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Somos cultura Televisa
Escrutinio No. 47
Escrutinio No. 47 | Segundo Aniversario | 21 de abril de 2010
Purificación Carpinteyro

El tema de las telecomunicaciones nos parece árido por la insufrible terminología que se utiliza para explicarlo. Los tecnicismos nos resultan tan ajenos que, a menos que seamos ingenieros en electrónica, nos dejamos llevar por la idea de que se trata de cuestiones que no nos interesan.
Sin embargo, el impacto diario que tienen las telecomunicaciones en nuestras vidas es significativo, y es crítico que entendamos que como sociedad, nuestra opinión tiene que contar. Somos nosotros los que podemos pujar para que se lleven a cabo los cambios necesarios para que México pueda alcanzar el estado de desarrollo que tienen, no ya los países que integran de la Unión Europea, o Estados Unidos y Canadá, o los tigres asiáticos, sino Brasil, Chile o Argentina.
Vivimos en la era de la información que nos ha transformado. Su impacto es superior incluso al que tuvo en su momento la revolución industrial.
Imagine que un día se despierta. Se prepara para arreglarse, y como todos los días prende la televisión para ver el noticiero. Para su sorpresa, no entra la señal. Cambia de canales y se da cuenta que en ninguno se ve nada. Revisa la entrada de la caja de televisión de paga para verificar, pero se da cuenta que aún encendida no transmite. Lleva prisa y opta por apagar el aparato. Mientras se prepara para tomar una ducha enciende el radio, pero nuevamente, ninguna estación tiene señal. Ya va tarde así que termina de arreglarse, y antes de salir decide enviar algunos correos electrónicos avisando de la demora. Tampoco funciona el Internet. Decide salir para avisar en el coche de su retraso, pero cuando intenta llamar desde su celular, nada. El celular está muerto. Aunque está sorprendido decide continuar para no atrasarse más, pero al intentar entrar a la avenida todo se encuentra tapado. El tráfico está desquiciado porque los semáforos, coordinados a través de un sistema de cómputo que se comunica vía internet, no funcionan.
En el colmo de la desesperación, se da cuenta de que su coche casi no tiene gasolina. Para en la estación y cuando finalmente va a ser atendido le aclaran que no reciben tarjetas porque las terminales inalámbricas de los bancos no funcionan. Revisa su cartera y se da cuenta que no le alcanza ni para un refresco. Para su fortuna, la estación tiene una tiendita con terminal bancaria. Se estaciona y trata de sacar dinero de la terminal ATM de su banco. Nada, la máquina está fuera de servicio.
No puede creer en su mala suerte. Se sube al carro y otra vez al tráfico, dos calles adelante se encuentra con una sucursal bancaria y decide entrar. La fila para ser atendido es interminable. No entiende nada y pregunta –se cayó el sistema y los cajeros no pueden hacer nada hasta que regrese-…
No es necesario continuar con esta pequeña historia. A estas alturas todos nos hemos dado cuenta de qué tan importantes son las telecomunicaciones para nuestro día a día. Nuestras actividades, nuestra forma de vivir e interactuar, de funcionar y de ser eficientes y efectivos, dependen de las telecomunicaciones y de que éstas cuenten con una infraestructura sólida que las sustente.
Todos somos cultura Televisa
Desde que aparece la tecnología de las telecomunicaciones, es decir “comunicaciones a distancia”, sean voz, sonido o imágenes, el Estado adoptó una política de concentración. Así, en comunicación audiovisual, como en prácticamente todos los sectores estratégicos de la economía, el Estado decidió privilegiar a un jugador único; y por el favor del Estado, específicamente del Ejecutivo, que es el poder facultado para el otorgamiento de concesiones sobre bienes de la nación, se benefició a un grupo al que ahora conocemos como Grupo Televisa.
Todos aquí somos el fruto de esa decisión, porque todos –salvo rarísimas excepciones-, fuimos educados asistiendo los programas que transmite Televisa. En conjunto con la educación que recibimos de nuestros padres y la escuela, nuestros valores estéticos, cívicos, políticos y morales se forjaron por esa televisora. Somos hijos de la cultura Televisa.
Todos aquí somos cultura Televisa, porque dicha televisora nos educó. Nuestros principios, opiniones, con la independencia de la que nos dieron nuestros padres, en la escuela y en la universidad, vienen de lo que es bueno o malo, de lo que es atractivo o no, de lo que vemos en la pantalla.
Siempre existió un contubernio entre el Estado y la cadena de televisión nacional. Mientras que Televisa transmitía en cadena nacional la información que le dictaba el Estado, omitiendo transmitir la realidad por la que atravesaba el país, como sucedió en el 68, o en la “guerra sucia” de los 70, por poner algunos ejemplos; el Estado favorecía a Televisa en todo lo que le requiriera. Puedo decir sin temor a equivocarme que Televisa no sólo fue el instrumento de propaganda de un régimen autoritario y dictatorial, sino que ayudó a sostenerlo en el poder por décadas.
Pero el poder adquirido por Televisa durante el régimen priista, no sólo no menguó con el cambio de régimen, sino que creció. Durante la presidencia de Vicente Fox, Televisa vio reforzada su posición en la medida en que las medidas que adoptaba el gobierno respondían no a una dirección para el país sino a los índices de aprobación que reportaban las casas encuestadoras. Una medida era adoptada o no dependiendo de la “opinión pública”, que por cierto era forjada por el matiz con que era presentada la información por las televisoras –ahora dos: Televisa y Televisión Azteca-. Así, para ganarse el favor de los Grupos televisivos, en 2004 el Presidente Fox hizo importantes concesiones.
Las telecomunicaciones
En telecomunicaciones sucedió algo semejante. Hasta fines de los 80, Teléfonos de México, S.A., fue una empresa paraestatal con enormes deficiencias y formó parte del paquete de empresas que fueron privatizadas a comienzos de los 90. Sin embargo, y contrario a los principios del neo-liberalismo, la empresa se privatizó con el objetivo de maximizar el precio de venta, sacrificando con ello la oportunidad de sentar las bases para un mercado en el que floreciera la competencia. De hecho, la privatización de Telmex se ha utilizado como ejemplo de cómo no llevar a cabo una privatización. Tal fue el caso de Brasil, que privatizó el sector de telecomunicaciones en 1998 y que utilizó como referencias negativas para llevar a cabo el proceso, el caso de México y el de Argentina.
Para la privatización de las telecomunicaciones, Brasil optó por partir a las empresas creando tres regiones atendidas por tres operadores locales, y un operador de larga distancia nacional, otorgando concesiones a tres operadores locales y uno de larga distancia para crear competencia. Se condicionó la entrada al mercado de larga distancia a los operadores locales, y al mercado local al operador de larga distancia, al cumplimiento de compromisos de cobertura social muy agresivos, obligando a los operadores a prestar servicios hasta en las regiones más difíciles como en la mitad del Amazonas. Todo esto llevó a país a una década de desarrollo intenso de la infraestructura de comunicaciones que hoy le permite competir con los países más avanzados.
Entretanto, en México se privatizó la empresa de telecomunicaciones como un solo paquete, en el que se incluía la concesión para ofrecer telefonía celular en todo el país. Por si no fuera poco, a la empresa se le dio la exclusividad de ofrecer servicios de larga distancia por seis años, sin competencia.
Telmex se convirtió en una máquina de hacer dinero. Mes a mes recibe por lo menos $200 pesos por cada una de los 17 millones de líneas telefónicas instaladas. Pero además, en telefonía celular Telmex aprovechó su posición dominante, favoreciendo a su operación móvil por sobre sus competidores que todos los días enfrentan dificultades para prestar servicios. Eso sin contar las barreras que tienen que superar los operadores locales y de larga distancia que entraron a competir con Telmex a partir de 1996, cuando terminó su exclusividad.
La Televisión de paga en México
Los problemas de concentración de mercado en pocas manos no se limitan a los medios audiovisuales ni a las telecomunicaciones tradicionales, sino que, como cáncer, se ha expandido como a la televisión de paga, sea de cable o por satélite.
No es fácil entender las razones por las que a Televisa se le permitió crear la empresa de televisión por cable del Valle de México, cuando ya de por sí controlaba el mercado de la televisión abierta; es aún más problemático entender porque se le permitió adquirir el control de Direct TV, cuando por sus prácticas anticompetitivas fue artífice de la quiebra de dicha empresa al negarle el derecho a repetir las señales de televisión abierta de Televisa, dando con ello lugar a SKY. Pero es inexplicable que la Comisión Federal de Competencia le hubiera permitido adquirir el control de Cablemás, operador de cable en varias de las principales ciudades del país, y el 50 por ciento de participación accionaria en Cablevisión de Monterrey. Hoy, el 60 por ciento de la población mexicana tiene la posibilidad de ver los canales abiertos de Televisa –con una audiencia del 70 por ciento-, o la opción de contratar Cablevisión, Cablemás o Televisión de Monterrey (todas controladas por Televisa), o contratar a SKY, también de Televisa. Si ésto no es concentración de mercado, nada lo es.
Pero por si esto no fuera poco, en 2004 el Gobierno del Presidente Fox decidió refrendar sin contraprestación alguna, las concesiones de los grupos televisivos hasta el 2021, determinando que sólo hasta entonces las televisoras estarían en la obligación de digitalizar sus señales. Y por si esto no fuera poco, les otorgó un canal adicional sin licitación ni pago alguno, para que iniciaran transmisiones digitales en espejo para uno de sus canales.
Es de destacar que estos magníficos obsequios para los grupos televisivos se otorgaron dos años antes de que fuera otorgada la llamada “Ley Televisa”, que para cuando fue aprobada por el Congreso, ya no traía nada que a los grupos televisivos les interesara, puesto que a ellos ya se les habían refrendado sus concesiones con anterioridad. Finalmente, la batalla en contra de la defenestrada “Ley Televisa” se circunscribió al refrendo de las concesiones, pero únicamente a las de radio.
El refrendo con licitación genera más concentración
Siendo que las concesiones de televisión ya habían sido renovadas por hasta 23 años más, la discusión del refrendo automático de las concesiones que fue objeto de la decisión de la Suprema Corte de Justicia, en respuesta a la controversia constitucional interpuesta por un grupo de senadores en contra de la aprobación de la llamada “Ley Televisa”, fue el punto central. Desafortunadamente, la decisión de la Corte ha propiciado que los concesionarios de radio continúen en la incertidumbre jurídica de si sus concesiones les serán prorrogadas, y con ello con la incertidumbre financiera de si podrán recuperar sus inversiones en caso de digitalizar las señales, aspecto indispensable para optimizar el uso de las frecuencias y permitir abrir espacio para nuevos competidores.
Hay una gran diferencia en la iniciativa que impulsa el senador Carlos Sotelo, y la del Partido Acción Nacional. En la primera propuesta, además de propiciar la certidumbre jurídica de los actuales concesionarios por la prórroga de las concesiones, instruye al cambio de las normas técnicas que hoy imponen una separación entre estaciones de radio de al menos 800 KHz., para que el espaciamiento se disminuya a 400 KHz., lo que permite que coexistan al menos tres estaciones de radio donde antes habría dos.
Así, en caso de avanzar con la iniciativa de Sotelo, los concesionarios de radio que ahora no pueden realizar inversiones porque carecen de certidumbre jurídica y financiera, podrían invertir en la digitalización de sus señales mejorando la calidad de sus servicios, pero además el Estado tendría la posibilidad de licitar frecuencias para que existan nuevos espacios de radio, propiciando mayor competencia.
En caso contrario, si la prórroga de las concesiones de radio se condiciona a la licitación, en donde el único derecho del concesionario es el de preferencia en igualdad de concesiones, las estaciones de radio dejarán de invertir y posiblemente en los procesos de licitación se vean impedidos a presentar la mejor postura, puesto que los grandes grupos tendrán mayores recursos para presentar ofertas más altas. Esto conllevará a una mayor concentración de mercado en la radiodifusión.
Ahora bien, es cierto que es necesario que el legislativo debata y apruebe una nueva legislación para las telecomunicaciones, incluyendo medios audiovisuales, que siente las bases para fomentar el florecimiento de la convergencia digital. Sin embargo, hay medidas que exclusivamente dependen el ejecutivo en la conformación de la estructura de los mercados. Medidas como la licitación de frecuencias para dos o más cadenas nacionales de televisión abierta digital, la licitación de nuevas estaciones de radio digital; la construcción de una super-carretara de la información, -el llamado backbone de Internet-, que realmente sea competencia a la infraestructura de Telmex, hoy la única que abarca 80 mil kilómetros; la adopción de medidas para propiciar que nuevos grupos tengan la capacidad de ofrecer televisión por satélite mediante la utilización de señales de satélites extranjeros, y fórmulas para aprovechar la infraestructura existente para propiciar que la población menos favorecida tenga acceso a las tecnologías.
En realidad hay mucho que hacer. El problema es que los poderes fácticos determinan la voluntad de los actores políticos que promueven o detienen las acciones que puedan beneficiar o perjudicar los intereses de los grupos que hoy detentan posiciones dominantes en los mercados. Son esos poderes fácticos los que definen la vida política y económica de México. Hemos dejado en sus manos el poder de hacer o deshacer la democracia. Es eso lo que está en juego en esta discusión de una nueva iniciativa para una nueva Ley de Telecomunicaciones y Medios Audiovisuales. Y si nosotros, ciudadanos sin cargo pero conscientes de la importancia de las decisiones que los políticos deberán de adoptar en las próximas semanas, no participamos en ese debate y retomamos ese poder, no tendremos derecho a quejarnos de vivir en un país que diste de llamarse democrático.
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La autora es ex subsecretaria de Comunicaciones y Transportes y ex directora del Correo Postal Mexicano. Actualmente es articulista en el diario Reforma.

