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Washington, entre Andrés Manuel y Enrique Peña
Escrutinio No. 80
Edgar A. Valenzuela*
El pasado 15 de noviembre se dio a conocer el resultado de la encuesta que definió al virtual candidato presidencial de los partidos de izquierda rumbo a los comicios federales de 2012. Lo relevante de la noticia en mi parecer, no es el resultado en sí (muy cantado considerando la clara ventaja que siempre tuvo el líder de Morena respecto al actual Jefe de Gobierno), sino la respuesta que dieron amplios sectores de la oligarquía mexicana a tal hecho.
Hay luces claras que indican que “algo” cambió en favor del proyecto que encabeza Andrés Manuel López Obrador (AMLO), pues el recibimiento que dio la oligarquía mexicana a la noticia fue muy distinto a la forma en que trataron al líder de la izquierda en todo el proceso electoral de 2006. Por ejemplo, un día después de que AMLO fuese declarado ganador de la encuesta, Televisa, empresa que mantenía un férreo bloqueo mediático hacia el político tabasqueño, le abrió tras cinco años un espacio de más de trece minutos en horario estelar durante el Noticiero de Joaquín López Dóriga; o bien, dos días después, el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Mario Sánchez Ruiz, declaró que no veía al político tabasqueño como un peligro para México[1], contrastando claramente con la postura no oficial del organismo durante todo el proceso electoral de 2006.

Aunque si buscamos señales de cambio, las podemos rastrear a plenitud incluso desde antes del 15 de noviembre, cuando en octubre pasado la reaccionaria oligarquía regiomontana dio la nota al recibir con bombo y platillo al político tabasqueño en el encuentro Despierta México, resaltando la presencia de apellidos del peso de los Sada, Canales, Clariond, Romo, y Turner, entre otros. Dichos hombres pertenecientes al alto empresariado mexicano han estado ligados históricamente al PAN o al PRI, y en 2006 también consideraron la llegada del líder de la izquierda como un peligro para México[2], pero hoy incluso se han declarado abiertamente simpatizantes del proyecto que encabeza AMLO.[3]
Este virtual viraje podría parecer a muchos ojos escépticos (no sin mucha razón histórica, baste decir), una estrategia para desmontar un posible conflicto post-electoral del corte de 2006, al dejar prácticamente sin fundamento lógico la hipótesis del complot de la cúpula política y la elite empresarial para evitar que AMLO llegase al poder, pues habrían suficientes luces para demostrar el apoyo de la oligarquía al proyecto del candidato de la izquierda.

Sin embargo, las condiciones económicas, políticas y de seguridad difieren en mucho a las de hace seis años, donde efectivamente se fraguó un fraude contra AMLO avalado desde Washington (abordaremos el tema a detalle en otra ocasión), lo que nos hace pensar que el acercamiento puede ser más real de lo pensado. El impacto demoledor que ha tenido en México la crisis internacional que estalló en 2008 y la forma en que ha sido sobrellevada por la actual administración (a pesar de los discursos triunfalistas expectorados desde las entrañas de la hecatombe calderonista) son claras muestras de ello.
En respuesta a la increíble apertura del mercado mexicano hacia la importación de todo tipo de bienes y servicios de origen primordialmente norteamericano (proyectada en el TLCAN), la cúpula norteamericana ha decidido implementar una política de bloqueo a las importaciones, con el fin de alentar la producción interna y descargar en la economía mexicana al menos parte del peso de la crisis en su faceta económica. Ante ello, el sector empresarial debe regresar su mirada al mercado interno como fuente primordial de sus ganancias, aunque dentro del sector empresarial mexicano no todos los actores tengan las mismas motivaciones, como lo documenta Jeff Faux en su recomendable libro La guerra global de clases.
Esta disputa entre quienes empiezan a quererse librar de las ataduras del capital trasnacional y aquellos que tienen sus grandes reticencias ha devenido en una fuerte fractura de la oligarquía mexicana (palpable en el caso de las telecomunicaciones, por mencionar un caso) que hasta antes se había mantenido unida en torno al proyecto de mercado común norteamericano (TLC). Como bien deja ver Fernando Turner Ávila en la entrevista citada líneas atrás, de continuar con el actual modelo económico de saqueo y destrucción, un estallido social es muy factible si se considera la extrema polarización de la riqueza y la enorme presión a la que está siendo sometida la sociedad mexicana, incluyendo la instauración factual de un modelo policiaco-militar que asegure la continuidad del modelo, so pretexto de la guerra contra el narcotráfico, como lo ha desarrollado espléndidamente John Saxe-Fernández en muchas de sus colaboraciones con La Jornada.

Sin embargo, cometeríamos un gravísimo error de juicio muy recurrente entre muchos analistas políticos (o que al menos insisten en parecerlo, ¡hasta en las redes sociales!) que caen en lo que Alfredo Jalife-Rahme ha denominado aldeanismo[4]; si creemos que AMLO tiene el camino rumbo a Los Pinos más sencillo que hace seis años tan sólo porque ahora contaría con dos grandes pilares: el apoyo popular y parcialmente el visto bueno del “alto” capital mexicano.
Aún le falta la palomita más importante: el visto bueno del gran elector localizado en Washington.
Y es precisamente en este aspecto donde el abanderado priísta para la contienda presidencial de 2012, Enrique Peña Nieto (EPN), ha tratado de aventajar a AMLO e incluso a últimas fechas de resarcir sus derrotas internas, tomando como padrino para tal efecto ni más ni menos que a John D. Negroponte en lugar del ex presidente Carlos Salinas de Gortari.[5]
Con miras a buscar el favor de Washington, EPN ha lanzado sin vacilación alguna sus dos respectivas líneas a seguir en caso de ser el ganador en 2012 en el mismo territorio norteamericano al proponer abrir el sector petrolero mexicano al capital privado nacional y extranjero (quitando de una vez por todas la piedra en el zapato que ha significado para Estados Unidos la expropiación petrolera de 1938, y anulando de tajo el valor geoestratégico que posee el energético, potenciado infinitamente ante el peak oil); y continuar el mismo modelo de combate al narcotráfico que instauró Calderón bajo el beneplácito norteamericano.[6]
Lo que tenemos pues es mucho más claro incluso que en 2006: una lucha férrea entre dos proyectos de Nación diametralmente opuestos. Por un lado, AMLO representa el cambio de paradigma económico que tanto hace falta al país para salir de la hecatombe que han significado los ya casi 30 años de política neoliberal, y que empieza a ganar adeptos incluso dentro del sector empresarial que antes apoyaba el esquema; por el otro, EPN no sólo es la continuidad, sino la profundización del modelo neoliberal en su faceta policiaco-militar para evitar un posible estallido social y que pueda permitir seguir exfoliando la riqueza nacional a costa del bienestar de su población.

¿Por cuál de los dos se decidirá Washington? No es fácil de saber dado el tamaño y multidimensionalidad de la crisis hegemónica por la cual atraviesa la otrora superpotencia, sin decir que se prevé que ante los descalabros militares que ha tenido en medio oriente (Irak, Afganistán) regrese a resarcirse a su zona de confort: el continente americano, particularmente Latinoamérica. Sin embargo, la cúpula norteamericana no se puede dar el lujo de tener incendiada su frontera sur (teniendo en cuenta la alta sensibilidad social que existe respecto al tema petrolero y el clima de exorbitante conflictividad y polarización social) cuando libran una guerra contra el mundo en general y contra China en particular (hoy en su faceta financiera, mañana muy posiblemente en la alimentaria e incluso militar), a riesgo de tener que intervenir militarmente en ella para asegurarse el vital suministro de petróleo mexicano y caer en lo que Paul Kennedy ha denominado sobre-extensión estratégica, es decir tener que hacer frente de manera prácticamente simultánea a una gran cantidad de problemas, sin contar con la debida fortaleza.[7]
En mi humilde entender, dadas las circunstancias que privan en el mundo y en México, AMLO tiene más posibilidades aún que en 2006 de ganar y obtener el aval de Washington, siempre y cuando su modelo se acerque mucho al de Lula: mayor libertad política y económica sin tocar (e incluso ahondar) los enormes negocios del sistema financiero centrado en Wall Street.
Aunque algo es cierto: la negociación no será fácil para ninguno de los dos, y de que se priorice el bien común en ella dependerá si se aprovecha la brecha de oportunidad única que supone la actual crisis, como en Suramérica, o se tira por la borda el futuro de la Nación.
[1] AMLO no es un peligro: CCE. El Universal, jueves 17 de noviembre de 2011.
[2] Ramón Alberto Garza. El Parteaguas en Reporte Índigo, 7 de octubre de 2011.
[3] Vamos a apoyar a AMLO porque él puede sacar adelante a México: líder empresarial. La Jornada, 20 de noviembre de 2011.
[4] Dicho concepto ha sido recurrentemente utilizado en su cátedra impartida en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde tengo el enorme orgullo de colaborar con él, y consiste en tratar de explicar la dinámica nacional sin tener en cuenta el orden mundial del momento.
[5] Para más, véase Petróleo y Sucesión*, Escrutinio n° 78.
[6] No acabará guerra contra el narco si el PRI regresa a Los Pinos: Enrique Peña. Milenio, 11 de agosto de 2010.
[7] Para más, véase: Kennedy, Paul. Auge y caída de las grandes potencias. De Bolsillo, España, 2004. 1021 pp.


18 DICIEMBRE, 2011
ROSA MARIAEl pri será capaz de vender a la patria ante la potencia contal de llegar alos pinos.
22 DICIEMBRE, 2011
JAIMEMuy interesante la reflexión
03 FEBRERO, 2012
VICTORLa lucha por el poder..... fraude electoral no es dificl de esperarse.
pero si, apoyar a amlo