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El día de las mechas mojadas
Escrutinio No. 55
Escrutinio No. 55
Pablo Oubli
Es ostensible, hay menos banderas en las calles, en los coches, en las instituciones. El espíritu nacional, si podemos hablar de tal concepto, (fulgor abstracto dice Pacheco) está anulado.
Sobra decirlo, la violencia es la marmita de este caldo de cultivo tan complejo que se ha gestado en el 2010. El infierno anunciado (no sólo en la película de Estrada): es parte de una simulación del Estado ante la ausencia de gobernabilidad.
Los automovilistas han llegado a golpear a los policías que cierran las calles para los festejos del 15 de septiembre desatando el caos vial ; Los entusiastas no se ven tan ávidos por llenar la plancha del zócalo este año. La información en los pasillos de las instituciones viene con recomendaciones: “ que de alguien del CISEN, que mejor no vayas a centros comerciales, ni cajeros automáticos. Mucho menos a la plancha, mano.”
Twitter se inunda de hashtags como #mecagoenelbicentenario. El timeline se abarrota de quejas o frases ingeniosas que injurian la efeméride, ejemplos como: “Hoy me tomé mi venti, helado, latte, light del bicentenario y un croissant de jamón y queso del bicentenario y haré #cacadel bicentenario.” O uno un poco más reflexivo: “el Coloso del Bicentenario y Cuauhtémoc Blanco. Dos epítomes de los festejos del Bicentenario: polémicos, caros y mal hechos.”
En todo caso la plaza pública (física o virtual) está desencantada. Sabemos que no sirven las banderas (que no llegaron a todos los hogares); los libros de Luis González (que tampoco llegaron), los informes, las pantallas (la gran metáfora de la simulación), las edecanes sudamericanas en Palacio Nacional no fueron suficientes para hacer de esta fecha una celebración histórica donde los lastres quedaran atrás, y el siglo XXI inicia, como se dio en las primeras décadas de los siglos pasados.
Octavio Paz decía sobre la celebración: “el 15 de septiembre a las once de la noche, en todas las plazas de México celebramos la Fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año…Durante esos días el silencioso mexicano silba, grita, canta, arroja petardos, descarga su pistola en el aire. Descarga su alma. Y su grito, como los cohetes que tanto nos gustan, sube hasta el cielo, estalla en una explosión verde, roja, azul y blanca y cae vertiginoso dejando una cauda de chispas doradas."
Palabras de nuestro gran teórico de la fiesta que este año resuenan casi tan huecas como un shalalá intelectualizado. Este año no habrá fiesta, transgresión del tiempo ordinario, entrada al tiempo ritual. Tan cargado simbólicamente, no funcionará en su efecto catártico colectivo. Mucho menos, en apariencia, funcionará la idea del Gobierno de crear un hito de transformación social y consolidación de la sociedad civil.
Sin embargo, digo en apariencia, porque en el desencanto se vislumbra un consenso, una igualdad, un signo identitario que repele a las instituciones mexicanas (de la selección de futbol hasta la SEP) que han ido construyendo un hastío que será el motor de los tiempos venideros. La normalidad.
Sí. Casi todos los mexicanos coinciden en que no hay nada que celebrar, que el dispendio ha sido excesivo. Tuvieron que ser tal vez un poco más mezquinos (DRAE: “que escatima excesivamente en el gasto”) y menos magnánimos o piromaniacos, por hablar del caso señor Secretario.
Y es aquí donde esta verborrea se distingue de los chorros de tinta que ha dejado esta efeméride: pese a la ineficacia, el derroche y el absoluto desatino en toda la planeación de los festejos. El Gobierno Federal ha logrado, tal vez, y sin intención explícita, un cambio de paradigma, el convencimiento pleno del agotamiento de las instituciones.
Con suerte la conciencia colectiva aumentará en el sentido que sólo a través de ejercicios ciudadanos (cómo el rechazo a las celebraciones) podemos sacar mejor partido en nuestro paso por este terruño.

