Español: lengua oficial de la nación mexicana

21 Febrero, 2012
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Roberto Soriano
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Escrutinio No. 83

Hace unos días, después de impartir clase, me quedé en el salón llenando unos formatos administrativos. En eso, una muchacha que trabaja haciendo el aseo en la preparatoria, entró al salón de clases. Para aprovechar el tiempo me preguntó si podría iniciar el aseo. Le dije que no había ningún problema. Así, comenzamos a platicar de cosas cotidianas. Durante nuestra conversación noté que su forma de hablar español era particular. Era un español comprensible y a través del cual me hacia comprensibles sus ideas. Sin embargo, al no ser su idioma materno, noté que podía decir menos de lo que estaba pensando. Le pregunte que si hablaba otro idioma, a lo cual respondió que sí. Noté que comenzaba a abochornarse. Le pregunté con bastante tiento qué idioma hablaba. Bajó la cabeza y no me respondió de inmediato. Después de un momento me respondió que ya no se acordaba. A todas luces eso era una mentira. Más bien trataba de ocultarlo. Para este momento, ella mostraba mucho mayor reserva para conmigo. Tratando de salvar la incómoda situación le pregunté que de dónde era. Me respondió que es de la Costa Chica de Guerrero. Esta respuesta también me la ofreció con muchas reservas. Le hice pues la pregunta directa: ¿te da pena decirme todo esto? Ella se quedó callada. Después de cavilar un rato contestó que no lo decía ya que esto era causas de “maltrato”. La gente la maltrata por ser indígena, por hablar su lengua materna; por decir de dónde es; por ser quien es.

Poco después me contó que tenía dos hijos. Ellos son “chilangos”. Esto lo dijo con una especie de orgullo. Le pregunté que si su hijos hablaban su misma lengua. Me dijo algo indignada que no: “ellos hablan puro español”. Me disculpé por si la había ofendido. Dijo que no había problema. Después comenzamos a platicar de otras cosas. Al final, cuando me despedí de ella y me retiraba del salón me dijo que la próxima vez se acordaría de su idioma. Supongo que ese idioma podría ser mixteco o amuzgo o chatino. Sospecho que lo sabré la próxima vez. Tanto ella, yo y millones de mexicanos cargamos una pesadísima cultura racista, discriminatoria y excluyente que define nuestra “nacionalidad mexicana”.

La cultura mexicana está cargada y sobrecargada de racismo y discriminación cuyas raíces son históricas. Racismo y discriminación que permean todas las actividades de nuestra vida cotidiana. Racismo y discriminación que alimentamos muchas veces sin siquiera estar al tanto. Mucho se ha dicho y se ha escrito al respecto, parecería que en vano.

El nacionalismo mexicano, cuyo desarrollo histórico generó la axiología cultural que tenemos a la fecha, se constituyó desde sus inicios en la pugna entre criollos (hijos de españoles nacidos en América) y españoles peninsulares, así como en una relación de diferenciación y exclusión hacia las castas novohispanas.

Los criollos ocupaban un lugar privilegiado en la jerarquía social. Se encontraban inmediatamente debajo de los españoles en una estructura jerárquica. Sin embargo, la Corona española les impedía ejercer los cargos más altos del gobierno virreinal y a otras actividades productivas lucrativas. De manera que los criollos, alrededor de una movilización política, comenzaron un proceso de conformación de identidad propia. Para diferenciarse de los españoles, los criollos no podían usar la lengua ni la religión, ni muchos otros elementos culturales ya que eran los mismos y éstos les servían para diferenciarse de los demás grupos étnicos de la Nueva España. De esta manera, para construirse su identidad tuvieron que recurrir a un “origen” histórico, a un pasado diferente del de los españoles, así como a la reivindicación de la tierra de su nacimiento. Reconstruyeron con tientes de grandeza a las culturas mesoamericanas. Asumieron su grandeza como propia, como la prueba de su propia grandeza.

                En su construcción identitaria, los criollos adoptaron la pretendida superioridad de los españoles sobre los indios. En un principio, esa superioridad se basaba en la “verdad absoluta” de la religión católica. Después, en el siglo XVIII y XIX se añadió a esto la certidumbre que daba la razón. Misma de la que eran portadores los españoles y los mismos criollos, sobre los indios. Para ejemplificar esto, se puede hacer referencia a un extenso alegato que en 1771 el Ayuntamiento de México (representado en el documento por Antonio Joaquín de Rivadeneira) presentó ante la Corona española a favor de que los criollos ocuparan puestos gubernamentales. En el documento se denuncia que se ha hecho una “guerra” “desde el descubrimiento de la América” a los mismos americanos; se desacredita en “los indios o naturales, que son nacidos, y traen su origen de ella”, la facultad de la racionalidad. De igual manera se desacredita a los “que de padres europeos hemos nacido en este suelo, que apenas tenemos de razón lo bastante para ser hombres”.[1] El primer argumento a favor de los criollos y en general de los americanos es su lealtad inquebrantable hacia los reyes españoles. En segundo lugar se aduce el “derecho de las gentes”, el cual “[t]rae su antigüedad desde antes de la ley evangélica, y el mismo Dios la reconoció altamente impresa en los corazones de su pueblo”.[2] Señala el documento que el europeo sólo quiere enriquecerse y a fomentar la codicia a costa de las provincias americanas.

El documento es muy claro al señalar de a quién se está refiriendo la reivindicación. No a los indios, sino a los europeos americanos: “hablamos no de los indios conquistados en sus personas, o en las de sus mayores por nuestras armas; sino de los españoles, que hemos nacido en estas parte, trayendo nuestro origen puro por todas líneas, de los que han pasado en la antigua España”.[3] La distinción entre americanos criollos y americanos “indios” se marca bien. Los españoles americanos pertenecen a otra “raza o a “otro “linaje”, el español europeo. Los “indios”

 

por descendientes de una raza, o en que quisiera dar Dios ese castigo, o por individuos de una nación sojuzgada, o acaso por la poca cultura que tienen, aun después de dos siglos de conquistados nacen en la miseria, se crían en la rusticidad, (…)viven en la vergüenza, sin honor y sin esperanza; por lo que envilecidos, y caídos de ánimo tienen por carácter propio el abatimiento.[4]

 

Con el movimiento político de independencia, los criollos españoles, no sin la ayuda decisiva de los otros grupos étnicos, lograron acceder al poder político de la ya nación mexicana. Desde su posición privilegiada, a través de un proyecto político ilustrado decretaron la eliminación de las diferencias políticas, sociales y culturales de la nación. Crearon constituciones que teóricamente asumían la igualdad y la libertad. Pero esa igualdad se apuntalaba en el mismo modelo cultural que los criollos habían formado en su proceso de conformación de identidad cultural y política. La aspiración era su cultura. Una cultura regida por los principios de la Razón que condenaba a todos los humanos a ser iguales y libres. Quienes se oponían a estos principios eran condenados como reaccionarios o lastres para el progreso de la nación.

La imposición del modelo, de la Razón, se hizo por la fuerza, con una violencia descomunal. Las comunidades indígenas fueron brutalmente atacadas. Con la instauración del régimen liberal bajo la figura de Benito Juárez y las Leyes de Reforma, se suprimió legalmente la propiedad comunal de la tierra. Este acto atacó directamente cuatro elementos principales de la vida comunal indígena: el gobierno de los ancianos; el sistema de servicios comunales y de establecimiento de autoridades; las celebraciones del culto de acuerdo al patronato de clérigos y de cofradías; y el control comunal de la tierra. Además, las medidas políticas liberales atacaron virulentamente a las concepciones cosmogónicas indígenas a través de la creciente imposición de la lengua española como única forma válida de concebir la realidad. El español fue el símbolo del progreso, el símbolo de la nación independiente, el símbolo de la autonomía y de la libertad. El símbolo de que los americanos, los mexicanos tenían las capacidades y posibilidades racionales que se le había negado.

El proyecto criollo de nación representa el enaltecimiento de la hispanidad “propia” (americana) en contra de lo no-hispánico. La hispanidad tiene que ver con una serie de constructos imaginarios que imponen una identidad a quienes se considera constituyen a la nación mexicana en donde se reformulan una serie características que se atribuyen a los españoles (europeos) y que se anhelan conseguir. Estos caracteres imaginarios van desde la valorización de rasgos fisionómicos, costumbres y hábitos de vida, posesión de bienes materiales, lugares de vivienda, etc. Rasgos que confluyen de manera manifiesta en la lengua como una forma de pensar, una manera “occidental” de pensar.

La manera en que nos relacionamos con los demás, con el mundo, que creamos nuestros marcos conceptuales sobre la realidad es a través de la construcción del lenguaje. Nacemos y vivimos en el lenguaje. El lenguaje registra y configura todos los ámbitos de la vida humana. De manera que el lenguaje trae consigo la valoración sobre la “realidad”. Uno de estos ámbitos tiene que ver con las relaciones sociales. Relaciones sociales que se “materializan” en dinámicas conflictivas, en relaciones de poder y de dominación. La imposición de una lengua sobre otras, refleja la imposición de una forma de vida y de concebir a esa vida, sobre otras. Esto, representa el ataque a diferentes formas de percibir la realidad y a la vida misma. Representa un empobrecimiento de la humanidad misma.

El proyecto de nación liberal ilustrado, que tiene como base al nacionalismo criollo mexicano, sigue guiando el proyecto de nación. Un proyecto que durante un par de siglos se ha impuesto por la fuerza. No solamente con la fuerza física, o coerción física, sino que también con la imposición y la reproducción de modelos culturales e intelectuales atacando las estructuras más básicas de la vida anímica. Se logró una coerción de sentimientos, anhelos y deseos. Se creó una “memoria” sangrante, una “memoria de la falta”, “del pecado” y de la “vergüenza”. Se preguntaba Nietzsche en su genealogía de la moral: “¿Cómo hacerle una memoria al animal-hombre? ¿Cómo imprimir algo en este entendimiento del instante, entendimiento en parte obtuso, en parte aturdido, en esta viviente capacidad de olvido, de tal manera que permanezca presente? … tal vez no haya, en la entera prehistoria del hombre, nada más terrible y siniestro que su mnemotécnica. «Para que algo permanezca en la memoria se lo graba a fuego, sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria».[5]

A partir de la brutalidad histórica de la conquista española se creó un metarrelato fantasiosos de la Conquista que acabo por imponerse como la verdad. Una verdad marcada con fuego en las fibras primarias de la memoria de los mexicanos. Una fantasía que ha creado la realidad de la cultura mexicana a través de un sistema axiológico que gira en torno a una hispanidad siempre perseguida e imposible de alcanzar, a un indigenismo ambivalente (que va de la grandeza prehispánica a la pobreza, ignorancia y atraso del indígena) y un mestizaje traumático y malogrado. Lo decía en las siguientes palabras el intuitivo y eminente filósofo Samuel Ramos:

 

México se ha alimentado, durante toda su existencia, de cultura europea, y ha sentido tal interés y aprecio por su valor, que al hacerse independiente en el siglo XIX la minoría más ilustrada, en su empeño de hacerse culta a la europea, se aproximaba al descastamiento. No se puede negar que el interés por la cultura extranjera ha tenido para muchos mexicanos el sentido de una fuga espiritual de su propia tierra. La cultura, en este caso, es un claustro en el que se refugian los hombres que deprecian la realidad patria para ignorarla. De eta actitud mental equivoca se originó ya hace más de un siglo la «autodenigración» mexicana, cuyos afectos en la orientación de nuestra historia han sido graves. «Los pueblos hispanoamericanos –dice Carlos Pereyra en su Historia de América– han sufrido las consecuencias de la tesis autodenigratoria sostenida constantemente durante un siglo, hasta formar arraigo sentimiento de inferioridad étnica que una reacción puede convenir en exceso de vanagloria.» La reacción nacionalista actual parece, pues, justificada en su resentimiento contra la tendencia cultural europeizante, a la que considera responsable de la destimación de México por los propios mexicanos. Su hostilidad contra la cultura al considerar los múltiples fracasos ocasionados por el abuso de la imitación extranjera.[6]

 

El proyecto de homogenización cultural tendiente hacia la hispanizacíón sigue vigente y en constante construcción. Los argumentos nucleares siguen siendo los mismos. Esto a pesar de las importantes demandas y acciones de resistencia implementadas por los mismos pueblos indígenas que en muchos casos no han quedado al margen en la asumpción, consciente e inconsciente, de su papel en el proceso de construcción del imaginario nacionalista.

Cuando la muchacha que referí al principio del escrito me evidenciaba la situación cotidiana descrita, no pude dejar de pensar en la propuesta que el director de la Academia Mexicana de la Lengua planea presentar o que ya presentó a las Cámaras de Diputados y Senadores que consiste en reformar la Constitución para declarar al español como lengua oficial del país. De acuerdo con el director “esta petición se hará con respeto a las más de 350 variantes lingüística indígenas que existen en el país”.[7] Declaró lo siguiente el director: “El español es la lengua franca que nos une a los mexicanos, incluidos los indígenas, y que une a los mexicanos con latinoamericanos, españoles y con el mundo”.[8]



[1]
“Representación que hizo la Ciudad de México al rey don Carlos III en 1771 sobre que los criollos deben ser preferidos a los europeos en la distribución de empleos y beneficios de estos reinos (Copia coetánea)” en: Colección de documentos para la historia de las guerra de independencia de México, Tomo 1, Juan E. Hernández y Dávalos. Digitalización: Virginia Gudea y Alfredo Ávila (dirs.), México, UNAM, 2007, p. 3, (http://www.pim.unam.mx/catalogos/hyd/HYDI/HYDI195.pdf)

[2]Ibid.p. 4

[3]Ibid.p. 27

[4]Ibid.p. 28

[5]Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral , México, Alianza, Madrid, 2006, p. 79

[6]Samuel Ramos: El perfil del hombre y la cultura en México, México, Escalpe, 2010, pags. 20-21

[8]Id.

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