Los pecados de la fe: ¿atrición o contrición?
Escrutinio No. 47 | Segundo Aniversario | 21 de abril de 2010
Rubén Daniel Vargas Zenteno
Con más de dos mil años de haber sido fundada, la Iglesia Católica se ha mantenido como el principal pilar de la fe profesada por millones de hombres alrededor del mundo. El poder que surgió del fervor por el catolicismo dotó de privilegios mundanos a los herederos de San Pedro, quienes han conocido toda clase de excesos durante su historia. Esto no es ninguna novedad; ya en el siglo XVI, Erasmo de Rotterdam había abordado el tema en Elogio de la locura, donde sus finas ironías alcanzan a los papas, los cuales, “armados con excomuniones”, eran omnipotentes. Sin embargo, la lealtad de los creyentes hacia los representantes de Dios parece no menguar ni ahora, ni entonces.
Durante este primer cuatrimestre del año 2010, la más vieja de todas las instituciones atraviesa un periodo de escándalo causado por los abusos sexuales que sus sacerdotes cometieron contra menores de edad, mayormente niños, durante los pasados cincuenta años. Casos se denunciaron en Alemania, Irlanda, Estados Unidos, Canadá...
Benedicto XVI se refirió a estos acontecimientos el pasado mes de marzo; los condenó y pidió el perdón de quienes resultaron dañados por las acciones de los curas. Ésta fue la respuesta del líder católico, pero sus empleados de todo el mundo han dedicado sus espacios en la prensa para buscar culpables que puedan expiar los pecados de la organización.
Tan ambigua actitud genera un par de preguntas: ¿les avergüenzan los crímenes o sólo temen haber sido descubiertos y las consecuencias que esto pueda generar?, “¿atrición o contrición?” se pregunta José Barba Martín, una de las víctimas del padre Marcial Maciel.
La Real Academia Española define atrición como el “pesar de haber ofendido a Dios, no tanto por el amor que se le tiene como por temor a las consecuencias de la ofensa cometida”. Contrición, por otro lado, se entiende, “en el sacramento de la penitencia, [como el] dolor y pesar de haber pecado ofendiendo a Dios”.
En días recientes, se ha relacionado directamente a Joseph Ratzinger con casos de este tipo de delitos ocurridos en distintos países. En 1979 el entonces Arzobispo encubrió la violación de un adolescente alemán de 11 años, quien fue llevado a las montañas por un sacerdote, donde se consumó el hecho. El culpable sólo fue sometido a un tratamiento psicológico para después transferirlo de Essen a Munich; allí, la historia se repitió.
Algo similar sucedió en Estados Unidos. En Wisconsin, el cura Lawrence Murphy agredió sexualmente a doscientos niños sordos . Las víctimas refieren que, a pesar de que Juan Pablo II y Ratzinger estuvieron informados desde el principio, no hubo ninguna represalia, ni acción para detener al norteamericano. Los representantes del estado Vaticano atribuyeron al New York Times una campaña en contra de Dios y su Iglesia, pues es este diario el que ha dado mayor seguimiento al mencionado caso, además de haber señalado la responsabilidad del Sumo Pontífice.
En México, durante el año 2007,-con el apoyo del clero local y algunos poderosos empresarios, como Lorenzo Servitje, dueño de Bimbo- el Vaticano persiguió a aquéllos que revelaron los delitos de Marcial Maciel, fundador de la congregación llamada Legión de Cristo y cercano al finado Juan Pablo II. Fue en 2004, luego de una serie de publicaciones que documentaban la culpabilidad de Maciel, cuando el Papa polaco, a través de su sucesor, ordenó a Marcial retirarse de los púlpitos, además de sugerirle una vida de oración. Nada se mencionó de aplicar a él o a sus encubridores la justicia terrenal.
También en marzo, el padre Álvaro Corcuera, actual administrador de los otrora poderosos Legionarios de Cristo, envió una carta en la cual pide el perdón de los abusados por su antecesor; texto que, casualmente, se publicó unos meses antes de la decisión final que Roma tomará sobre el futuro de la congregación. En los párrafos que integran la misiva, Corcuera se dice avergonzado por no haber escuchado a los agraviados, mas encuentra razón para el encubrimiento: “todos hemos tenido que pasar por un proceso de asimilación gradual, en muchos casos forzosamente lento, requiriendo un acopio inusual de recursos humanos y espirituales” para lograr la asimilación del “repentino desvelarse de algunas facetas de la vida de nuestro fundador que no correspondían para nada a lo que nosotros vivimos a su lado”. Luego continúa con ejemplos de perdón cristiano, mismo que insta a los ofendidos a otorgar. Poca diferencia hay entre lo dicho por el padre Álvaro y el famoso “usted disculpe”, propio del sistema judicial mexicano.
Como se mencionó, tras estos y otros acaecimientos que enfrenta la Iglesia Católica, su líder también solicita perdón, amén de la oración de los creyentes para que los criminales terminen exonerados por Dios. Empero, paralelamente los sacerdotes encuentran a diario un nuevo culpable, siempre externo al núcleo de su institución.
El pecado de los diarios norteamericanos está en publicar los crímenes; el de la sociedad, en “la invasión del erotismo, […] que hace difícil el respeto a los niños”, según el obispo de Chiapas, Felipe Arizmendi. Él mismo apuntó que la “liberalidad sexual y el libertinaje” de los hombres provocan el pecado del clérigo. Con estas razones, el asesino y el ladrón pueden sumarse a las víctimas de la humanidad; el primero argumentará que quien fabricó el arma promovió el homicidio; el segundo, que el ostentoso paseante debió dejar sus pertenencias en casa.
El cardenal TarcisioBertone, segundo personaje más poderoso dentro del Clero, relacionó la homosexualidad con la pederastia y descartó que haya conexión entre el abuso de menores y el celibato obligatorio, declaración de la que después se deslindó el Vaticano.
También se ha declarado, como un ejemplo de defensa pueril, que en otras religiones han acontecido hechos parecidos y nadie se ha escandalizado de igual forma, esto es, “pero Pedrito también pateó el pesebre”.
Tales actitudes parecen no ser más que un vulgar control de daños que realizaría cualquier empresa estremecida por una situación similar, a fin de recuperar la confianza del cliente, y no un arrepentimiento legítimo que busque resarcir los daños causados a las víctimas de los delincuentes con sotana, la cual parece conferir poderes de inmunidad terrenal.
Declaró Benedicto XVI desde el Vaticano: "Debo decir que, nosotros los cristianos, incluso en tiempos recientes, hemos evitado a menudo la palabra 'arrepentimiento', la cual parecía demasiado dura. Pero ahora, bajo el ataque del mundo, el cual ha estado hablando de nuestros pecados...nos damos cuenta de que es necesario arrepentirnos, en otras palabras, reconocer lo que está mal en nuestras vidas”.
Entonces, de acuerdo con los dichos del Papa, el arrepentimiento únicamente aparece porque la sociedad está ejerciendo presión, atacando según él. Si nadie hubiera notado sus fechorías, el clero continuaría mirando hacia otro lado, como hasta ahora ha acostumbrado. Acaso perseguiría a los denunciantes, reubicaría al sacerdote en cuestión y concluiría el caso. Volverían a la oración y a condenar desde el púlpito a los depravados homosexuales, a la homicida mujer que decidió interrumpir su embarazo, y al suicida que, en etapa terminal de cáncer, prefiere la muerte sobre el dolor. Ésos sí son pecados, no los “resbalones” sacerdotales, que, si no se ven, no existen; que se enmiendan con recogimiento y plegarias.
Se observa que la posición de Roma está destinada a calmar a las masas; tuvo su origen en la exhibición, no en la conciencia. El arrepentimiento que presumen no se debe a las ofensas cometidas, sino a las pérdidas que resultarán de ellas, es decir, a la atrición.
*Cualquier etiqueta HTML sera eliminada.
