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Preparativos para la sucesión presidencial de 1910: El reyismo
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Para el año de 1908 la economía del país se encontraba en recesión y los intentos por solucionar los problemas políticos y sociales habían fracasado políticamente hasta entonces, pero no ideológicamente. Porfirio Díaz tenía setenta y siete años, los mismos miembros del partido se encontraban por demás escépticos de que este sobreviviría para continuar con el gobierno unipartidista, por lo que se empezó a especular por quién podría sustituirlo en las elecciones de 1910. Su heredero más próximo era Ramón Corral, vicepresidente, pero este carecía de popularidad desde que comenzó su periodo en 1904.
A principios de 1908 el mismo Díaz declaró en la entrevista concedida al estadounidense James Creelman, que los objetivos de crear en México una clase media se habían cumplido y que era tiempo de un cambio y “si en la República llegase a surgir un partido de oposición, le miraría yo como una bendición y no como un mal…” fueron las palabras del presidente. Sin embargo, las declaraciones habían sido hechas para ser publicadas en el extranjero, como parte de la imagen que el gobierno quería dar al exterior.
La entrevista también fue utilizada para fines reeleccionistas, por inverosímil que esto parezca, pues los gobernadores estatales lanzaron declaraciones pidiendo a Díaz que no se retirara del poder, que México lo necesitaba aún en el poder. Por lo que en noviembre el Circulo Nacional Porfirista hizo oficial la candidatura del presidente para las siguientes elecciones.
Por su parte, Díaz declaró que lo que había dicho en la entrevista eran sólo pensamientos y deseos personales, pero si que el pueblo lo reclamaba de tal manera, podía hacer el “sacrificio” de continuar. Y aunque parecía que entre la oposición las declaraciones de Díaz no habían tenido mayor repercusión en sus acciones políticas, no fue así en el ámbito intelectual. También lo tuvo entre aquellos que se negaban a que el vicepresidente Corral asumiera posteriormente el cargo máximo.
Una de las figuras que quiso aprovechar las palabras dichas por Porfirio Díaz en la entrevista fue el tapatío Bernardo Reyes, quien tenía una exitosa carrera tanto en lo político como en lo militar. Reyes estaba a cargo de la gubernatura de Nuevo León, estado al que reformó en materia de industria, desarrollo que hasta hoy podemos observar en dicho estado. Durante dos años fue miembro del gabinete como ministro de Guerra, con él al mando el ejército encontró un aliado y un protector. Fue en este cargo donde se encontró con su más fuerte rival en busca de la vicepresidencia, el encargado de Hacienda, José Ivés Limantour. La oposición estaba en desacuerdo con ambas posibilidades, pues en el primer caso veían a una persona intransigente y militarista, mientras que en el segundo se oponían ante la posibilidad de un extranjero gobernador.
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Díaz “solucionó” el problema dejando a Limantour en su cargo, pues manejaba al gusto de la presidencia las arcas, y a Reyes lo regresó a gobernar Nuevo León, con un incremento significativo a su salario, como prueba de que no había caído de la gracia del oaxaqueño.
Reyes se declaraba abiertamente a favor de la reelección de Díaz, pero continuó con su campaña para ser el compañero de este en las elecciones, ya que el presidente no había asignado aún a ningún prospecto. En enero de 1909 se formó el Partido Democrático, como una primera organización reyista, en la cual se sumaron algunos políticos que apoyaban a Reyes y gente de la oposición. El manifiesto del partido incluía viejas proclamas liberales, como el impulso a la educación primaria, el cumplimiento de las Leyes de Reforma y la compensación por accidentes de trabajo para los obreros, además de la creación de un Ministerio de Agricultura. Este movimiento era en apoyo de Reyes, pero sin Reyes, con similar formato lo secundaron otras organizaciones, mientras que el gobernador de Nuevo León permanecía en silencio, como parte de su estrategia camino a las elecciones. Pronto el movimiento comenzó a ser significativo.
Fue sobre todo en el estado de Jalisco donde se presentó una mayor movilidad de reyistas, la ciudad de Guadalajara fue cede de varios discursos adonde acudían oradores de la capital de distintos clubes que apoyaban esta candidatura. Se movilizaron estudiantes, trabajadores, artesanos, gente de letras, profesionistas hombres de negocios, granjeros, soldados, policías y empleados federales. Esta movilización fue tan poderosa, que el gobierno se vio en la necesidad de recurrir a la clausura violenta de los clubes reyistas y a encarcelar a los líderes, no había nada nuevo bajo el sol.
Al parecer, fue un error de parte de la presidencia el no considerar y mantener como aliado a Reyes, así como el no haber admitido su candidatura para la vicepresidencia; pues no pensó en una fuerza fundamental que seguiría a su mayor benefactor: el ejército. Algunos de los miembros de la extinguida Segunda Reserva, así como algunos tantos del ejército federal, se declararon reyistas. Algunos de estos fueron enviados a combatir a los yaquis en la frontera o a otras campañas en Quintana Roo, pues fueron descubiertos después de negarse a participar en los desmantelamientos de los clubes reyistas.
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Los goberenadores de los estados comenzaron a perder territorio ante el surgimiento de este movimiento y, aunque se creaban clubes reeleccionistas cuando había votaciones estos desaparecían tan pronto como estas terminaban, mientras el reyismo no sólo no desaparecía, sino que iba en crecimiento, pues ya llegaba a zonas donde la política no había sido tema de discusión como Chiapas, por primera vez la política era un asunto que competía a todo el país y no sólo a las esferas políticas. El mismo gobierno oficial intentó contrarrestar esta amenaza con sus mismas armas, es decir, que se vio obligado a utilizar una fuerza hasta entonces ignorada: las masas.
El silencio de Reyes mantenía la expectativa y cuando por fin decidió hablar, se declaró a favor de Díaz, diciendo que sólo aceptaría la candidatura si era vista con buenos ojos y aceptada oficialmente por la presidencia. Díaz cometió otro error fatal, en lugar de aprovechar la lealtad y la popularidad de Reyes, se mantuvo con Corral para las elecciones. El amor propio le costó el rechazo y la continua presión de la oposición, situación que, al menos, hubiera menguado de haber aceptado a Reyes. Díaz agradeció la lealtad de Reyes no sólo con su negativa a la candidatura, sino con acciones que debilitaron el poder que una larga carrera le había dado a este títere de la política porfirista y muda imagen usada por la oposición.
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