El chuchinero

17 Junio, 2009
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Héctor Alejandro Quintanar Pérez
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La delegación Iztapalapa, en el Distrito Federal, es un espejo claro donde el perredismo comprometido con las causas democráticas debería mirarse, para poder lograr una provechosa autocrítica.

Gobernada por el Sol Azteca desde 1997, esta demarcación ostenta las características que laceran a esta ciudad y, acaso, al país: desigualdad, marginación y pobreza.

No se pueden negar los diversos avances que en materia de desarrollo social se han implementado en la capital tras el ascenso de las izquierdas en el gobierno defeño, pero ello no ha sido suficiente para paliar las diversas heridas que ennegrecen el corazón capitalino.

El Partido de la Revolución Democrática, en su condición de entidad variopinta, ha heredado su parte más perniciosa a la delegación del entredicho. De 1997 al 2000 encabezó el gobierno Ramón Sosamontes, del grupo de Rosario Robles y Carlos Ahumada. Luego, cual si fuera propiedad familiar, la demarcación ha sido patrimonio de los Chuchos: primero René Arce Islas (hoy senador), luego Víctor Hugo Círigo (hoy asambleísta) y ahora Horacio Martínez (aspirante a diputado local).

Se debe recordar que el útimo delegado emanado del chuchismo, Martínez, en 2005 se colgó de la imagen de Andrés Manuel López Obrador, cuando éste enfrentaba el asunto del desafuero, para así ganar adeptos en la elección de 2006.

Martínez ganó y prosiguió la escuela de sus antecesores: medrar con los puestos públicos mediante la creación de redes clientelares.

Iztapalapa, por su importancia estratégica (por su población y tamaño) fue considerada como un bastión nacional del chuchismo. Por ende, cuando en 2008 se llevó a cabo la elección interna del PRD y el ala de Alejandro Encinas obtuvo aplastante victoria en ese terruño se sortearon diversas preguntas: ¿acaso el perredismo consciente daba un voto de castigo a Jesús Ortega y su colaboracionismo calderonista? ¿Dicho colaboracionismo favorecía las hipótesis que pintaban a Ortega como un oporunista sin escrúpulos? ¿Cómo es que, si se supone que su corriente era la más fuerte, Ortega no pudo ganar ni en su terreno consentido? Una variable se sumaba al escenario: Jesús Ortega, debido a su personal voracidad y corrupción, comenzaba desde meses atrás a distanciarse del pivote del PRD: AMLO, y lo hacía no por diferencias ideológicas sino por puro interés de corto plazo.

Los órganos electorales del PRD, a la postre, dieron como ganador a Encinas, en lo que parecía la corrección de rumbo de ese partido. Pero la impugnación de Ortega hizo que el Tribunal Electoral no anulara la elección sino que lo nombrase a él dirigente nacional del PRD. Así, se evidenciaba la miseria orteguista y la intromisión de Calderón en la vida partidaria.

Pasados los meses, ya en 2009 y a la víspera de las elecciones, la disputa por las candidaturas perredistas floreció. En Iztapalapa los Chuchos postularon a Silvia Oliva, esposa de René Arce, en oposición a la ex procuradora social del Gobierno del DF, la lopezobradorista Clara Brugada.

Fieles a su historial convenenciero y pestilente, Ortega y sus huestes se volvieron a colgar de AMLO y su imagen para pretender ganar las elecciones internas en Iztapalapa. Y otra vez la gente les dijo “No”. La historia se repitió, Oliva, respaldada por su esposo y Ortega, impugnó a Brugada. Y el Tribunal le dio la razón.

Al parecer, esta instancia de justicia electoral otorga premios a quien con mayor hediondez reproduzca las prácticas corruptas del fraude electoral. Lo hizo con Calderón, lo hizo con Ortega, lo hizo con Oliva y al parecer lo hará imparablemente mientras la dominación oligárquica corroa a las instituciones públicas.

La connivencia del Orteguismo con Calderón es nauseabunda, pese a que este sector del Sol Azteca se había comprometido a no reconocer a quien desde 2006 gobierna ilegítimamente este país. No en balde los porros de Ortega gestan alianzas en lo oscurito con el PAN para que los sectores lopezobradoristas no ganen las elecciones de julio. Coyoacán es prueba de ello, pues diversos peones de Ortega apoyarán al neofascista Obdulio Ávila, del PAN, para evitar la victoria de Raúl Flores, en una zona clave del país.

Como el Tribunal electoral ha demostrado, las instituciones políticas no son confiables, y la brega partidista parece ya no dar resultados, pues se expone a traiciones y corruptelas como las exhibidas por los chuchos.

¿Qué alternativa tenemos, si cuando se plantean asuntos como el voto en blanco se sabe que ello abonaría a la partidocracia gracias a sus respectivos votos duros?

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