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¿Candidatos?
Escrutinio No. 23
Héctor Alejandro Quintanar
Lo político es público. Es de todos. Y, en tiempos contemporáneos, donde la representatividad y la democracia electoral forman llaves de acceso a una vida organizada, los puestos públicos no deberían estar vedados a nadie.
Pero, en la competencia electoral, se supone que el aspirante o candidato hace manifiestos sus méritos, en aras de que el votante, informado y participante, con base en sus principios ideológicos, decida por quién sufragar. Lo anterior, claro está, en un mundo ideal.
En México, debido a nuestra complejidad, debemos conformarnos con un circo electorero donde generalmente las elecciones legislativas intermedias (es decir, donde se renuevan algunos congresos locales y el federal, además de ciertas gubernaturas y municipios) padecen el abstencionismo; y, lo de siempre, el votante mexicano –que en algunos sectores sociales es notoriamente desinformado y prejuicioso- suele optar por lo que él considera la opción “menos peor”.
La teología electoral, donde lo que a los partidos políticos interesa no es la ciudadanía y su organización política, sino más bien los sufragios que ésta emite y, más claramente, las prebendas que dichos votos les corresponderán con cargo al erario, cercena el crecimiento democrático de la sociedad y convierte a los puestos públicos no en espacios de representación, sino en mero botín.
Así, dentro de la guerra electorera se vuelven válidas todas las artimañas y los golpes arteros que sean posibles. Nuestra lamentable situación así lo permite y, dentro de la contienda, contamos con un árbitro displicente cuanto inútil: el IFE.
Pero ciertos partidos llegan al colmo del desparpajo al recurrir al engaño y a la degradación de las candidaturas con tal de acceder a espacios de poder.
En México, bien se sabe, el liderazgo de opinión lo ejercen generalmente sujetos cuya trayectoria pude ser rica en fama y espectáculo, pero carente totalmente de conocimientos políticos o nociones básicas de convivencia humana.
Así, el setenta por ciento de los mexicanos asume como verdadera la “información” que recibe de la televisión. No importa que quien en ella hable sea una marioneta de intereses creados.
Los famosos que acaparan el espacio en la caja chica se tornan en mesías conocedores de la realidad humana. Si ellos opinan algo, por el solo hecho de ser famosos tienen ya una credibilidad ganada.
Y, en pleno aprovechamiento de esta curiosa situación, el Partido Acción Nacional reparte candidaturas a gente poco avezada en asuntos políticos. Pero, eso sí, muy famosos.
Con ellos como aspirantes lo que el partido busca es ganar puestos sin ton ni son, valiéndose de la buena fe de la gente que puede llegar a confiar en “fama” de los susodichos.
De esta forma, lamentable resulta que Carlos Hermosillo sea candidato a una diputación por el estado de Veracruz. Sí, es cierto que ha sido el goleador histórico de la liga mexicana (liga donde el máximo anotador ha sido el brasileño Evanivaldo Castro). ¿Eso lo hace capaz de representar a la ciudadanía?
Hay que recordar que su paso en el gobierno espurio (donde fue titular de la Comisión Nacional del deporte) fue más que desastroso (los pésimos resultados en las olimpiadas de Pekín, y las denuncias hechas por Ana Guevara sobre los malos manejos del deporte mexicano lo confirman).
Del mismo modo, Acción Nacional postula a Bernardo Segura y al luchador Atlantis. Formidables deportistas. ¿Serán capaces de dilucidar sobre conocimientos presupuestales o anales legislativos?
Veamos lo que ha ocurrido. En 1986 Manuel Negrete anotó, como seleccionado nacional de futbol, el gol más bello en el Mundial celebrado en nuestro país (una bella media tijera en el partido de México contra Bulgaria en cuartos de final, celebrado en el Estadio Azteca.
Su gol fue considerado, por muchos, a la altura del de Maradona en ese mismo mundial, donde éste burló soberanamente a media docena de ingleses antes de helar al mundo con su increíble anotación).
Veintidós años después, en 2008, Negrete, como diputado del PAN, participa en el adefesio legislativo que pretendía criminalizar las marchas como vía de protesta pacífica. “La gente que marcha está bien fea, con todo respeto”, dijo el ex puma para justificar su berrenda ley. Si como futbolista logró hacer maravillas con los pies, alguien debería decirle que como representante popular no debe actuar, ni mucho menos pensar, con las patas.
Más datos. En 2000 el equipo de Santos laguna marchaba invicto en el torneo casero de futbol hasta que se presentó contra el Puebla en el estadio Cuauhtémoc. Ahí, los camoteros propinaron tremenda derrota al equipo norteño. Los artífices del triunfo fueron el ecuatoriano Iván Kaviedes y el mexicano Roberto Ruiz Esparza.
Éste último, sabrá Dios por qué, accedió cobijado por Acción Nacional a una diputación federal en 2003. Y, en 2005, fue el único diputado “independiente” que hizo el ridículo al votar a favor del desafuero de Andrés Manuel López Obrador, para con ello legitimar la persecución que desde la presidencia de la república se gestaba en contra de un legítimo aspirante ala máxima magistratura.
Como se ve, los ex atletas metidos a políticos bajo las siglas del blanquiazul en nada han contribuido al entramado democrático del país. Y ni qué decir de las figuras “intelectuales” que conforman a la inteligencia panista: en 2007 Álvaro Delgado –reportero de Proceso- reveló que en el comité intelectual del blanquiazul figuraban… ¿escritores, investigadores, académicos? Nada de eso. En la nómina del comité se encontraban Evita Muñoz, La Pelangocha, Éric del Castillo, Laura Zapata y otros tantos faranduleros.
La fama, indica el blanquiazul, es mérito suficiente para ser abanderado para un cargo de elección popular. De lo que hay sed es de votos, no de buenos representantes.
Someterse a los hilos de un partido corrompido y enervado por la ultraderecha es el costo que habrán de pagar los “famosos” metidos a políticos. La ciudadanía podrá darles de buena fe su voto. ¿Será correspondida?
La estulticia de partidos como Acción Nacional parece indicar que no será así.
