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Ebrard y la crítica incoherente
Escrutinio No. 60
Escrutinio No. 60
Quien estas líneas escribe confiesa uno de sus gustos cinéfilos por la saga de ciencia ficción Terminator, no porque sea la más avezada historia, sino sólo porque es una narrativa entretenida que suele poner de relieve la necesidad de la convivencia pacífica de los seres humanos. En ella, como bien se sabe, se relata cómo las máquinas cobran conciencia de sí mismas y tratan de exterminar a la humanidad.

En el capítulo final, cuando los seres humanos logran descubrir el punto débil de los exterminadores robots, tratan de poner en práctica el ataque de tal forma que implicaría la muerte de muchos prisioneros humanos. El protagonista de la historia, John Connor, se opone a dicho golpe porque, afirma severamente, “¿De qué sirve liberarnos de las máquinas si para lograrlo destruimos también a muchos de los seres humanos que quedan?” Bajas de guerra, males necesarios o como diría el perínclito Calderón, “daños colaterales”.
Según la visión de Connor, no sabría a nada la victoria si se lograse tras un baño de sangre vertido por individuos del mismo bando. La escena pone sobre la palestra un tema formidable ¿hasta dónde es válido llegar con tal de obtener una victoria?
Ahora, transferimos el asunto a terrenos igual de sangrientos que Hollywood, pero menos esperanzadores: la política mexicana. Aquí también padecemos una guerra que no pedimos, y las “bajas colaterales” ensanchan las cifras que nos tornan en un país que poco a poco deja de sorprenderse por el calibre de la violencia. Pero no es de esa batalla calderonista de la que se hablará en este texto, sino de la brega electoral que, aunque se supone que debe encauzar por la vía legítima las batallas políticas, también tiene sus tintes que, como en Hollywood, sólo los explicaría la ficción.
Como bien se sabe, en este 2010 la cúpula perredista decidió compartir candidaturas con el Partido Acción Nacional, lo que hasta ahora ha significado algunas victorias en gubernaturas importantes, como en Oaxaca, con Gabino Cué; Puebla, con Rafael Moreno y Sinaloa, con Mario López Valdez . Pareciera que la estrategia chuchista de forjar convergencias con el blanquiazul está en el camino correcto.
La justificación para tal unión, según los chuchos y perdularios que los acompañan, es lograr “acabar con los cacicazgos del PRI”. Es decir, según esos sujetos, con tal de ganar es válido olvidar que en 2006 Acción Nacional llenó de invectivas fascistoides a los perredistas, al llamarlos “un peligro para México”.
Es válido olvidar que, en 1988, la cúpula blanquiazul pactó con Carlos Salinas con tal de derribar la victoria de Cuauhtémoc Cárdenas en la elección; Es válido olvidar que la crisis de seguridad que actualmente vive el país tiene como motivo el intento de Calderón por tratar de legitimarse mediante el uso del ejército para labores policíacas, y es válido además, olvidar que Acción Nacional padece una grave infección de ultraconservadurismo en sus filas, que trata de imponer su agenda en temas sobre sexualidad, el Estado Laico y las libertades civiles (y ahí están gobernadores y políticos nazis y homofóbicos como Emilio González, Ignacio Loyola y Eduardo Romero Hicks para confirmarlo).
Para los chuchos, también, es válido olvidar que en las filas del PAN abundan seudoempresarios, quienes aportan apoyo financiero y logístico al partido, con tal de mantener intactos sus mal habidos privilegios (y ahí está Lorenzo Servitje, el dueño de Bimbo, monopolista de cepa que otorga carretadas de dinero al PAN capitalino).
Es decir, para Ortega y esbirros es válido olvidar que muchos de los grandes agravios padecidos por las fuerzas políticas de izquierdas (y para el pueblo de México en general), han sido cometidos o solapados por el conservadurismo enquistado en el PAN.
Para los chuchos y los aliancistas todo ello queda a segundo plano cuando se trata de “acabar” con el PRI. Si el simple cambio de siglas partidistas en el gobierno implicara una democratización automática, en 2000 Fox y la derrota del PRI nos habrían llevado por el sendero del progreso. Cosa que, por supuesto, jamás ocurrió y, por el contrario, se demostró que en muchos asuntos (como la corrupción y el fanatismo), los panistas pueden ser más peligrosos que el hampa priista.
Las vejaciones del PAN en diez años de gobierno federal son incontables contra el país. En ese desgaste, también el blanquiazul ha ejercido un daño severo a los perredistas, a quienes desde 2000 han visto como adversarios ideológicos naturales.
Así pues, la conjunción PAN-PRD es inviable para lograr un buen gobierno. Los experimentos en ese sentido han sido fallidos (está el caso del gobernador chiapaneco Pablo Salazar, quien luego de ser impulsado por el PRD en alianza con el PAN, se tornó en un foxista empedernido y detractor de las izquierdas). Derrotar al PRI a como dé lugar no puede ser el pábulo de uniones con la mafia en el poder.
Así pues, sorprenden en demasía las declaraciones de Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del DF, quien alza la voz contra el panismo y el Gobierno Federal al acusarlos en días pasados de ser los causantes de un retroceso social en materia económica, al fomentar la desigualdad mediante el solapamiento a que diez por ciento de la población controle el 40 por ciento de la riqueza nacional. La agenda política de los gobiernos federales en los últimos 25 años (diez de ellos con el PAN), continúa Ebrard en su crítica, ha sido muy conservadora.
Pues ¿a quién le sorprende el actuar del panismo desde la trinchera del poder Ejecutivo? Señor Ebrard, por si no lo sabía, ya desde finales de los ochenta el señor Luis H. Álvarez, dirigente del PAN, aducía que “Carlos Salinas está implementando el programa económico del panismo”. También, en el mismo acorde, Francisco Barrio, uno de los primeros gobernadores panistas, señalaba que se definía como “el más salinista de los gobernadores panistas”, por la cercanía de las tesis económicas del PAN con las del PRI tecnocrático.
Si usted, señor Ebrard, no sabía que en términos económicos el panismo pugna por la disminución neoliberal de la actividad estatal (cuestión que ha promovido la desigualdad más rampante), y en términos políticos buscan la propagación de ideas conservadoras, pues qué mal conoce a sus adversarios. Si del olmo espera usted peras, no extraña que de la ortiga espere usted tersura.
Bien sabido es que Ebrard busca que sí existan alianzas entre el sol azteca y el panismo con miras a diversas elecciones locales. ¿Se vale, pues, que haga esos señalamientos tan fuertes para luego correr a crear pactos con aquellos a quienes critica? Igual que lo cuestionaba John Connor, ¿hasta dónde se es capaz de llegar con tal de ganar? ¿Preferible es una victoria pírrica ante el PRI, compartida con el partido que funge de adversario más opuesto, que una derrota donde queden manifestados los principios y la congruencia?
En Terminator estaba en juego la humanidad, y ni así Connor prefirió sacrificar vidas de aliados. ¿Preferirán los chuchos y Ebrard sacrificar los principios, en pos de destronar al priismo para compartir el poder con los neofascistas de la cúpula panista?
