Más leidas en Cultura
Artículos relacionados
Artículos más comentados
Artículos más comentados (histórico)
La vida, el universo y todo lo demás
Escrutinio No. 78
*Jorge Luis Martínez
Somos parte de una fotografía más grande. Somos parte de una orquestación cósmica. Somos una danza constante, un cúmulo de gases, luz y magia. Somos la existencia misma. Somos el universo. Y sin embargo, seguimos siendo humanos. Con nuestras pequeñas penas y nuestros pequeños temores. Dando sentido a la inmensidad de la existencia a partir de algo tan inofensivo como nuestra existencia misma. La vida de cada persona, se dice, es la extensión del universo.
Con apenas cinco películas en 40 años de carrera, Terrance Mallick se posiciona como uno de los directores más enigmáticos e interesantes en la historia del cine. Su proceso creativo puede llevar de dos a treinta años en desarrollarse. De un tiempo a acá, recluta a estrellas hollywoodenses para brindarles retos actorales y el prestigio de haber trabajado con él. Cuida cada toma y cada rayo de luz que aparezca. En 2011 trae El árbol de la vida, un ensayo en donde los problemas de una familia norteamericana de los sesenta son los problemas del universo, y de la historia del mismo.
Retrata la infancia del propio Mallick: un niño aquejado por el rigor de su padre, el amor que siente por su madre y su relación con sus hermanos. No hay puntos de inflexión ni clímax, simplemente vida: pequeñas acciones con trascendencia universal.
La cámara de Emanuel Lubezki, el mejor fotógrafo mexicano desde Figeroa, registra no tanto una historia, sino atmósferas varias que van mucho más allá de lo narrativo, volviendo a la película una especie de punto medio entre los ensayos visuales como Baraka y los dramas de los suburbios gringos, como Revolutionary road. Se ha dicho de algunas películas que cada fotograma suyo merecería estar colgado en un museo. Aquí no, la obra de arte es la escena y su museo, la sala de cine.
En El árbol de la vida los actores apenas hablan. En cambio, susurran, suspiran, se lamentan, sufren, crecen, viven. Acompañados de ópera, los personajes parecen bailar junto con el movimiento de la cámara. Vemos sus rostros acongojados empaparse de luz; su alegría y su desdicha en tonos verdes en los que el cinefotógrafo y el director dialogan con la naturaleza y, a la vez, con los más grandes intelectuales y los más grandes artistas. Disertan sobre la vida: su origen, su transcurso, su fin.
Brad Pitt, haciendo ecos de Aldo Raine y demostrando que cuando toma buenas decisiones puede ser un gran actor, da vida al patriarca en esta historia. Un hombre recio, pero extrañamente agradable. Sean Penn es el niño, ya adulto, que deambula por los edificios y las cuevas, con su padre y su madre luchando dentro de él.
Al final, Mallick ha hecho una película soberbia en su forma, y sabia en su contenido. Un viaje casi psicodélico, la historia del mundo, el drama familiar. Consiguió la palma de oro y prepara tres películas. Exculpar los demonios, como se ve, puede llevar mucho tiempo. Afortunadamente siempre tendremos arte.

