En la orfandad y el desamparo… Carlos Monsiváis

22 Junio, 2010
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Héctor Alejandro Quintanar Pérez
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Escrutinio No. 50

El pos del féretro del sublime cronista Carlos Monsiváis se erguía interminables ríos de gente, donde descollaban intelectuales de primera línea, académicos,  escritores, artistas y periodistas, quienes,  en razón de cumplir con el dictado del corazón,  hacían guardia para despedir  a su muy leído amigo.

En el recinto de Bellas Artes,  donde  se homenajeó al finado  Monsi,  llegó,  con la estafeta de la oficialidad, el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, quien de inmediato fue increpado por la actriz Jesusa Rodríguez,  que le echó en cara su doble moral  y su hipocresía, y con una certeza implacable lo llamó “representante de Elba Esther Gordillo”. Lujambio pidió “respeto” y “tolerancia” (valores que jamás ha profesado el partido de Lujambio, el PAN, lo cual  fue  aguda y punzantemente criticado por el autor de Días de guardar).

¿Se puede condenar la actitud de Jesusa Rodríguez, al  pretender echar del acto solemne a un individuo, por muy petimetre o mendaz que sea? ¿No en todo caso los únicos autorizados para solicitar la ausencia de alguien serían los familiares de Monsiváis?

Pero  hay que  ser claros y firmes: una de las mayores  virtudes del escritor fenecido  fue la de oponerse con tesón a todo tipo de hipocresía, pues sin duda es ésta uno de los blasones más  abundantes, y  terribles, de la “clase política” mexicana, que públicamente alaba lo que en privado abomina.

No en balde la última  gran colaboración de Monsi en Televisa  fue en contra del fascismo panista, que buscaba, en Guanajuato,  quemar libros de biología por considerarlos pecaminosos e infernales, por atreverse a enseñar métodos anticonceptivos a los alumnos de secundaria.

Así que la  condena de Jesusa tenía  una razón de ser: nadie creería en la honestidad de Hitler si éste  hubiera asistido a la ceremonia luctuosa de algún judío. Asimismo, la derecha y el gobierno mexicanos no pueden ser sino hipócritas si le otorgan su “sentido adiós” a un hombre que encarnaba un cúmulo ético no sólo discrepante al de ellos,  sino que aborrecían.

Durísimo crítico de los políticos nacionales, y portavoz de aquellos que pensaban que en 2006 se gestó un  fraude a favor de Felipe Calderón. Bien se puede decir que o Lujambio no lo leía o no le importaba lo que decía. ¿Con qué cara va, entonces, a exhibir su pena al fallecido autor? 

Congruencia fue una  palabra que  definió a diversos intelectuales que se  han ido sin reparar en el hueco que nos dejan.  Este 2010 ha traído consigo un vendaval mortuorio que nos deja  en el desamparo  hondo, pues  en racha  indomable se  han ido Gabriel Vargas, Carlos Montemayor, José Saramago, Bolívar Echeverría y Carlos Monsiváis. Bien dicen que los muertos no se van solos, pero al parecer los inmortales suelen ser más  duros en sus riendas,  pues se llevan a los de su casta con un tesón  formidable, sin saber que ello implica dejarnos a nosotros, los  vivos, en la indefensión moral.

Acervos críticos de la realidad mexicana, los finados  extienden sus alas en los lares de los  libres. Duermen el sueño -eterno- no sólo de los justos, sino de los  que con sumo valor defendieron a sus ideas y sobre todo a su pueblo.  Merecido descanso tienen en la inmortalidad, pero acá en el mundo real de abajo su ausencia pesa tanto como su  prolífica obra.

Su llama física se extingue, pero la lumbrera intelectual que enarbolaron ha sido faro de luz que guía a la gente libertaria. Y mientras ésta exista las ideas de ellos seguirán vivas. Por eso, para algunos resabios de ignorancia esos hombres están muertos. Y la razón es sencilla: en los yertos prados de la ignominia  nunca florece la luz de la razón ni la  sonrisa de la tolerancia.

Las señeras enseñanzas de los idos los hacen estar aquí. Honestidad, congruencia, lucidez, crítica,  talento, ingenio… ¿para qué gastar más palabras que definan a esos hombres que con su propio nombre han  forjado un retablo de virtudes? Decir Saramago es decir sabiduría, decir Monsiváis es decir ironía, decir Gabriel Vargas es decir crónica, decir Montemayor es decir Historia y decir Echeverría es decir filosofía.

Y todos  poseedores de las dos máximas congruencias: consigo mismos, la más importante, y con las causas de su pueblo. Porque ellos sabían que palabras como “pueblo” y “gente” pueden ser utópicas, pero si no sirven de brújula  no se llega a ningún lado. Mejor es navegar en pos de ellas que  perderse en el mar de la apatía fácil.

Y, congruentes como son,  ellos sí sabían respetar las diferencias, discutirlas, y en lugar de vencer, convencer. Las derechas y el panismo mexicanos, arraigados a su talante fascistoide, ponderan la imposición al diálogo, y la confrontación al debate. Ellos vencen porque tienen la fuerza, pero no convencen porque no tienen la razón.

Por eso es que la presencia de Lujambio en el adiós a Monsiváis  fue un acto hipócrita, que al menos Felipe Calderón tuvo la honestidad de no cometer. La de ayer en Bellas Artes era una  plaza de  libertad y justicia. Valores que los gobernantes actuales han querido erradicar.

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Comentarios

  1. 1

    22 JUNIO, 2010

    MEMOIS985 Dijo:

    ¡bravo! muy beio texto, para quienes sentimos un hueco en la panza cuando mueren personas como compay segundo, carlos montemayor, juan soriano y monstriváis... ¿y cacalderón cuándo? #ash

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