500 años de ¿teatro mexicano?

10 Noviembre, 2009
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Escrutinio No. 37 | Lunes 9 de noviembre de 2009 [b]Escrutinio bicentenario[/b] [b]Necropsia apócrifa de la historia del teatro mexicano Javier Márquez Sobre la importación y las ganas de ver Teatro en todo lo que se mueve.[/b] Hablar sobre teatro mexicano tiene un cierto aire nacionalista que más bien comienza a apestar a podredumbre porque si algo queda hoy en día de nacionalismo, será tan sólo su cadáver impreso en libros de historia; así que en este espacio que es concebido como una ventana al pasado del teatro en nuestro país apenas fungirá como un frasco lleno de formol a través del cual se vislumbrarán y diseccionarán algunas partes de dicho cadáver. Hay que comenzar por admitir que el teatro es un fenómeno importado, es decir, dentro de las culturas prehispánicas jamás existió el teatro a pesar de que Alfonso Caso en su reconocido libro El pueblo del sol asegura que los mexicas estaban a punto de llegar a la representación trágica y cómica. El pensamiento eurocentrista ha carcomido tanto el imaginario colectivo americano que se llegó a pensar que la máxima forma de representación escénica era el teatro cuando en sí, éste es una porción de la totalidad representativa. Es por lo anterior que varios estudiosos hayan desgastado su vida en probar que verdaderamente existió un teatro prehispánico. Esfuerzos en vano, vidas tiradas a la basura para tratar de complacer a la madre Europa de que éramos hijos dignos o competencia a la altura. Suelto la risotada cada que escucho hablar sobre teatro prehispánico porque mayormente este tipo de expresiones provienen de personas que se dicen defensoras de la culturas anteriores a la conquista o falsos nativos de alguna provincia indígena. Al encasillar algo como teatro prehispánico se está acribillando la potencialidad de lo que realmente es esa manifestación indígena al compararla con un ente completamente diferente como lo es el teatro, y bien decía el profesor Olivares: “comparar es denigrar”. Uno saldrá perdiendo y como Europa siempre triunfará sobre Amércia, al menos sobre Latinoamérica, el teatro será vencedor y las manifestaciones prehispánicas quedarán como “prototeatro” o palabras de esas que engolosinan a los investigadores. “Pobrecitos los indígenas, querían hacer teatro pero no pudieron”. Qué bueno que no lo hicieron, de lo contrario no hubieran sido ni mexicas, ni mayas, ni quechuas sino griegos. Un ejemplo que se tiene muy claro es aquel texto titulado Rabinal Achí o Barón del Rabinal, del cual se dice que es la única, o más cómico, la primera obra de teatro prehispánica rescatada de la región gutemalteca y que Brasseur de Bourbourg tradujo de la lengua quiché al francés. Gracias al amigable traductor la obra fue dividida en actos, se le incluyeron acotaciones y, en general, se le dotó de toda la notación para que en cuanto uno abriera el texto dijera: ah esto es una obra de teatro. Y así fue etiquetada y recibida en el mundo. Era lógico, todos querían ver teatro hasta en los cortejos de parejas animales. Textos como el anteriormente mencionado son en realidad danzas dialogadas más cercanas a lo ritual donde el código de participación activa en el rito prepondera sobre la expectación más cercana a la pasiva en el teatro. Si uno va a observar la representación de la danza del Tun- real nombre del Rabinal Achí- no podrá soportar ni veinte minutos sin aburrirse pues se encontrará ante algo repetitivo y falto de espectacularidad. No por ello, una danza dialogada es inferior al teatro y la aceptación de este punto ayudaría a explicar por qué en toda la zona latinoamericana la danza, y no el teatro, es más practicada y fomentada dentro del ámbito popular. Basta acercarse a una fiesta patronal y hacer un balance entre el número de danzas y obras de teatro que se presentan en los festejos. El teatro en México entonces llega con los españoles, más concretamente con los misioneros franciscanos, quienes buscaron un medio de comunicación en que sus prédicas fueran entendidas por los nativos. Así es como se da la mayor parte de la evangelización en tierra colombina. El mecanismo más usado en las primeras décadas de la Colonia consistía en que los sacerdotes escribieran las obras en la lengua nativa y que fuera representada por los pobladores de la región. Evidentemente esto causó un buen impacto en aquellos que veían a los integrantes de su comunidad pasar por las vicisitudes dramáticas para que, a punto de ser condenados a la vida entera entre llamas y sufrimientos, fueran salvados por la unción de algún sacramento o por la intercesión de la Virgen María. Esto es lo que se conoce como autosacramental también utilizado en Europa como herramienta de la Contrarreforma. Al finalizar la representación el pueblo asistente era ungido con el sacramento exaltado; aún no se sabe si los indígenas aceptaban por convencimiento, miedo, indiferencia o solamente por haber tenido la desdicha de andar paseando por aquellos parajes y haberse quedado a ver algo que no entendía del todo, pues eso de que unas personas hagan de otras no es cosa sana. Clínicamente se llama locura. Obras construidas de la manera antes dicha son El juicio final, El sacrificio de Isaac, El ofrecimiento de los reyes, y otros textos que valen más por el legado histórico que literario, pues, a pesar de que por esas fechas en España ya existía un genio del autosacramental como lo fue Pedro Calderón de la Barca, en la llamada Nueva España no se podían aspirar a textos de tanta complejidad teológica debido a que en estas llanuras se tenía que enseñar primero lo básico mientras que en la mal llamada “madre patria” podían darse el lujo de complicar más los temas pues allá la lucha era con el fin de reafirmar a los pobladores en la fe cristiana y no enseñarles el ABCristianismo. Lo anterior es escrito de manera muy breve y sabiendo de antemano que se omiten grandes detalles con la finalidad de comprender que la mayor parte de la historia del teatro en nuestro país se puede estudiar a través de oleadas de importaciones de teorías y praxis que afortunadamente han sido malentendidas. Se dice afortunadamente debido a que estos malentendidos son los que generarán la particularidad de nuestro teatro. Para las próximas líneas que vuelva a escribir en esta dirección se tratará el tema de cómo una mujer travestida y un jorobado lograron subir a la cima literaria de Nueva España y cómo sus voces aún resuenan en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM invocadas por un perverso resucitador. Javier Márquez* (Ciudad de México, 1987) Teatrero. Profesor adjunto de las cátedras de Teatro Iberoamericano I y II e Historia del Arte Teatral Virreinal impartidas en la FF y L de la UNAM. Obtuvo el premio al Mejor Actor en el Concurso de Teatro de Escuelas Lasallistas en 2004. Mención Especial en el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2007-2008 por su obra Hamnet. Es miembro fundador del Grupo Editorial Antropófagos y junto con Mariel Rodart de la compañía La herida teatro. Algunas de sus obras han sido publicadas por Tierra Adentro, CONACULTA, Anónimo Drama Ediciones y Grupo Editorial Antropófagos.

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