¿Democracia?
[i]Tomando la palabra en su rigorosa acepción, no ha existido ni existirá jamás verdadera democracia. Es contra el orden natural que el mayor número gobierne y los menos sean gobernados. No es posible que el pueblo permanezca incesantemente reunido para ocuparse de los negocios públicos…[/i] Jean-Jacques Rousseau. “Nuestra democracia crece”, nos dice aún la publicidad social del Instituto Federal Electoral. “La democracia no se puede reducir sólo al voto” afirmó el presidente Felipe Calderón en su discurso tras las elecciones intermedias. “Ganó la democracia”, rezan algunas entradillas en los periódicos que dan a conocer la victoria del PRI con el 35.8% de los votos. Tras cuatro meses de campañas en los que se esta palabra hizo acto de presencia por todas partes, tal pareciera que este ejercicio electoral nos acercó un poco a ella… Pero no es así. Dentro del imaginario social de las naciones civilizadas y de primer mundo, la democracia se proclama como la mejor forma de gobierno. El verdadero bienestar y la felicidad, se asegura, se obtendrán sólo con la verdadera democracia, que de acuerdo con su concepto etimológico, se define como el “gobierno del pueblo y para el pueblo”. La lógica que sigue es sencilla y, a la vez, da lugar a discusiones complejas: “no hay nadie mejor que el propio pueblo para decidir quién habrá de gobernarlo”. En México todos los días se discute sobre la democracia. Por todas partes se escucha en los medios masivos que la nueva ley promulgada en materia electoral nos acerca más al ejercicio democrático o que la participación del pueblo en las elecciones es la clave fundamental para la vida democrática. La democracia se erige como el sueño supremo, como el final del arcoiris en el que se halla la olla de oro de la convivencia dichosa y la igualdad con el resto de las naciones “que sí son democráticas”. ¡Pero cuidado! Porque si alguien se atreviese a cuestionar la utilidad de la democracia, o peor aún, a pronunciarse en contra de ella, no se salvará de ser tachado como un fascista, totalitario e imperialista del siglo XIX, que ansía colocarse en una élite de poder para oprimir a los débiles. Si se quiere quedar bien al hablar de política, será necesario entonces mostrarse partidario, defensor y creyente en la democracia; de lo contrario se comete insulto, profanación, sacrilegio, blasfemia. Observando los datos de los resultados de estas elecciones intermedias de acuerdo con El Universal, que arrojan un abstencionismo del 56.20% y un índice de votos nulos del 5.87%, es inevitable preguntarse: ¿realmente es la democracia la mejor forma de gobierno para un país como éste? ¿Es posible alcanzarla? El hecho de que por todas partes del mundo se comente que no hay mejor vía para el desarrollo que la democrática, ¿significa que debemos también de aceptarla como propia? Es necesario remitirse a algunos de los clásicos en Ciencia Política para recordar, de manera atinada, qué es la democracia y a quién le sirve. En Política, Aristóteles señala que cualquiera de las tres formas de gobierno posibles: monarquía, aristocracia y democracia, si se practican de acuerdo con la ley, pueden lograr la edificación de una nación dichosa. En su juicio personal, el griego se inclina más por la segunda de éstas y no por la tercera, que alberga en sí el peligro de caer en la demagogia, es decir, el poder de una masa de pobres que pasan por encima de la ley. Platón parece pensar de la misma forma cuando dice, en su obra La República, que el ejercicio de la democracia requiere que la mayoría de ciudadanos que ejercerán la soberanía cumpla con cuatro cualidades casi imposibles de encontrar en muchos hombres: mérito, virtuosismo, sabiduría y justicia. Platón señala la importancia de la educación por parte del Estado para engendrar estos valores en sus futuros ciudadanos. Siglos después, el ilustrado Jean-Jacques Rousseau recoge parte de estas ideas y elabora sus recomendaciones sobre la forma de gobierno que debería adoptar cada pueblo. Señala en su obra El contrato social que “…el gobierno se debilita a medida que los magistrados se multiplican, y también que mientras más numeroso es el pueblo, más la fuerza deprimente debe aumentar. De esto se deduce que […] cuanto más el Estado se ensancha, más el gobierno debe reducirse, de tal manera que el número de jefes disminuya en razón del aumento del pueblo”. Entre los autores contemporáneos, el italiano Giovanni Sartori indica en su libro Teoría de la democracia, que se trata de un término sumamente ambiguo que ha perdido su significado original para dar origen a términos como “democracia social”, “democracia industrial” o “democracia económica”, que en realidad no existen, pues la democracia –al igual que el liberalismo– es un concepto que sólo se remite a la esfera política. Como forma de gobierno, la democracia incorpora en su naturaleza una dimensión descriptiva y otra prescriptiva, es decir, una fáctica y otra ideal, por lo que se incurre en un grave error al pensar en la posibilidad de alcanzar el gobierno democrático perfecto: el idealismo implícito en sí hace al Estado democrático perfectible, no perfecto. Sobre estas bases es que habla de la importancia del voto: la verdadera voluntad del pueblo se ejerce sólo durante el periodo de elecciones a través éste, y mediante la legitimación por consenso de quienes no votaron por el ganador. El problema es que, para que este voto funcione, se requieren también ciertas cualidades en el ciudadano: identificarse con un partido, tener confianza en los candidatos, informarse detenidamente sobre los problemas que existen, la identidad de los candidatos, las soluciones que se proponen y las consecuencias que podrían traer esas soluciones. Me atrevo a decir que en estas elecciones un sector mayoritario de la ciudadanía no cubrió al menos tres de esos seis requerimientos, ni con los demás que los autores citados mencionan. Somos un país con profundas desigualdades sociales, un territorio muy extenso, una educación pobre, problemas de identidad cultural, desconocimiento de la ley, escasa cultura política, ciudadanos desinformados, elevadísimo abstencionismo y casi nula confianza en los partidos políticos, en los candidatos, en las instituciones y en los gobernantes. ¿De qué manera puede, entonces, funcionar la democracia? ¿Cómo fomentar una cultura participativa en la ciudadanía que prefiere no acudir a votar porque piensa que su voto irá a la basura, o porque simplemente no se acuerda de votar? ¿Cómo responder al sector de votantes que prefirieron anular su participación temiendo que su boleta pudiese usarse con fines ilícitos? Y, lo peor de todo, ¿cómo tener un juego político democrático con partidos e instituciones que son todo menos eso? Con esta elección, ahora el PRI se coloca de nuevo como la primera fuerza política del país y comienza a trazar lo que tal vez sea su regreso al poder y a la silla presidencial. Pero la memoria histórica fuerza a recordar que, en lo profundo, la palabra democracia no encuentra mucha concordancia con las prácticas antidemocráticas perpetradas durante los 72 años de priísmo, como el famosísimo “dedazo”. En su artículo El progresivo rompimiento del monopolio del poder, Víctor Manuel Muñoz Patraca denuncia que “la paradoja del PRI durante sus largos decenios de hegemonía fue que el papel central que jugó en la modernización política del país, entendida como la creación de instituciones que sentaron la bases para el funcionamiento de la democracia, no pudo encontrar una correlación en la democratización del partido”. En México, por desgracia, la democracia no funciona ni funcionará. (La oración anterior es insulto, profanación, sacrilegio y blasfemia). Se podría pensar en cambiar el modelo, pero ya estamos embarcados en este viaje y es muy tarde para arrepentirnos. ¿Ustedes qué opinan? ¿Nuestra democracia crece?

12 AGOSTO, 2009
ABINDespués de estas elecciones he estado reflexionando sobre si tenemos la mejor forma de gobierno que podamos tener y recordando las palabras de ricardo flores magón cuando decía que lo mejor era el anarquismo: ciudadanos educados que ya no necesitaban ser gobernados, porque se gobernaban a sí mismos para alcanzar el bien común en nuestra sociedad.
así como van las cosas, la democracia está desapareciendo y tenemos una oligarquía (que sí crece). la verdad es que las desigualdades entre los ciudadanos de este país son tales, que no pueden decidir por sí mismos a su gobernante porque les falta la cualidad de la educación, la crítica, la información, el monitoreo, el castigo, etc.
a estas alturas, la igualdad y el bien común suenan como utopías más que como realidades.
saludos!
15 AGOSTO, 2009
ROBERTO MORENOUna pregunta, es verdad que en las elecciones si el 20% de los votos de una casilla fuese nulo la casilla se anularia y de igual forma con la elección si el 20% fuera nulo esta seria nula?
gracias por ilustrar saludos
15 AGOSTO, 2009
JAIMEAlgunas ideas:
1. son dos los fundamentos de la democracia: la libertad y la igualdad, y nunca se logrará la perfección puesto que son dos valores opuestos. 2. hay que tener en cuenta que no es lo mismo la democracia ideal que la democracia real. la ideal no existirá ni nunca ha existido puesto que los hombres no somos perfectos.
3. una mejor o peor democracia depende de ciertas precondiciones que menciona bobbio, obviamente una democracia como la mexicana no es la que podríamos esperar puesto que hay una gran desigualdad social, educación de escasa calidad y medios de com. concentrados, sólo por mencionar algunos casos.
para ampliar las ideas que menciono pueden consultar un texto de l. córdova:
www.bibliojuridica.org/libros/5/2198/6.pdf