El cine documental mexicano: ¿el renacimiento del género?

20 Abril, 2010
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Escrutinio No. 47

Escrutinio No. 47 | Segundo Aniversario | 21 de abril de 2010

Joel Eduardo Sebastián Díaz

En años recientes, el documental mexicano ha visto una de sus mejores épocas dentro de su propia historia. Poco a poco se han abierto espacios para su distribución y exhibición, lo cual ha generado una mayor cantidad de filmes exhibidos en salas comerciales. Aunado a esto, la riqueza temática y calidad de los trabajos es cada vez mejor, y esto ha sido avalado por la gran cantidad de premios que algunos títulos han recibido. Sin duda alguna, la producción de cine documental en México vive una de sus mejores etapas, pero sólo si se le compara con las tristes décadas anteriores.

A lo largo de su historia, el cine documental ha sido menospreciado dentro del ámbito cinematográfico nacional. En comparación con la producción en torno al cine de ficción, el documental cuenta con un compendio de títulos muy bajo. Su nombre siempre fue ligado a un tipo de cine aburrido, estereotipado y meramente pedagógico, y su exhibición estaba confinada a los terrenos de la televisión y muy pocas veces a los de las pantallas cinematográficas. Todo esto ocasionó que su producción fuera aislada al campo del cine independiente, ese que sufría la inexistencia de canales distribución y exhibición o que, en el mejor de los casos, se proyectaban en escasos festivales para posteriormente ser enlatado.

El problema parece ser el estigma o prejuicio que el cine documental carga sobre sí por su definición misma. La idea de que este tipo de producciones son más de carácter televisivo que cinematográfico, le ha ocasionado el desdén del público a la hora de acudir a las salas de cine. Su relación con los trabajos educativos le generó la creencia de que un documental debía ser completamente objetivo y dedicarse a retratar la realidad de la manera más fiel posible.

Sin embargo, en los años recientes este paradigma del cine documental clásico, por llamarlo de algún modo, se ha roto y su producción comienza a transitar por nuevos caminos. Ya no sólo se trata de trabajos educativos o editoriales con la carga de ser meramente objetivos. Ahora las miradas de los documentalistas son más personales y se permiten un mayor involucramiento con la realidad que retratan en aras de una progresión dramática que busque generar emociones en los espectadores.

En el hoyo, de Juan Carlos Rulfo, es un gran ejemplo de  cómo se delega en los personajes el contenido de la película, permitiendo que sean ellos quienes se construyen a sí mismos frente a la cámara.

Es precisamente en esto último en lo que el documental nacional contemporáneo     pareciera tener su mayor virtud: una importante cantidad de miradas que han permitido generar un amplio abanico temático que se acerca e identifica cada vez más con el espectador común. Las virtudes del documental mexicano de reciente manufactura recaen en ese tratamiento de la realidad que permite dotarla de significados distintos llenos de texturas y niveles de lectura diferentes. “El talento no tiene que ver con la narración, eso es oficio. El verdadero talento es saber cómo tocar las fibras del otro, el que hablará en pantalla y nos llevará a su mundo”, afirma Everardo González, director de Los ladrones viejos, las leyendas del artegio,emblemático y carismático documental acreedor al Mayahuel al mejor documental en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara.

Frente a estas manifiestas virtudes, es indudable afirmar que en los años recientes, el cine documental en México vive una de sus mejores etapas en cuanto a producción, temática y calidad, lo cual le ha generado una mayor atención y la eventual apertura de espacios de distribución y exhibición, tal y como lo demuestran festivales como DOCSDF y el Festival de cine documental Ambulante.

Sin embargo, a pesar de este escenario, la situación del cine documental en México resulta sumamente complicada, pues a pesar de la creciente cantidad de trabajos, éstos se encuentran frente a un verdadero cuello de botella que no les permite encontrar vías de distribución ni de exhibición, con lo cual muchas de ellas permanecen enlatadas por mucho tiempo o son relegadas a los circuitos de exhibición alternativa como la Cineteca Nacional, la Filmoteca de la UNAM o los distintos cine clubes que existen en la ciudad. Si alguna producción logra encontrar un espacio en las salas comerciales, lo hace con escasas copias y una brevísima estancia que le impide llegar a una cantidad de público significativa.

Lo paradójico es que en realidad sí existe una identificación del público con los trabajos documentales, y prueba de ello son las exitosas exhibiciones que han tenido lugar en plazas públicas. Hay una enorme necesidad del auditorio mexicano de verse reflejado en su cine, y eso es algo que al parecer ha logrado a través del cine documental. El gusto existe, pero las vías para llegarle al gran público parecen estar vedadas. Resulta sumamente triste saber que en un país de 100 millones de personas sólo se pueda aspirar a ser visto por 300 mil de ellas, en el mejor de los casos.

Fraude: México 2006ocupa el primer lugar en asistencia  con 308,731 espectadores. Sin embargo su condición es una excepción dada la coyuntura en que se realizó y exhibió

Ante este triste panorama, resulta verdaderamente importante la existencia de una reforma integral para el cine mexicano. Nada de dádivas, buenas

Intenciones y bondades económicas. Sólo con una reforma estructurada se podrá aspirar a que se modifiquen las cosas. Si no es así, el cine documental nacional seguirá confinado a los circuitos alternativos y a ser visto por una mínima cantidad de espectadores. Es cierto, el género parece despertar y tomas nuevos bríos, pero si las cosas no cambian, no podremos hablar de un verdadero renacimiento del cine documental nacional.

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