Castigos Divinos

09 Marzo, 2010
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Héctor Alejandro Quintanar Pérez
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Tesis uno: Dios es amor. Ya muchos  filósofos, pensadores,  científicos, y genios terrenales se  han dado a la tarea de dilucidar sobre la condición humana y su deber ser en la realidad. Una  verdad aceptada es que no  hay ser humano sino en contacto con otros seres humanos. El aislamiento es una cuestión  que niega nuestra condición. ¿Cuál es la urdimbre que debiera unirnos en aras de una convivencia armónica, pacífica? El amor, qué duda cabe.

La Iglesia Católica, tras su imperio  y avasallamiento en la época medieval,  y  con unas ínfulas de superioridad que opacarían al más déspota de los mortales,  se ha pensado a sí misma como el monopolio de la bondad. No sólo eso,  también se  yergue como una eximia tribuna fiscal,  donde todos los que no están con ella  pueden y deben ser señalados flamígeramente por su actitud pecaminosa y condenable.

Con esa actitud,  la jerarquía eclesial  ha ido en contra de su propio principio: si Dios es amor, ¿por qué sus representantes -desde las altas esferas vaticanas  hasta la clerigalla de a pie- promueven el miedo, el anatema y el odio? Si bien es cierto que  la  grey católica es variopinta, y de ella han surgido  personajes ejemplares y luminarios,  no puede negarse que  algunos cimientos de el Catolicismo como Institución han tenido  fundamento en dogmas y violencia.

No en balde  la Santa Inquisición acabó con doce millones de vidas "herejes" (algunas de las cuales  habían cometido el gravísimo pecado de nacer con algún problema siquiátrico); y no en balde, tampoco, la censura  Vaticana  aceptó  cabalmente  la explicación de Galielo sobre la redondez de la Tierra nada menos que a finales del siglo XX.

En el México de hoy, el cobre  de las altas esferas católicas es bien conocido y generalmente ha actuado en detrimento del progreso.  Tras la noticia de que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, a iniciativa del diputado perredista -ex integrante del Partido Alternativa Socialdemócrata-David Razú, aprobó los matrimonios entre personas del mimo sexo, los voceros de la Iglesia  han puesto el grito en el cielo... y la condena en la Tierra, como ya es costumbre.

Pero el colmo del descaro lo manifestó el obispo leonés Guadalupe Martín Rábago, quien, con la mano en la cintura (y el cerebro sin duda en otro lado fuera de su cuerpo), insinuó que a raíz de la autorización mexicana de las bodas entre homosexuales Dios se había enojado tanto que por eso nos mandó un par de terremotos... uno en Haití y otro en Chile.

Algo debe andar realmente confuso y descompuesto en la Oficina de Castigos Celestiales, en tanto que para  reprender a los mexicanos pecadores, la Altísima monserga cayó en los blancos equivocados: una isla caribeña  y un país andino. O bien la puntería de Dios  falló -lo cual pondría en duda el dogma católico acerca de la Perfección Divina-o bien lo que dijo  Martín Rábago es un disparate de proporciones bíblicas.  ¿O es que entonces el baño de sangre que genera la inseguridad pública mexicana es el castigo que Dios mandó a la Tierra porque en Holanda se legalizaron las drogas?  ¿Entonces el temblor de 1985 en México fue el santo castigo que recibió el mundo porque desde 1942 se despenalizaron el Suiza las prácticas homosexuales?

El exabrupto del obispo podría pasar como un comentario más en la interminable lista de imprudencias cometidas por la cúspide católica mexicana, de no ser porque al poco tiempo estalló otra bomba, más dolorosa y nada risible comparada con la vociferación de Martín Rábago: la semana pasada, los hermanos González Lara -Omar y Raúl-, hijos  del sacerdote finado Marcial Maciel (fundador de los Legionarios de Cristo),  declararon que  fueron violados por su padre cuando niños, para terminar de sacudir al  ya de por sí maltrecho cuerpo de indecencias del pináculo  católico mexicano, encabezado por el señor Norberto Rivera, quien  ha sido acusado en múltiples ocasiones por encubrir los casos de pederastia.

Los dirigentes de los Legionarios, lejos de  actuar con humildad,   adoptan la pose defensiva en lugar de  resarcir los daños: acusan a los hermanos de chantajistas porque éstos exigieron dinero en desagravio por el crimen que padecieron.  He ahí el absurdo: sin tener idea de qué  trauma implica una violación a un niño, los Legionarios se ponene como hienas fúricas porque les  han dado  donde más les duele: no en la dignidad -cosa que desconocen-, sino en el bolsillo.

Si imperara el amor al prójimo en esa congregación, en lugar de  poner en duda los testimonios  demoledores de los hermanos González Lara,  los Legionarios tratarían de  reparar el inmenso daño que ocasionó el miserable sátrapa que fue Maciel, cuya alma, de acuerdo a las mismísimas creencias cristianas, debería estar en estos momentos ardiendo en el Infierno. ¿Como congeniar la prédica católica actual de los Legionarios y el comportamiento atroz de sufundador Marcial Maciel, quien merece un justo escarnio espiritual y mereció en vida  la cárcel terrenal?

El asunto es predecible, como siempre, imperarán dentro de los altos círculos católicos la desfachatez y la impunidad, sazonada con el cinismo de frases como "Ya Dios será el que nos juzgue". Señores, la Justicia humana y terrenal también cuenta y mucho, y a ella está  también supeditada  toda organización religiosa. ¿No acaso el  máximo regalo de la Providencia  ya ha sido el libre albedrío a los individuos?

En fin,  en la lógica de Martín Rábago,  parece que  la Oficina de Castigos Celestiales actuó en este caso no con la mira chueca  y sí con un gran tino:  para escarmentarnos por el pecaminoso  y criminal acto de la pederastia clerical mexicana, ya Dios nos envió   como castigo a la Jerarquía Católica que México padece,  encabezada por agentes del odio y la impiedad como Norberto Rivera u Onésimo cepeda. Justo Castigo.

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