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Entrevista con Enrique Serna
Escrutinio No. 25
Como escritor, Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) ha desarrollado la narrativa y el ensayo. Después de un breve periodo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM estudiando Periodismo, decidió que su vocación eran las letras y se cambió la carrera de Letras Hispánicas en la misma universidad.
En su faceta de ensayista, ha colaborado en la revista Letras Libres y actualmente en Nexos; su libro más reciente es Giros negros (2008). Como narrador, tiene publicadas varias novelas y cuentos, entre las cuales destacan las colecciones de cuentos Amores de segunda mano (1993) y El orgasmógrafo (2001), así como las novelas El miedo a los animales (1995), Ángeles del abismo (2003), Fruta verde (2006) y El seductor de la patria (1999),
Con motivo de esta última novela, una autobiografía apócrifa del dictador Antonio López de Santa Anna, fue invitado a la FCPyS para llevar a cabo una charla sobre el género de la novela histórica el pasado viernes 8 de mayo. Sin embargo, pronto la reunión se convirtió en un ameno coloquio, que discurrió por diversidad de temas según las preguntas o inquietudes de los asistentes, desde el arte de escribir hasta el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y su repunte en las preferencias electorales. A continuación, Escrutinio da cuenta de las palabras del escritor.
Un escritor, un lector
Enrique Serna cuenta cómo se inició en las letras: "La historia de un escritor es siempre la historia de un lector. Yo me hice lector por imitación de mi madre, que era una lectora muy ávida y leía lo mismo best-sellers que obras maestras de la literatura universal.
"Esa literatura que me habían enseñado como un placer, como un entretenimiento —que yo creo que es la mejor manera de acercarse a la literatura— hizo crisis en la preparatoria porque me tocó una maestra de literatura que era muy aburrida, que se dedicaba a dictar fichas de autores (...) Entonces, yo para escapar de esta tediosa clase de literatura, escribí un cuento, un cuento fantástico que ocurría dentro de una caja de cerillos, y los personajes eran los cerillos. Se llamaba La bóveda. Entonces, ese cuento lo mandé a un suplemento cultural, me lo publicaron, sentí que había descubierto mi vocación y a partir de ahí me lancé a esta carrera.
"No fui un escritor precoz. Me llevó casi como diez años dominar un estilo para hacer algo más legible, y luego ya regresé a este género con Amores de segunda mano, que fue mi primer libro de cuentos. Lo publiqué casi 12 años después".
Para comenzar a publicar sus novelas, le ayudó el escaparate que significó escribir en el suplemento Sábado del periódico Unomasuno, pues reconoce que no es fácil que le publiquen a un desconocido. "Yo ya llevaba dos novelas en el cajón", cuenta.
Un escritor, considera, tiene que leer de todo, desde poesía, drama o ensayo hasta textos de ciencia política, historia u otras disciplinas. Recalca sobre todo la importancia de leer poesía y drama, pues son el condimento de cualquier género, lo enriquecen.
Reconoce la existencia de libros o textos que cambian la vida, aunque puntualiza que eso sólo puede ocurrir con el lector joven, pues es muy difícil que el maduro, con sus opiniones y visión del mundo ya formadas, conozca esta conmoción. En su caso, cuenta que para su infancia, un libro decisivo y catártico fue Corazón. Diario de un niño, de Edmundo de Amicis; al entrar a la FCPyS se llevó un gran impacto con El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Friedrich Engels y, más adelante, aprecia lo que en su vida dejaron autores como Oscar Wilde, Henry Miller y Rubén Darío.
El proceso de creación literaria
No hay un esquema para escribir una buena novela, asegura Serna. Uno de los resultados de creer esto, apunta, es la existencia de la "literatura de fórmula", fenómeno de mercadotecnia que consiste en la imitación y repetición hasta la náusea de la misma formula que funcionó una vez. Ejemplifica con El código Da Vinci y el alud de novelas de misterio religioso que le siguieron y que no eran más que una calca del afamado best-seller. Lo mismo ocurre con las telenovelas, señala quien en una época de su vida se dedicó a escribir este género.
Con todo, encuentra algunas sugerencias básicas para confeccionar narrativa de calidad, y enuncia una: el respeto a la psicología de los personajes, el respetar su modo de ser y de actuar, pues violentarlo le resta verosimilitud, y el lector desconfía.
Se le pregunta si encuentra algún defecto inherente a la literatura mexicana en general. Tras pensarlo unos momentos, responde: "el miedo a la exhibición autobiográfica", donde los autores procuran esconderse, no dejar ver mucho de sí mismos en tanto seres humanos que son y tratan de escudarse tras personajes supuestamente ajenos a su propio ser. Una de las consecuencias de esto, dice, es la ausencia a lo largo de la historia de las letras nacionales de obras al estilo de las Confesiones de Rousseau, por ejemplo, donde el ilustre pensador francés saca a relucir secretos y perversiones, como el de su gusto por salir a las calles cubierto tan solo por una gabardina y mostrarse desnudo a las mujeres que encontraba en los caminos.
(El mismo Serna llevó a cabo en su novela Fruta verde el ejercicio nada fácil emocionalmente, según ha dicho, de trasladar a su personaje de ficción intimidades muy personales, sobre todo relacionadas con la homosexualidad).
Por eso afirma: "uno no siempre escapa de sí mismo, siempre le queda algo tuyo a los personajes (...) Yo creo que una de las cosas más interesantes en la creación literaria es el poderte pasar a otra vida, poderte sentir en un momento que eres una mujer, un personaje histórico, etcétera".
¿Qué parte del proceso de escribir disfruta más?, se le pregunta. "Yo disfruto mucho cuando ya está escrita la novela y es tiempo de corregirla: los puntos finos de estilo, el acabado, porque en esos momentos siento que ya engendré el artefacto, la criatura, que ya estoy puliendo, que yo trato de perfeccionarla o enriquecerla, mientras que la circunstancia de engendrarla, el empezar de cero, puede ser muy angustioso, porque es una montaña".
A otra interrogante, responde categóricamente que no considera ninguna de sus obras como la mejor o su favorita: "No tengo preferencias".
El humor negro
Corre a lo largo sus novelas y cuentos, como aderezo indispensable, una vena satírica fácilmente reconocible por sus lectores, esa mordacidad, ese tono de escarnio que es su sello personal.
Aunque su incursión en el mundo de la lectura la efectuó principalmente con la literatura fantástica, relata: "Empecé a cambiar eso en parte por mis experiencias literarias y en parte por mis vivencias. Es decir, cuando empecé a trabajar para ganarme la vida, cuando empecé a descubrir la doble moral de la familia, la propensión de mucha gente a convertir el amor en una dependencia neurótica, el esnobismo de raíces socioeconómicas, etcétera; todo esto me llevó a tener una inclinación muy fuerte por los escritores satíricos, por los escritores que han buscado el lado grotesco de la realidad". Entonces descubrió su pasión por el humor negro.
Menciona como uno de sus autores favoritos en el género al francés Villiers de L´Isle-Adam y sus cuentos de manifiesta crueldad. "El humor negro te ayuda a sobrevivir ante aspectos de la vida que te pueden destruir o derribar", afirma, pues ayuda a reírse de ellos. La misma cultura mexicana, recalca, está impregnada de ese humor que se ríe de las miserias más lamentables de nosotros mismos como cultura o de lo más terrible a lo que uno se puede enfrentar, que es la muerte.
La novela histórica y otros géneros
Habla sobre la novela de género: "Entre algunos críticos hay un prejuicio de que la novela de género tiene que ser un género barato de entrada, y eso sí no lo creo"; declara que muchos escritores de novela policiaca, histórica o de otros géneros tienen madera para perdurar. Lo que ocurre, explica, es que en la novela de género "ya hay unas ciertas reglas establecidas, y uno puede ser elástico, no seguir todas esas reglas, pero tampoco desconocerlas por completo. El reto es, dentro de esas reglas, aportar algo enriquecedor". Lo asemeja al juego de ajedrez, que aunque tenga una antigüedad milenaria, sigue conociendo innovaciones, nuevas jugadas, movimientos, gambitos.
En particular, reflexiona sobre la novela histórica, género de dos de sus obras: El seductor de la patria, biografía del 11 veces presidente de México Antonio López de Santa Anna, y Ángeles del abismo, especie de picaresca ambientada en el periodo colonial. La novela histórica, define, es "un género que quiere hacerse pasar por verdad, una verdad subjetiva, que sólo tiene validez dentro de los límites de la ficción, mientras que la historia aspira a la verdad objetiva, y digo aspira, porque los historiadores tampoco tienen una verdad objetiva; siempre tienen una línea política o ideología, y desde ese punto de vista están narrando el pasado con la intención de llevar agua a su molino".
Puntualiza: "Hay quien tiende a creer que las novelas históricas son más meritorias" por la investigación que implican, que en este sentido son más serias, "pero eso sí yo no lo creo. Yo creo que lo importante en la creación, son los momentos de inspiración, el esperar a que lleguen las ideas, y eso lo puedes tener sin investigación".
El novelista histórico, prosigue, tiene la oportunidad de iluminar los episodios que la historia deja a oscuras, desvela los acontecimientos que nunca se registraron, llega a la intimidad de los grandes personajes, sus pasiones, los defectos, traumas e insatisfacciones. Y lo hace con base en intuiciones.
En el caso de El seductor de la patria, por ejemplo, Serna elabora un complejo y detallado retrato de Santa Anna, basado en una descripción hecha por Justo Sierra, donde se menciona que el dictador se comportaba con la patria como Don Juan con las mujeres: después de un proceso de seducción y conquista, donde obtiene todo lo que quería de ellas, las explota y saquea, se desinteresa y huye. Al llegar las "dificultades conyugales" con la nación, en otras palabras las responsabilidades arduas del gobierno, Santa Anna prefiere escaparse y delegar sus funciones. En otras palabras, es el oportunista por antonomasia. Ama la gloria: los homenajes, la celebridad, el fasto, pero se desentiende cuando se termina la fiesta. "Yo creo que si Hidalgo fue el padre de la patria, Santa Anna fue su padrote".
En la novela, el Santa Anna de Serna se decide, de una vez por todas, a sincerarse con la posteridad y escribir unas memorias que puedan ser conocidas tras su muerte. Con este hecho como punto de partida, Serna elabora la biografía del dictador basándose no sólo en la propia voz cínica y desvergonzada de éste, sino en la de otros tantos personajes, entre ellos su hijo y un militar afecto, así como una multitud de documentos, cartas, diarios, etcétera, con el objetivo de que el lector decida a quién creerle y, cual historiador ante una serie de fuentes divergentes, construya su propia verdad.
Reflexiona: "Yo creo que la vida de la canalla interesa más que las vidas ejemplares (Juárez, Hidalgo, etcétera), porque nos enseña más sobre la condición humana (...) Esos estudios de la mente criminal, como de la voluntad de poder, que hacen que te involucres con estos personajes, creo que hacen que el lector se ponga en guardia contra sus propios instintos criminales o sus propios instintos de dominación". Algo similar pasa en el melodrama, pero de modo más simple, al lograr que el espectador se identifique, por lo general con la víctima buena e inocente. "Con mis personajes de El seductor de la patria, yo creo que justamente (me propuse) que el lector reconociera en sí mismo al pequeño Santa Anna que todos llevamos dentro; yo creo que esto es más interesante que el melodrama".
De Santa Anna al PRI: la cultura mexicana del autodesprecio
Para Enrique Serna, quién escribe novela histórica no puede evitar, al igual que el historiador, verter algo del presente en el pasado. "El novelista histórico vuelve los ojos hacia el pasado, pero teniendo muy en mente la política contemporánea de su país. O sea, está tratando de ver hacia el pasado para decirle algo a sus lectores del presente".
Así, la biografía de Santa Anna se convirtió en ocasión perfecta para indagar las raíces de toda una serie de problemas endémicos del pueblo mexicano. "El concepto de la patria misma era una marca que ellos estaban explotando donde no había el menor sentimiento nacional, ningún proyecto de país; por ejemplo, la gente que vivía por Yucatán o Zacatecas no se sentían mexicanos. Era un país en ciernes que estaba en todo momento en peligro de quedar desintegrado o incompleto". Así y todo, Santa Anna se presentaba como la encarnación de ese ente: "La patria soy yo".
"Yo creo que cuando los defectos de un personaje tan corrupto y tan oportunista pasan a formar parte de la idiosincracia popular, se crea una cultura del autodesprecio". Las clases pudientes, el ejército y el clero, quienes pusieron una y otra vez a Santa Anna en la presidencia, estaban al corriente de sus defectos, pero se le veía como "un mal necesario, el mal menor" en comparación con otros peores. Esta actitud, señala el escritor, ya indica un cierto autodesprecio, "en el sentido de que realmente sentían que no podían merecerse otra cosa mejor. Yo creo que esa cultura empieza a gestarse desde ahí, es una cultura de la que todavía los mexicanos no hemos podido sacudirnos".
Alude entonces al régimen de partido único que dominó México a lo largo del siglo XX: "es un partido que también pretende presentarse como la personificación de la patria, porque ha usurpado en su escudo los colores de la bandera. Entonces, durante muchos años muchos mexicanos pensaron que el PRI era una fatalidad que debía aceptarse casi casi como una tara genética, porque no había otro remedio. Y desgraciadamente, creo que esta es una ideología derrotista que no ha muerto todavía: ahora el PRI está en el primer lugar de las encuestas electorales, lo cual indica que pasa algo bastante grave todavía dentro de la psicología social de los mexicanos, que es el votar o el elegir a un partido a sabiendas de que va a hacerte daño".
En su faceta de ensayista, Serna ha tratado en forma recurrente el tema del PRI. Ahora, insiste: "Desde Santa Anna hasta la fecha siempre se crea la ilusión de que estos gobiernos donde reina la rapiña, donde todo está permitido, van a salpicar a algunas personas que van a quedar beneficiadas con esto; es una ilusión que el PRI logró mantener durante mucho tiempo; yo creí que había desaparecido, pero veo que ahora vuelve a renacer".
Al escribir El seductor de la patria, Serna tenía muy en cuenta la figura de Carlos Salinas de Gortari, quien se asemeja a Santa Anna en el contraste entre el furor que llegó a despertar en un momento (a pesar de haber llegado sin legitimidad a la presidencia) y el odio que suscitó ya después, transformado en el villano favorito. "En la sociedad mexicana, con respecto a Santa Anna y a Salinas, hay un infantilismo político bastante similar, puesto que la gente actúa como si la llegada de estos personajes al poder fuera una llegada providencial, en la que ellos no hubieran tenido ninguna participación.
”La sociedad mexicana tiende a negar su complicidad con los pillos a los que encumbra, cuando es un hecho que nunca se hubieran encumbrado si hubiera habido una oposición más férrea o si no hubieran contado con esos apoyos sociales que los sostuvieron en el poder, como en el caso de Salinas, que logró esta aparente legitimación durante su sexenio". El seductor de la patria, en este sentido, "narra la historia de un tipo que logró encumbrarse gracias a la apatía, a la indolencia o al autodesprecio de una sociedad que lo permitió".
Así, el escritor se declara opuesto "a toda una corriente autocomplaciente que me parece que hay mucho en México, y sobre todo en alguna literatura panfletaria, que es la de darle coba constantemente al pueblo mexicano, de que ‘¡oh, cómo se esforzaron!’, ‘¡qué maravillosa conducta hemos tenido en esta epidemia! ’, el temblor (del 85), etcétera, porque yo creo que son cosas que nos conducen al autoengaño, y creo que hace falta más bien exhibir este tipo de conductas que me parecen aberrantes y grotescas, como el hecho de que ahora, por ejemplo, el PRI vuelva a estar en los primeros lugares de las encuestas electorales, porque te hacen ver que una gran parte de la sociedad mexicana lo que necesita realmente es una fuerte sacudida; o sea, necesita que le muestren, ¡de verdad!, que le pongan un espejo delante y le hagan ver lo que ha permitido y lo que propicia".
Esta fue una de las razones por las que escribió El seductor de la patria. Sin embargo, aclara que "es muy utópico pensar que la literatura cambia a las sociedades", y menos en un país donde apenas el 1% de la población lee periódicos, y menos todavía novelas o literatura en general. "Puede ir cambiando poco a los individuos", y ésa por sí sola, asegura, es una gran virtud.
