El shock de la influenza

20 Mayo, 2009comenta | Imprimir

Colaboración Especial<b>Gustavo de la Vega Shiota</b><br /><br />
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Si para un político la credibilidad es un recurso indispensable en su tarea cotidiana, pues simboliza uno de los recursos que le confiere legitimidad, para un gobernante constituye una condición sine qua non en su función pública, que se sustenta en los principios éticos que rigen su relación con los miembros de su comunidad política. <br /><br />
Si para un político la credibilidad es un recurso indispensable en su tarea cotidiana, pues simboliza uno de los recursos que le confiere legitimidad, para un gobernante constituye una condición sine qua non en su función pública, que se sustenta en los principios éticos que rigen su relación con los miembros de su comunidad política. Un gobernante sin credibilidad es negado y rechazado, pues no genera confianza y sí agotamiento emocional. En esos casos, su permanencia solo se explica por el empleo de la fuerza y/o por el impacto inmediato, y por tanto relativo, de una manipulación mediática.<br /><br />
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México hoy vive un lamentable acontecimiento generado por sus propios gobernantes que ha provocado temor, angustia, incertidumbre, zozobra y pánico entre la población, así como el colapso económico, particularmente de medianas y pequeñas empresas. En pocas palabras terror, por lo que puede situarse dentro del contexto del terrorismo oficial. Efectivamente, los más altos funcionarios del país divulgaron y dramatizaron información sobre una epidemia en un talante incompleto, impreciso, confuso y contradictorio, que alteró la vida nacional, creando un estado de excepción, a grado tal que en el extranjero produjo xenofobia contra los mexicanos. <br /><br />
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Pero en esta ocasión la reacción popular no fue uniforme, como se podría suponer o, probablemente, desear. Las contradicciones, imprecisiones y ocultamientos, rápidamente fueron percibidos por algunos sectores de la sociedad, que reaccionaron así: fuera tapabocas, fuera tapaojos y, sobre todo, fuera tapacerebros; busquemos información y explicaciones en fuentes respetables. En un emergente proyecto de comunicación alternativa, mucha gente voluntariamente se abocó a investigar sobre el origen y precursores del daño, fecha y lugares de su aparición en el territorio nacional. Igualmente, sobre la concreción de las victimas (nombres, domicilios) que originalmente se enunciaban en tres dígitos y, de un día a otro, bajaron a uno. La búsqueda colectiva aportó suficiente información sobre las medidas preventivas, lo mismo “caseras, de tipo general para estos casos”, que la generada por grandes instituciones como la UNAM, o la proveniente de institutos que hasta hace algunos años eran orgullo internacional por su trabajo vanguardista en la salud pública, pero que ahora son desmantelados a fin de dejar tan delicado espacio a empresas y laboratorios transnacionales, cuyo interés sólo es el lucro. La información de la red alternativa circuló en cantidad y velocidad sorprendente por la Internet y algunos medios de comunicación. Fue la propia sociedad la que logró serenarse con base en pesquisas fidedignas y tomó sus cuidados ante un virus que, como todo organismo vivo, se ha mutado. <br /><br />
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El conocimiento siempre genera conjeturas; en esta ocasión los datos encontrados y las evidencias del escenario estimularon a dudar sobre el discurso gubernamental, pues reflejaba múltiples incongruencias. El análisis e imaginario social fue más allá de lo tangible. ¿De existir el virus, había realmente una epidemia, como se afirmaba? ¿Había fines ocultos, probablemente políticos y/o económicos en este entramado? Las suspicacias crecían a partir del conocido tono triunfalista con que se comunicó. También desproporcionada resultó la consigna del enclaustramiento, así como irritante constatar la ausencia de una política estatal de salud pública. <br /><br />
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Y vino el análisis, la reflexión y la especulación sobre las posibles causales. El país era un escenario cotidiano de descomposición social, que en el exterior generaba dudas respecto al poder del Estado. Por eso sobraban elementos para considerar como posibles razones la imposición, a puerta cerrada, de acuerdos camarales o la implementación de acciones políticas o económicas impopulares, determinadas por grandes intereses, con los que ahora el gobierno es muy proclive. <br /><br />
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Era difícil refutar la inexistencia del virus pero, cierto o no, estaba claro que la situación había sido manipulada desde el principio con otros propósitos. Ahora el reto era comprender todo eso, por lo que la red ciudadana de intelectuales buscó explicación a ese tinglado y encontró respuestas en las tesis de diversos escritores que han estudiado situaciones similares. Una de ellas fue la canadiense Naomi Klein, quien en su trabajo La Doctrina del Shock (Paidós, 2007), explica cómo el objetivo terapéutico de la técnica del shock, que consiste en la aplicación de una breve parálisis psicológica, deprime la personalidad hasta lograr obediencia. Klein indagó que la CIA manejó un proyecto para doblegar a prisioneros, logrando que el shock produjera una regresión de su personalidad, lo que permitía someterlos a sus propósitos. A partir de esos resultados, se consideró su aplicación con fines aviesos en sociedades enteras. Así, el economista y premio Nobel Milton Friedman la valoró como una alternativa para imponer el libre mercado en lugares donde generara rechazo popular (Chossudovsky, 2005). <br /><br />
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La red ciudadana lograba algunas conclusiones: Hace unos meses los funcionarios del más alto nivel expresaban irónicos que los problemas del país podrían compararse con “un simple catarrito”, pero en las últimas semanas diariamente repiten que “es un hecho que estamos en recesión”, “la más severa desde la posguerra”. Que “la deuda interna se incrementó el pasado mes de abril en 48 por ciento”; que “la venta del petróleo crudo va a la baja”; que “el flujo de remesas de migrantes presenta una caída de alrededor del 10 por ciento”; que “hay cierre de empresas”. Frente a esas terroríficas premisas, el gobierno apuesta a que la ciudadanía avalara su fórmula para enfrentar la situación que, obviamente, comprende gestión de voluminosos préstamos e inversiones de emergencia, al igual que “acuerdos de cooperación” y la contratación de expertos y asesores, con sus correspondientes tecnologías, equipos, etc. Desde luego, estará previsto que para evitar riesgos y que todo funcione en paz, deberán aprobarse nuevas leyes y operativos de seguridad que garanticen el control social. Todo el paquete en una sola orden.<br /><br />
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¿Ese es el propósito? ¿Pero, y la epidemia de grado 5 o 6? “Afortunadamente nuestros amigos nos comprenden y ayudan”, se dijo. Si no, como explicar el “ejemplar comportamiento de los Estados Unidos, que mantiene abiertas sus fronteras”. Cierto, gobiernos y empresas de los grandes países se solidarizaron –a su manera- y pese a la escrupulosidad con que manejan la salud pública de su gente, rechazaron el bloqueo sanitario a México; cubrebocas y termómetros fueron mecanismos suficientes. Decisiones de Estado, al margen de las masas que, como las de aquí, habían asimilado el discurso mediático y, en consecuencia, se oponían a un acto suicida. ¿Pero, entonces, había o no riesgos mayores? ¿Por qué varios países latinoamericanos y China “impusieron medidas inaceptables”? ¿Es que los países amigos se impactaron emocionalmente porque “México había salvado a la Humanidad”, o conocían bien la maniobra?<br /><br />
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Naomi Klein comparte, además de la tesis, también sus observaciones: Una condición para que el shock colectivo sea efectivo, apunta, es que la persona, grupo o sociedad, permanezcan asilados, pues hay un antídoto que fácilmente supera el impacto hasta anularlo; se llama comunicación. Klein, rubrica su obra expresando que la información es resistencia.<br /><br />
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Ahora en México 2009, fue por un lado el exiguo nivel de credibilidad del gobierno, más la turbiedad y manejo desaseado de la información, como por otro la actitud analítica de la población, lo que estimularon la conciencia social de la población, que muy rápido se tornó crítica y participativa y halló en los recursos cibernéticos el medio de intercomunicación que evitó el shock general. El operativo tecnológico impulsado y operado por grupos de 20 a 40 años de la sociedad civil (“el principal grupo de riesgo de la influenza porcina”, al menos así se dijo), permitió el intercambio oportuno y eficaz de información, opiniones y explicaciones y se convirtió en un espacio alternativo de comunicación. <br /><br />

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