dueño del Paraje San Juan en 2003, los videoescándalos en ese mismo año, el intento de quitar el financiamiento federal a la educación del DF en 2004, el desafuero en 2005 y la “guerra sucia” propagandística en 2006 emitida desde instancias del gobierno contra AMLO).
Y bien constan las diversas irregularidades, votos espurios y triquiñuelas del día mismo de la votación en perjuicio de AMLO (al respecto, dos obras reseñan lo ocurrido: Las huellas del fraude y Democracia inconclusa).
Con estos elementos, mejor sería preguntar a los que dicen que la elección de 2006 fue legítima en qué pruebas sustentan su dicho, porque no lograrían argumentar su postura. Ese proceso fue, por decir lo menos, dudoso, y con la presunta victoria calderonista por una diferencia de .56 por ciento, no podemos decir que el señalamiento contra Calderón como “ilegítimo” sea un “berrinche” y describir a AMLO como “fracasado”.
Y si AMLO retoma el tema de 2006 es por una razón simple: las dudas sobre el “triunfo” de Calderón y su imprudente actuar al no aceptar recuento de votos y querer imponerse son cuestiones que quedarán para el resto del sexenio y el resto de su historia política (que, por cierto, los agraviados por los “daños colaterales” de su “guerra-lucha contra el narco”, esperamos sea muy breve).
Hoy encona a ambos la elección en el Estado de México. En mi interpretación, para Javier Corral la importancia de esos comicios estriba en que se trata de vencer a Enrique Peña Nieto, el hijo predilecto de Televisa y posible destructor venidero de lo que queda del patrimonio nacional.
Para AMLO, el Estado de México es un pedestal importante para iniciar la lucha de reconstrucción luego del desastre neoliberal. Por ello, es impensable una alianza con el PAN, que ha sido motor de esta devastación.
El hecho de que dos políticos respetables se lancen invectivas mutuamente sólo refleja el grado de descomposición política del país, producto acaso de la polarización imperante debido a lo poco madurado que está el debate público en México. Bien harían ambos en saber que se puede vivir con diferencias sin negar al otro. La lucha de ambos es encarnada e, incluso, coincidente en ciertos puntos.
Es sano y natural que discrepen. Pero no lo es que se descalifiquen en un tono tan grave. Al final de cuentas, para muchos mexicanos ambos políticos son garbanzos de a libra en el predecible y pestilente mundo de la política mexicana. Ni uno es lacayuno ni el otro escalofriante. Si entre ellos no se entienden ¿qué podemos esperar de los que sí son corruptos, delirantes y mezquinos?
