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Una crónica del terremoto en Japón
Escrutinio No. 66
Virginia Valdivia
Fotografías por Gabriela Cabrales
Era viernes 11 de marzo de 2011, se respiraba aire caliente y el sol brillaba anunciando el preludio de la primavera. A las 2:45 de la tarde, en el interior de mi casa se escucharon las ventanas vibrar, mi primera impresión fue pensar que era el viento fuerte de Tokyo que provocaba este sonido, yo me encontraba subiendo las escaleras de mi guesthouse pero al detenerme me di cuenta que era un temblor muy fuerte.

Como mexicanos estamos acostumbrados a salirnos de nuestras casas para refugiarnos en una zona en donde no nos pueda caer nada de lo que se derrumbe con el terremoto, empero los japoneses prefieren quedarse dentro de sus casas puesto que su ingeniería es buena y resistente a los terremotos, y es mucho más seguro para ellos permanecer dentro de sus casas. Así que como mi cultura sísmica me lo indicaba, me salí del guesthouse junto con un compañero inglés. Afuera, los árboles, los cables, los postes, las casas, absolutamente todo se movía, incluso era complicado mantenerse de pie; y efectivamente, no había gente en la calle, éramos sólo los extranjeros quiénes nos encontrábamos fuera.
Después de varios minutos de temblor, decidimos resguardarnos en el interior de la casa; íbamos camino a la puerta principal cuando volvió a temblar por segunda ocasión, sintiéndose casi de la misma magnitud que el primero.
Ya en casa los medios de comunicación empezarían a dar noticias sobre el terremoto, calculando una intensidad de 8 grados Richter. Después corroborarían dicha información señalando un terremoto de 8.9 grados Richter (confirmado por la Agencia Meteorológica de Japón). Hay que recordar que dos días antes del terremoto, el 9 de marzo de 2011, Japón ya había sufrido un sismo de 7 grados Richter.
Durante todo el día tembló, aproximadamente cada 15 o 20 minutos, hasta la fecha siguen habiendo réplicas de dicho terremoto.
Aproximadamente 45 minutos después del terremoto un tsunami golpeó las costas del norte de Japón. El terremoto, aunado al tsunami, provocaron que el sistema de refrigeración de uno de los reactores de la planta de Fukushima fallara, sumando a los desastres naturales el riesgo nuclear, afectando la fuente de electricidad de Japón.
Como consecuencia del terremoto, el tsunami y la situación nuclear (siendo ésta su principal fuente de energía eléctrica), los japoneses regresaron a sus casas caminando a falta de transporte público, haciendo horas de camino, o bien, tuvieron que pasar la noche en su lugar de trabajo. Las líneas telefónicas se mantuvieron ocupadas y era imposible comunicarse mediante este medio; sin embargo el internet permanecía funcionando.
Durante todo el día del viernes se sintieron réplicas del sismo de entre 5 y 7 grados Richter.
Al día siguiente del terremoto, las líneas del metro no funcionaban regularmente y había que confirmar vía internet si la línea que uno iba a ocupar estaría operando o no. Asimismo, se advirtió a la población en Tokyo de posibles apagones de luz en la ciudad, así que los japoneses se dispusieron a comprar lámparas, velas y todo lo necesario para este escenario. En el mismo sentido, curiosamente, no dejaron de recargar sus celulares para, en caso de emergencia, tener como comunicarse, signo de que es una nación muy acostumbrada a la tecnología. La televisión japonesa no dejó de mostrar las escenas del tsunami y los destrozos por el terremoto. Se mostraba también con imagen y sonido cuando se presentaban réplicas y se informaba el epicentro y la intensidad de éstas.

Dos días después del terremoto se podía ir al supermercado y observar sólo unos cuantos estantes vacíos, la gente se llevaba sopas instantáneas más que alimentos enlatados y no se podía encontrar ni leche ni agua embotellada, y evidentemente, tampoco había productos de la prefectura de Fukushima, zona afectada por el desastre nuclear. Era sorprendente observar el desastre en un país de primer mundo puesto que, a diferencia de nosotros, el gobierno y la población de Japón se encuentran mucho más preparados. No dejaban de abastecer los supermercados a pesar de que este país importa más del 60% de sus alimentos. Se sentía un ambiente tenso y, a pesar de la inexpresividad de los japoneses, se observaban temerosos, incluso se notaba una forma más pausada de caminar en las calles después de ocurrido el terremoto.
La gente salía a comprar víveres pero lo hacía de forma calmada y manteniendo el orden en todo momento. El uso del coche se incrementó debido a la posibilidad del no funcionamiento de ciertas líneas del metro.
Aunque había advertencias de recortes de electricidad, la ciudad de Tokio no los sufrió probablemente por la electricidad proveniente de Rusia que el gobierno japonés empezó a importar a raíz del terremoto.
La ciudad era, constantemente, monitoreada por helicópteros y patrullas, las calles se volvieron a pintar y a arreglar a los dos días del terremoto. La gente regresó a sus actividades normales. Las embajadas europeas advirtieron a sus connacionales salir del país y muchos europeos dejaron Japón.
La embajada de México no hizo más que recomendaciones y puso a disposición de los mexicanos un avión para regresar a México y un autobús para trasladarse al sur de Japón (Osaka).
El día que decidí salir del país, los transportes hacia el aeropuerto Narita (el cual se encuentra en la prefectura de Chiba, a una hora de la ciudad) eran sólo dos, de los cuales el más accesible fue el skyliner. Al llegar al aeropuerto había demasiada gente queriendo salir del país, incluso había gente durmiendo en el aeropuerto, pero no había pánico. Lo que sí había eran filas larguísimas para la documentación de las maletas. La mayoría de la gente eran extranjeros, eran pocos los japoneses que querían dejar su país; sin embargo, muchos estaban viajando hacia el sur de Japón para refugiarse del problema nuclear.
La organización del gobierno japonés ante los desastres es mucho más ordenada y eficiente que la de nuestro gobierno, y aunque esto parece obvio, se puede ejemplificar con lo siguiente: en la prefectura de Miyagi, la zona afectada por el tsunami y el terremoto, sobre todo en su capital, Sendai, pusieron a disposición de los damnificados un teléfono para que contactaran a sus familias y se publicaron en internet los nombres de las personas que se encontraban en los albergues. Por otro lado, los productos procedentes de la prefectura de Fukushima, debido a la contaminación nuclear, no se están distribuyendo a lo largo del país; la televisión dedica a toda hora una transmisión sobre lo que acontece en relación a estos desastres naturales y nucleares. Asimismo, como ya se menciono, cada que ocurre una réplica la tele lo anuncia con un sonido seguido de la información sobre el epicentro y la intensidad de ésta. Existe un abastecimiento constante de los supermercados y ahorro de energía en toda la ciudad de Tokio, algo que causa impacto visual y emocional (la ciudad de luz se ha convertido en una de obscuridad). Sus espectaculares, anuncios y televisiones en la calle han sido apagados. Otro ejemplo son las declaraciones constantes del primer Ministro Naoto Kan e incluso la aparición inusual del emperador japonés (este hecho es sumamente importante ya que el emperador sólo hace apariciones públicas para su pueblo dos veces al año).
Así es cómo se vive el desastre en un país de primer mundo como lo es Japón: con organización, esperanza y poca expresividad ciudadana.


19 ABRIL, 2011
JAIME HERNáNDEZExcelente crónica virginia. hay bastante que aprender de los japoneses.