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En la orfandad y el desamparo… Carlos Monsiváis
Escrutinio No. 50

El pos del féretro del sublime cronista Carlos Monsiváis se erguía interminables ríos de gente, donde descollaban intelectuales de primera línea, académicos, escritores, artistas y periodistas, quienes, en razón de cumplir con el dictado del corazón, hacían guardia para despedir a su muy leído amigo.

En el recinto de Bellas Artes, donde se homenajeó al finado Monsi, llegó, con la estafeta de la oficialidad, el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, quien de inmediato fue increpado por la actriz Jesusa Rodríguez, que le echó en cara su doble moral y su hipocresía, y con una certeza implacable lo llamó “representante de Elba Esther Gordillo”. Lujambio pidió “respeto” y “tolerancia” (valores que jamás ha profesado el partido de Lujambio, el PAN, lo cual fue aguda y punzantemente criticado por el autor de Días de guardar).
¿Se puede condenar la actitud de Jesusa Rodríguez, al pretender echar del acto solemne a un individuo, por muy petimetre o mendaz que sea? ¿No en todo caso los únicos autorizados para solicitar la ausencia de alguien serían los familiares de Monsiváis?
Pero hay que ser claros y firmes: una de las mayores virtudes del escritor fenecido fue la de oponerse con tesón a todo tipo de hipocresía, pues sin duda es ésta uno de los blasones más abundantes, y terribles, de la “clase política” mexicana, que públicamente alaba lo que en privado abomina.
No en balde la última gran colaboración de Monsi en Televisa fue en contra del fascismo panista, que buscaba, en Guanajuato, quemar libros de biología por considerarlos pecaminosos e infernales, por atreverse a enseñar métodos anticonceptivos a los alumnos de secundaria.
Así que la condena de Jesusa tenía una razón de ser: nadie creería en la honestidad de Hitler si éste hubiera asistido a la ceremonia luctuosa de algún judío. Asimismo, la derecha y el gobierno mexicanos no pueden ser sino hipócritas si le otorgan su “sentido adiós” a un hombre que encarnaba un cúmulo ético no sólo discrepante al de ellos, sino que aborrecían.
Durísimo crítico de los políticos nacionales, y portavoz de aquellos que pensaban que en 2006 se gestó un fraude a favor de Felipe Calderón. Bien se puede decir que o Lujambio no lo leía o no le importaba lo que decía. ¿Con qué cara va, entonces, a exhibir su pena al fallecido autor?
Congruencia fue una palabra que definió a diversos intelectuales que se han ido sin reparar en el hueco que nos dejan. Este 2010 ha traído consigo un vendaval mortuorio que nos deja en el desamparo hondo, pues en racha indomable se han ido Gabriel Vargas, Carlos Montemayor, José Saramago, Bolívar Echeverría y Carlos Monsiváis. Bien dicen que los muertos no se van solos, pero al parecer los inmortales suelen ser más duros en sus riendas, pues se llevan a los de su casta con un tesón formidable, sin saber que ello implica dejarnos a nosotros, los vivos, en la indefensión moral.
Acervos críticos de la realidad mexicana, los finados extienden sus alas en los lares de los libres. Duermen el sueño -eterno- no sólo de los justos, sino de los que con sumo valor defendieron a sus ideas y sobre todo a su pueblo. Merecido descanso tienen en la inmortalidad, pero acá en el mundo real de abajo su ausencia pesa tanto como su prolífica obra.
Su llama física se extingue, pero la lumbrera intelectual que enarbolaron ha sido faro de luz que guía a la gente libertaria. Y mientras ésta exista las ideas de ellos seguirán vivas. Por eso, para algunos resabios de ignorancia esos hombres están muertos. Y la razón es sencilla: en los yertos prados de la ignominia nunca florece la luz de la razón ni la sonrisa de la tolerancia.
Las señeras enseñanzas de los idos los hacen estar aquí. Honestidad, congruencia, lucidez, crítica, talento, ingenio… ¿para qué gastar más palabras que definan a esos hombres que con su propio nombre han forjado un retablo de virtudes? Decir Saramago es decir sabiduría, decir Monsiváis es decir ironía, decir Gabriel Vargas es decir crónica, decir Montemayor es decir Historia y decir Echeverría es decir filosofía.
Y todos poseedores de las dos máximas congruencias: consigo mismos, la más importante, y con las causas de su pueblo. Porque ellos sabían que palabras como “pueblo” y “gente” pueden ser utópicas, pero si no sirven de brújula no se llega a ningún lado. Mejor es navegar en pos de ellas que perderse en el mar de la apatía fácil.
Y, congruentes como son, ellos sí sabían respetar las diferencias, discutirlas, y en lugar de vencer, convencer. Las derechas y el panismo mexicanos, arraigados a su talante fascistoide, ponderan la imposición al diálogo, y la confrontación al debate. Ellos vencen porque tienen la fuerza, pero no convencen porque no tienen la razón.
Por eso es que la presencia de Lujambio en el adiós a Monsiváis fue un acto hipócrita, que al menos Felipe Calderón tuvo la honestidad de no cometer. La de ayer en Bellas Artes era una plaza de libertad y justicia. Valores que los gobernantes actuales han querido erradicar.

22 JUNIO, 2010
MEMOIS985 Dijo:¡bravo! muy beio texto, para quienes sentimos un hueco en la panza cuando mueren personas como compay segundo, carlos montemayor, juan soriano y monstriváis... ¿y cacalderón cuándo? #ash