POP- EYE. Ojos que no lloran

13 Agosto, 2009
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Héctor Alfonso Morales
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[img]http://www.escrutinio.com.mx/intranet/uploads/7jci0k0.jpg[/img] ¿Listo para ordenar mi joven? Espero a alguien, ahorita le digo cuando queramos algo, gracias. Sale pues usted me dice… Sólo se necesitaron de diez minutos en La Mascota, para que el mesero notara mi existencia sin una cerveza que me acompañara. Bolívar es una de esas calles del centro capitalino donde puedes encontrar: desde instrumentos musicales, tortas y licuados, hasta cantinas de varios años de antigüedad. La mascota es una cantina digna de coleccionarse para los anticuarios del centro histórico. Su interior no es de lo más llamativo; no pasa de mesas cuadradas, una rocola, la barra y varios meseros con ojos de buitre. Familias vienen a comer por la tarde del domingo, grupos de amigos beben la cerveza vespertina antes de comenzar la semana agotadora, y otros se sientan en la mesa solitarios esperando compañía o simplemente buscan un momento de soledad. En la esquina, pegado a una ventana, un hombre viejo vestido con harapos, cabello largo y cano rasca su barba descuidada, mira por el cristal y comienza a hurgar con el índice dentro de su nariz. Joven listo para ordenar, es que si no consume necesitamos la mesa. Aguánteme 15 minutitos don, ya casi llegan. Está bueno. Guardo mi celular en la bolsa del pantalón -La verdad es que no espero a nadie-, finjo la llamada telefónica para engañar al mesero por unos minutos más, la única alternativa es dejar la mesa libre y pasar a retirarme. Me levanto pero no busco la salida. Me dirijo a la mesa del solitario hombre de barba cana. Disculpe jefe, ¿me da chance de sentarme con usted? ¿Ya lo corrieron de la otra verdad? Sí, es que creo que ya se dieron cuenta que no traigo dinero. Está bueno siéntese aquí, de qué me lo juzgan. ¿Juzgar? Sí, pues ya le quitaron su mesa, ¿qué no? Míreme, a mí hasta me dan espacio exclusivo. El mesero da un trapazo a la mesa que ocupé por unos minutos y se acerca a la nuestra: qué pasó mi jefe otra cubeta. No, no, tráigame ahora una copita de vino y para el joven… No, gracias yo estoy bien así. Órale no sea chiva ¿diga qué va a querer?, tráigame una chelita por favor. Mire usted pida ahorita que hay, al rato me lo voy a encontrar y a usted le va tocar invitar las copitas. ¿Soy Popeye y tú? Me llamo Steve. Ah que cagado nombre, con todo respeto mi jovenazo… ¿Qué le hace venir a echarse la copa? Pues la verdad no venía a eso, sólo quería ver cómo eran varias cantinas del centro. ¿Y por qué viene a sentarse conmigo? Ya me iba, si le molesta sólo me acabo ésta y me voy. No, cómo cree, le decía porque ya la gente es bien desconfiada y nomás me ve así de fachoso y se saca de onda mire: Popeye se levanta de la mesa y toma mi cerveza, se acerca a otra donde una familia disfruta su comida y les dice, disculpen me prestarían su sal para ponerle a mi cervecita. La gente lo mira feo, su mal olor y su facha ocre no armonizan con la mascota. Tenga llévesela, dice molesto un señor que parece ser el jefe de familia. Ya vio, así es a diario, nomás porque esta gente no sabe ni con quien está tratando. Y con quién trata. Déjelo así mi Esteban, es una larga historia, ¿me decía que quería conocer varias cantinas del centro? Pues mire ha llegado usted con el hombre indicado, le aseguro que no hay hombre más experimentado en la nación para contarle a usted sobre la historia del chupirul: En el centro hay de todo, cantinas para diplomáticos, políticos empedernidos, familias y hasta para toreros y escritores. Cada cantina tiene su historia, La Mascota tiene la suya pero no es lo suficientemente interesante como las otras, déjeme contarle la historia de El Nivel, esa sí que era una cantina. El Nivel, para acabar pronto, no fue la primera cantina del país, sino que de toda América latina, salió a la luz por ahí del 1870 y tantos según dice su papelito de la barra. Los mamones meseros de la cantina decían que Lerdo de Tejada esto y Juárez el otro, sus mamadas de circo. La verdad es que ahí era la zona para echar el coto, se juntaban todos sin broncas. Secretarios del gobierno parados sobre la barra junto a obreros sin echar pleito o distinción. Presidentes como el orejotas y Zedillo iban a echar la copa ahí, escritores como el Fuentes y el Monsiváis también le caían, aunque el Monsi es rejoto para el chupe. Moneda era la calle, hasta el Fidel Castro se hecho la copa conmigo. Te lo juro, El Nivel era de nivel, “valga la rebusnancia”, y mira que no era por su chupe, tenían unos tragos refeos El Nibelungo y La pata de mula, que te sirve el Colosio; un cabrón mesero que aunque se ve vacilón es un pesado mamón porque le caían seguido artistas a su changarro. En fin la UNAM le dio cuello y le quito el espacio. Si quieres una cantina más mamona pues lánzate a La Ópera, esa sí está lujosa, de esa sólo recuerdo la comida que daban, una paella bien sabrosa y los balazos en el techo que dicen, los hizo Villa en una visita a la capital. A mí eso no me consta. No hablaré más de La Ópera porque me cagan la madre, ya no me dejan entrar desde que me puse en estas condiciones. Hay cantinas para todos en el centro, hay unas donde le caían los grandes novilleros de los años cincuenta. La Faena y El Novillero, si mal no recuerdo son sus nombres; si no te gustan las cabezas de toros, los carteles de la fiesta taurina y fotos con los picadores, la verdad no te metas en esas cantinas. En mi caso nunca me agradaron esos lugares. Hay lugares parecidos a este donde lo importante más allá de tomar es comer, El Salón Corona y Don Chon, son de esas. Ahí lo bueno o de menos cuando yo iba es que mientras tu chuparas ellos te ponían la comida a la tercera chela, entonces el truco es vaciar la chela en el baño y entrarle sabroso a los platillos. ¿Quiobo quieres otra chelita? Órale se la acepto. Tráigale otra acá al joven. Cómo dijiste que te llamas. ¡Ah! sí, Stevie, Esteban. Lo importante de las cantinas más allá de chupar, es escuchar a los que beben, muchas veces son las confesiones más sinceras que te puedas imaginar. Los lugares son lo de menos, uno puede pasársela bien en una mesita para cuatro mientras tenga un domino y una copita a su lado. Una vez hace tiempo, estuve tomando con un poeta amigo mío, Eusebio Ruvalcaba. Él me enseño a poner atención en las cantinas como si fuera el último día de mi vida. El ebrio en una cantina llora, grita, pelea pero siempre se expresa hasta el límite, le cae toda la podredumbre humana sobre su cuerpo. Tal vez nunca se diga en una cantina cosas importantes pero sí profundas, cosas muy jodidas que vienen desde el corazón. Yo hace tiempo que decidí no volver más a seguir usando una corbata, a tirarme de los pelos por no aguantar las presiones del despacho, a vestir siempre trajeado y perfumado. Salí de eso con la cara en alto, sintiéndome diferente. Ahora no me atrevo a subir la mirada, nadie me deja voltear más allá de sus píes. Por eso es que ya no tengo un ojo, por eso es que mis ojos ya no lloran. Me hice duro, mi olor también, está gente me ve raro como si no fuera también un humano, no saben en dónde están pisando, ni mucho menos en lo que están pensando. Ya te dije mucho mijo, perdón, hablar en una cantina es peligroso, uno nomás se suelta y se va, comienza a volar y soñar despierto. Por último quería contarte de una cantina a la cual te recomiendo nunca visitar, y no porque esté fea o el ambiente se ponga de la chingada sino porque simplemente hay un señor que ahora no recuerdo su nombre. Cuando te agarra bien pedo te estafa de la manera más idiota: primero te invita al juego, te convence, toma tu mano, te da dos barritas de metal y de pronto no sé como obtienes la sensación más inmensa que un crudo pueda aguantar. Un golpe eléctrico atraviesa tu cuerpo entero para resucitarte y seguir bebiendo. Al final debes pagarle diez pesos por cada toque al señor. Te digo que no vayas porque conforme pasan las horas se vuelve adictivo el jueguito. Ese lugar queda por la plaza de Garibaldi, ahí se juntan seguido todos los mariachis para cantarle a los gringos pendejos. El Tenampa, ni más ni menos ahí debes ir antes de que se te acabe el día, pero recuerda no gastar mucho en los toques. ¿Que por qué estoy aquí? Este es el único lugar en donde aún me siguen fiando, el día que ya no me fíen estoy decidido a dejar de beber… Por las cantinas del centro, hay cantinas por otros lados: en Coyoacán, Tlalpan, Xochimilco. Cuando quieras date una vuelta por aquí y te cuento de las muchas otras que te faltan y de las pulcatas también.
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Comentarios

  1. 1

    20 AGOSTO, 2009

    JUAN

    Me gustó mucho tu estilo, se te da muy bien la crónica. excelente artículo que nos hace rememorar varias cosas (y cantinas). gracias

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