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Los cómics en México: un frente cultural mal atendido
Escrutinio No. 59
Antonio Godínez Miranda
La historia de los cómics en México esta ligada de forma indisoluble a la historia de la alfabetización en nuestro país, cuyo proceso fue uno de los compromisos incluidos en la política de la política de desarrollo social del aparato de estado, surgido en los años posteriores al término de la revolución mexicana.
Con la fundación de la Secretaría de Educación pública en 1921, y la puesta en marcha de ambiciosas campañas para erradicar el analfabetismo en la población, se logra la meta de revertir este factor de atraso, y para la década de los años cuarenta del siglo pasado, por primera vez son más los mexicanos que sabe leer y escribir quienes aún no habían experimentado el placer de la literatura además de carecer de esa portentosa facultad de preservar la imaginación y el pensamiento para la posteridad, gracias a la palabra escrita.
En esos años, dicha alfabetización generó de forma simultánea un efervescente mercado de lectores, ávidos de consumir no tanto la literatura de los grandes filósofos y pensadores, sino precisamente los textos que se publicaban en los puestos de periódicos y revistas en las esquinas de las calles, con temas y contenidos que resultaban más afines a los sentimientos y las costumbres de las clases populares, y que resultaban ajenos a lo que las élites artísticas de la época definían como alta cultura.
Los años cuarenta y posteriores fueron la era dorada de las historietas en México. Los entonces famosos “paquines”, “pepines” y“chamacos” fueron las denominaciones genéricas con las que se conocían a las “revistas de monitos”, en las que se desarrollaban sendas aventuras que a través de su consumo, de su lectura, proporcionaban la tan anhelada evasión al joven lector que gastaba su tiempo libre, después de los avatares de cada jornada en el colegio. Con el tiempo, se comenzaron a generar publicaciones que conjugaban imágenes y texto como elementos narrativos pero destinados a un público de mayor edad; así fue como después de un tiempo surgió la fotonovela y otros experimentos notables, que no hacían sino afirmar las amplias posibilidades que ofrecía la historieta como medio de entretenimiento, barato y asequible para los lectores.
Los empresarios editoriales de principios y mediados del siglo XX fueron en efecto quienes aprovecharon en beneficio propio y explotaron ese mercado creciente de lectores. Los motivos podrán ser discutibles y ciertamente se inscriben en el lucro, pero también es reconocido en la actualidad que todas esas publicaciones, en las que se incluyen las historietas, contribuyeron en gran medida al fomento de la lectura, una costumbre que desgraciadamente esta siendo desplazada en la actualidad por la programación de los medios masivos electrónicos, y con unos indicadores preocupantes, ya que el mexicano lee, en promedio, dos libros y medio al año como máximo.
Esta brevísima reseña de lo que ha significado la historieta en la cultura mexicana resulta indispensable como preámbulo a una también breve pero no menos oportuna discusión y análisis crítico acerca de la situación actual que experimenta este legendario medio de comunicación.
En los últimos años, se han hecho homenajes a los realizadores de las obras de mayor permanencia en el imaginario colectivo, como es el caso de Gabriel Vargas, autor de “La familia Burrón”, mencionada hasta el hartazgo cada vez que se hace un reportaje o una nota relacionada al tema.
Asimismo, cada vez que los triunfantes medios electrónicos se refieren en sus programas de opinión y análisis a este asunto, se llenan la boca con la mención de las historietas que influyeron en la cultura popular nacional durante el siglo pasado: de Kalimán a Memín péngüin, de Fantomas a Chanocy así sucesivamente, hasta que el resorte de la nostalgia pierde su impulso cinético inicial y los clásicos mencionados con devueltos al cajón, en espera de revivir, de adquirir un nuevo impulso, y en suma, de iniciar el camino de regreso al puesto de periódicos y llegar hasta el escaparate de la radio y la televisión, como conceptos renovados; pero como ya sabrán muchos lectores que aún son fieles a estos héroes de ficción –olvidados por muchos e ignorados por el enorme público infantil de hoy- se trata de una espera estéril, que ya ha durado demasiado.
La realidad es que en los últimos años, la historieta en México sigue estando marcada por una crisis silenciosa en el aspecto cultural, mientras que su explotación como negocio es ejercida por los dueños de las editoriales, que con sus hechos y decisiones parecieran emular a aquellos empresarios de los años cuarenta, ávidos de utilidades sin importar tanto los contenidos. Desafortunadamente, el cómic, la historieta, nunca ha podido quitarse del todo esa percepción –estigma auténtico que aún le acompaña- de ser una forma efímera de comunicación.
En realidad, muchos de los contenidos en la radio, televisión e incluso otros más modernos como el internet distan mucho de ser trascendentes, en contraste con las historias relatadas en aquellos clásicos tan venerados del cómic nacional, que estaban marcados por argumentos a veces brillantes, con personajes extravagantes pero entrañables, y que, ante todo, no exaltaban la violencia como el máximo factor de entretenimiento, ya que más bien se le consideraba como un causante de inestabilidad que debía ser erradicaba al final de cada aventura de papel.
Los clásicos del cómic nacional son ahora piezas de museo, un tesoro guardado en el corazón de la nostalgia de nuestros padres, son manifestaciones culturales apreciadas pero poco apoyadas, y en términos generales, se trata de una especie en peligro de extinción (El escritor de este artículo aún recuerda con dolor, cuando hace años un vendedor en un puesto de periódicos respondió con una sonrisa: “¿Qué? ¡No amigo!: “Kalimán hace mucho que ya no se publica”).
Por su parte, los que tienen un mínimo de conocimiento sobre el cómic estadounidense, sabrán que muchos de sus clásicos comenzaron a cobrar fama incluso antes de la década de los años 30 del siglo XX, y que en las décadas siguientes no ocurrió otra cosa más que un vertiginoso crecimiento del medio, tanto como negocio como cultura y como entretenimiento, debido a la constante innovación e inversión. México tuvo sus propias propuestas que eran contemporáneas de aquellas primeras leyendas del cómic estadounidense y aún se puede afirmar que eran dignas de competir con los cómics del país norteamericano. Curiosamente, un fenómeno que marcó el rumbo de las historietas en México se gestó en el siglo pasado, cuando los empresarios editoriales comenzaron a importar cómics de E.U. para publicarlos adaptados a los formatos y las denominaciones de “paquines” y“pepines”. El cómic nacional enfrentó así a una implacable competencia.
En el mundo globalizado actual, se reconoce el fenómeno actual de las llamadas “Culturas híbridas”. Se acepta que medios como este en el que se lee el presente artículo llegaron para quedarse, y que un ciudadano de una nación determinada consume e incorpora en su vida cotidiana una serie de bienes culturales cuyos orígenes pueden ser muy diversos: puede ser fanático de la música venida de Norteamérica o de Europa, acudir a museos de arte africano, comer en restaurantes de comida china y leer cómics venidos de Japón, también conocidos como Mangas.
En el mundo de los cómics se ha manifestado un fenómeno similar, en el que los diversos públicos lectores asimilan lo producido en Norteamérica, Europa y Japón desde hace muchos años. La convivencia de diversas manifestaciones culturales es en el fondo un factor muy benéfico; sin embargo, en México existe un balance muy negativo, en el que no tenemos participación relevante en este intercambio de bienes culturales. Es mucho más lo que nos llega que lo que nosotros aportamos, y lo que hoy se hace con originalidad es aún menos. La batalla por los lectores se gana en los expendios de revistas y periódicos y no en los museos. Esto aplica para la historieta, un medio de comunicación dinámico por naturaleza, que no esta hecho para ser enlatado en reseñas y notas periodísticas, o por medio de documentales. Solo la publicación es capaz de darle vida.


