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El Cadalso
Escrutinio No. 34
[b]Por Esteban Cervantes[/b] No hace mucho tiempo cuando en los noticiarios se enunció un hecho que, desafortunadamente, resultó más indignante que sorprendente: en el caos vial generado por la construcción de una obra al norte del Distrito Federal, un conductor demente arremetió contra un albañil que ahí laboraba, y lo mató a balazos. El sujeto se dio a la fuga. Poco después, el trago amargo generado por el conocimiento de espeluznantes datos como éste se vio opacado por la mendacidad de un locutor que, con una demencia casi tan monstruosa como la del asesino, trató de desviar la atención del desequilibrio mental de éste y asumir que quizá la culpa del suceso fuera del Gobierno del Distrito Federal porque los problemas de tráfico causados por sus obras ya nos habían enloquecido. El locutor de marras fue Óscar Mario Beteta, que, tras escuchar la monstruosidad que había dicho, de inmediato reculó: “pero bueno, eso no justifica que alguien molesto por las obras asesine a alguien”. ¡Qué bueno que nos lo aclara! Lo traicionó el subconsciente, pues en su enfermizo odio al gobierno capitalino no alcanzó a dilucidar que lo hecho por el matón del tráfico no puede recibir otra cosa que no sea un castigo. Desgraciadamente la locura y la ignorancia son señas de identidad de muchas personas, capitalinas o no, y aunque la demencia del asesino y la estupidez de Beteta no son comparables, sí se vale pensar que ambas son en grado sumo nocivas. Los locos, pues, andan sueltos. Este pasaje se vincula con lo acaecido el viernes pasado en el metro Balderas –la estación que inmortalizó Rodrigo González con un rock and roll hace ya unos ayeres-, cuando otro desquiciado comenzó a cometer actos vandálicos en los muros del metro y después disparó para herir a varias personas. Al ver la grotesca escena, un hombre, seguramente impulsado por la dignidad, trató de contener al delincuente. Se abalanzó y forcejeó con él. Casi logró domeñarlo hasta que el asesino, cobarde como es, le disparó en la cabeza. El héroe no fue anónimo. Respondía al nombre de Esteban Cervantes y era soldador. Entregó su vida a la noble causa de la indignación legítima. El matón pasará al registro histórico como un sujeto demente, indecible e impronunciable. Su nombre, Felipe Hernández, ya está escrito con sangre en las negras páginas de la miseria humana. ¿Valdrá la pena ahondar sobre él? ¿Saber cuánto tiempo pasará en la cárcel? ¿Saber el resultado de los exámenes sicológicos a los que será sometido por la policía capitalina? De antemano sabemos los resultados: alguien como este sujeto no merece el más preciado bien de la humanidad, y es la libertad. Mejor es mirar, en tardío homenaje, a gente como Esteban Cervantes, que ofrendó su vida para tratar de detener un acto infame. ¿Qué habría pasado si otros Esteban Cervantes se hubieran encontrado en la escena del crimen? Su arrojo habría frustrado la balacera. En la refriega, honor a quien honor merece, pereció también Víctor Miranda, policía del metro, quien trató de detener a Hernández. La labor de la policía, podría pensarse, es enfrentar al peligro a diario. Pero Miranda Y Cervantes nos enseñaron que la tarea humana es la solidaridad. Sus muertes no pueden quedar como pasajes del anecdotario. Actuaron valientemente en el último momento de su vida. Y ese valor no puede honrarse de mejor manera que siguiendo su ejemplo: ante la iniquidad y la infamia, actuar.
